Cierre de campaña de henrique capriles en caracas

La ambigüedad del cambio

En su discurso, el flaco hablaba de los ´enchufados´ y los ´poderosos´, para referirse a la élite chavista que controla Venezuela.
tarima. La concentración fue una demostración de fuerza, de cara a las elecciones del 14 de abril. REUTERS/Carlos García tarima. La concentración fue una demostración de fuerza, de cara a las elecciones del 14 de abril. REUTERS/Carlos García
tarima. La concentración fue una demostración de fuerza, de cara a las elecciones del 14 de abril. REUTERS/Carlos García

La oposición venezolana salió ayer a las calles de Caracas a demostrar que puede ganar las elecciones del próximo domingo. La marcha, llamada “Caracas heroica”, estaba convocada para las 10:00 a.m., pero a esa hora solo había unos pocos focos de actividad desperdigados por la ciudad.

A medida que transcurría la mañana, las calles de la capital se fueron tiñendo del amarillo que predomina entre las filas opositoras. Hacia el mediodía, varias mareas humanas marchaban desde varios puntos de la ciudad hacia la avenida Bolívar. El ambiente era de optimismo y alegría pero, sobre todo, de sed de cambio. ¿Qué clase de cambio? Esa es quizá la pregunta mágica, y la capacidad de responderla es lo que logrará o evitará que el próximo presidente venezolano se llame Henrique Capriles.

Sin rumbo fijo

“Toda revolución”, escribió Franz Kafka, “se evapora, y deja atrás solo el limo de una nueva burocracia”. El legendario escritor nunca vino a Venezuela, pero sus palabras describen el hartazgo que millones de venezolanos sienten por la situación actual del país. La oposición venezolana, quizá para sorpresa de muchos, está muy viva. Lo que pasa es que no sabe lo que quiere.

Capriles no sabe lo que quiere, o no lo dice, pero su campaña esta llena de eslóganes. “Venezuela somos todos” es quizás el más importante, y mediante él busca presentarse como el candidato y futuro presidente de todos los venezolanos. Lastimosamente para él, la lucha de clases estaba presente en la marcha.

Mientras avanzaba la marcha, el perfil humano –racial y social– de la gran mayoría de los asistentes revelaba un país dividido en clases. Al pasar por ciertos reductos chavistas, el simple contraste en apariencia de unos y otros (por no hablar de la agresividad) era imposible de ignorar.

Sobre el mediodía, la avenida Bolívar estaba a reventar. Bajo el ardiente sol, miles de personas expresaban la ilusión de un cambio.

Esperanza Muguerza, una exbibliotecaria jubilada, lucía encantada. “Hay mucha más gente que en el cierre de campaña de octubre. Esperemos que el sueño de ganar se haga realidad”, dijo. Sus motivos para estar con Capriles, aseguró, tenían que ver con “la inseguridad, queremos que vuelva la producción como antes, y no queremos más devaluaciones del bolívar”. Oírla, y oír a cualesquiera de las cientos de miles de personas a su alrededor, traía a la mente la misma pregunta. ¿Dónde está el límite entre el deseo de limpiar el “limo” de la revolución y la valía de Henrique Capriles? Esperanza intentó responder: “Capriles lo hizo maravillosamente bien como gobernador de Miranda, tiene estudios, es una persona espiritual. Es joven e inteligente”. Finalmente, añadió: “Tiene mucho dinero, así que no tiene la necesidad de robar”.

Aparece el flaco

Más de dos horas, varios políticos y grupos musicales, y muchísimos desmayos y deshidrataciones pasaron hasta que apareció el flaco [Capriles]. Eran las 3:00 p.m. cuando tomó el podio. Luego de saludar y agradecer, aseguró: “hoy las calles de Caracas confirman lo que va a pasar este domingo”, augurando su triunfo.

Empezó haciendo hincapié en el tema de la unidad, recordando unas palabras que le dijo Chávez en 1999: “somos de partidos distintos, pero no enemigos”. Y sin embargo, volvió a hablar de la lucha “épica” y “espiritual” que está librando en esta campaña. Su retórica estaba llena de esas ambigüedades. El futuro “presidente de todos los venezolanos” se presentó a sí mismo como un David buscando acabar con Goliat.

El “caprilismo”, además, tiene su propia versión de la lucha de clases. El flaco hablaba de los “enchufados” y los “poderosos”, para referirse a la élite chavista que ahora controla el país. En Venezuela, al parecer, todos odian a los poderosos, pero no logran ponerse de acuerdo en quiénes son exactamente esos poderosos.

Allí, donde Hugo Chávez tomó café y bailó bajo la lluvia hace solo seis meses, Capriles confirmó que, si algo hizo el comandante, fue cambiar para siempre el discurso político en este país. Hoy por hoy, el flaco no puede decir que es de izquierdas, pero tampoco de derechas. Es por eso que habla de mejorar el sector agropecuario, pero gran parte de sus seguidores son partidarios de firmar tratados de libre comercio. Busca seguir las misiones y el gasto público, pero también crear una economía más dinámica.

El discurso de Capriles era una onda cuyos picos llegaban al insultar a Maduro o, curiosamente, al hacer mención de su novia, “que estaba en la tarima”. Sin embargo, era difícil encontrarle una línea concreta. Por momentos, Capriles parecía pintar una linda utopía, apelando pura y duramente a los sentimientos de la masa. Al hambriento le prometía comida; al desahuciado, techo; al pobre, riqueza; y al rico, más riquezas.

optimismo opositor

En otro momento, Capriles ofrecía un chavismo 2.0. “Nicolás no es Chávez”, llegó a decir. A los médicos cubanos, por ejemplo, les está ofreciendo la nacionalidad venezolana. En cierta manera, es difícil entender exactamente quién es Henrique Capriles, y qué tiene que ofrecer salvo una vaga promesa de “cambio” y la frescura de ver caras nuevas.

Hacia el final del discurso, el flaco hizo tres promesas: seguridad, producción nacional y “platica” en el bolsillo de los venezolanos. Nadie supo, ni tampoco preguntó, cómo lo lograría. Para los cientos de miles de personas que abarrotaron la Bolívar, sacar a los “enchufados” del poder es suficiente. Hubo una frase que lo resumió todo, cuando el candidato le dijo a su audiencia que “donde ustedes quieren estar, es donde yo quiero que estén”.

A pesar de todo, la marcha fue un sonoro éxito. Si se confirman las sensaciones, esta puede ser una elección mucho más cerrada de lo que muchos habrían pensado. “Que Dios los bendiga a todos, amén”, concluyó. Explotó el confeti, y comenzó el sueño.

El próximo jueves, cuando el chavismo se tome esas mismas calles, empezaremos a saber si vuelve a convertirse en pesadilla.

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