COLÓN. UN LUGAR PARA PACIENTES CON SIDA.

El albergue de la esperanza

La planilla se debe pagar cada 15 días, pero en ocasiones las hermanas deben pedir dinero prestado para cumplir con ese compromiso.

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Trabajan 28 personas, 20 voluntarios, 4 religiosas, 1 sacerdote y el resto lo compone el personal administrativo. Trabajan 28 personas, 20 voluntarios, 4 religiosas, 1 sacerdote y el resto lo compone el personal administrativo.
Trabajan 28 personas, 20 voluntarios, 4 religiosas, 1 sacerdote y el resto lo compone el personal administrativo.

A sus 29 años de edad, José García fue diagnosticado con el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) y a partir de ese momento todo cambió. Lleno de juventud, vitalidad y sueños, no creyó en el diagnóstico que el médico le revelaba y decidió callar y no recibir tratamiento.

Reconoce que aceptar su enfermedad no fue fácil, como tampoco fue hacerle saber a su madre y siete hermanos su condición.

Días después y con el apoyo familiar, ingresó al hospital para recibir tratamiento. Allí descubrió que los pacientes con ese padecimiento no son una prioridad para los médicos, afirma José con tristeza en su mirada.

En la búsqueda de información y mejor atención no solo médica, sino emocional y espiritual, encontró el Albergue de María. Un lugar que describe como un santuario de paz, donde el trato es cordial y humano, elementos difíciles de encontrar en un hospital, dice.

Esta casa para las personas con sida está ubicada en la provincia de Colón y entró en funcionamiento en febrero de 2000. Es administrada por la Pequeña Familia de María, una fraternidad religiosa.

Allí trabajan 28 personas, de las cuales 20 son voluntarias; hay un sacerdote, algunas religiosas y personal administrativo. Reciben capacitación en temas de bioseguridad y se les indica que la identidad de los enfermos no se debe revelar.

Esta es la segunda vez que José vive allí, ya que hace poco tuvo una recaída. Cuando llegó la primera vez, lo hizo porque no deseaba afectar emocionalmente a su familia y tampoco volver al hospital.

Su día comienza muy temprano, a eso de las 4:30 a.m. Junto con sus compañeros debe prepararse y estar listo para acudir a la capilla y escuchar la misa que se inicia a las 6:30 a.m.

Después, acude al comedor a degustar el desayuno y en su tiempo libre aprovecha para leer un libro y ver televisión.

Es consciente de que seguir el tratamiento le ayudará a mejorarse. A pesar de su padecimiento, tiene metas y anhelos intactos que el tiempo no ha podido borrar, como volver a trabajar en lo que le gusta, que es la pintura y realizar tareas de albañil. También quiere compartir tiempo con su familia.

En el Albergue de María viven 5 adultos y están a la espera del ingreso de 2 más. Pero no son los únicos, allí también viven 12 niños, cuyas edades van de meses de nacidos hasta los 12 años.

Cuentan con una clínica para adultos y otra para niños, donde se ofrece atención psicológica, fisioterapia, odontología y otros servicios. Ese beneficio es recibido por quienes no viven en el lugar o lo que han denominado como “pacientes externos”. Calculan que allí se atienden más de 200 personas por mes.

Mantener un lugar como este no es sencillo, la planilla se debe pagar cada 15 días, pero en ocasiones las hermanas deben pedir dinero prestado para cumplir con ese compromiso, cuando el subsidio que reciben del Gobierno no llega de manera puntual. Un monto que prefieren mantener en reserva.

Igual panorama se registra con los tratamientos de los internos, cuando el Ministerio de Salud no puede proporcionarlos.

Una batalla ante la cual no pueden rendirse, pues se ponen en riesgo muchas vidas.

SERVICIO Y ENTREGA

La hermana Martina tiene 19 años de ser religiosa. De cabello corto, mirada expresiva y una sonrisa llena de esperanza, dice que nunca pensó vivir de cerca el drama del sida. La primera vez fue cuando un compañero contrajo la enfermedad. Todavía no pertenecía a la congregación.

Comenta que desde ese momento Jesucristo la preparó para desarrollar las tareas que hoy lleva a cabo en el albergue. “Me ha cambiado la percepción de la vida”.

En ocasiones, acompaña a muchos enfermos en su lecho de muerte.

Para estas personas, lo más importante es contar con alguien que rece por ellos y así morir en paz con Dios; en una cama limpia y rodeados de amor. “Eso te enseña a valorar la vida”.

La religiosa señala que el mejor consejo que puede dar es que las personas aprendan a respetar la vida, que la juventud comprenda el valor de la dignidad, que la comunicación y confianza dentro del núcleo familiar se fortalezca; pues el aumento de la enfermedad radica en la pérdida de los valores, dado que se vive en la promiscuidad.

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