pandillerismo se fortalece en el este y el oeste de la ciudad

El barrio partido en cien

Es un cuarto oscuro, más bien largo. 20 sillas, un podio. Por la acera de enfrente suben y bajan personas, se asoma una niña, entra y se sienta. Mira a todos, no dice nada. El pastor Danilo Venegas –alto, flaco– la observa y comenta: “Al hermanito de Diana le metieron un tiro en la cabeza”.

Sandra Walder es trabajadora social. Habla pausado, su tono es maternal. Tal vez, opina, si un niño de Paitilla se queda sin papá no es la gran cosa, “pero en estos barrios no es lo mismo”. Dice otro, sobre lo mismo: “Uno queda como flechado de mente...”.

Es que la premisa que se maneja en esta iglesia evangélica es la siguiente: el principio de la violencia en los barrios populares son los hogares disfuncionales.

Encima, dice otro, hay que ir a trabajar cuando todavía se usan pantalones cortos. “Yo vendí periódicos desde los siete años y mi hermano vendía peppermint. Al salir a vender había otros niños y para ganar espacio teníamos que cogernos a trompadas”.

Patada y puño. Hostilidad, ira, el mar de la avenida de los Poetas. El barrio en trocitos, cuadras y edificios como guaridas.

“Es tan grande la problemática social que uno se siente microscópico”, dice René Quevedo, director ejecutivo de la Fundación Jesús Luz de Oportunidades.

Orlando Cowen tenía 14 apenas y caminaba por la acera del antiguo teatro Edison. Era la noche del domingo 16 de octubre. Dice Quevedo: “Por allí cayó, ¿ve...?”. Y señala el sitio, de lejos.

Cowen vivía un poco más allá, en la calle 18 de la Pedro Obarrio, un cuadrante del barrio de El Chorrillo con edificios bajos, calles angostas y varios lotes baldíos. Aunque es de mañana, una docena de niños –desde infantes hasta adolescentes– juega en la calle con una cajetilla de fósforos, debajo de la losa de un local en ruinas.

“Lo que pasa es que los muchachos de la calle 18 no se llevan con los de la 17”, explica Michelle de Rivera, pastora de la iglesia Ejército de Paz desde que su esposo, Herminio Rivera, fue asesinado por error cuando alguien buscaba saldar cuentas con otro.

A los muchachos de calle 18 y calle 17 apenas los separan unos metros. Los distancia la rencilla, el odio, el afán de dominar un territorio. Para ir a plaza Amador –allí por donde mataron a Cowen–, uno de calle 18 debe dar un rodeo inmenso porque no puede pasar por el territorio de la 17.

Cowen caminaba cerca del territorio enemigo y ahí lo agarraron.

“Cuando tienen cinco años juegan juntos sin importar en qué sector vivan, pero cuando tienen siete años, los amenazan o los integran a una de las pandillas haciendo ´mandaditos”, explica el docente y chorrillero desde 1977, Ernesto Fitzroy Hay S.

Un barrio fragmentado

En El Chorrillo viven cada vez menos personas. Barrio de arrabal, sus antiguas casas de madera fueron las barracas que acogieron a los trabajadores canaleros “de color”.

Cuando el barrio entero se sacudió con la invasión de Estados Unidos de 1989 no solo cayó el Cuartel Central; también ardieron varias de esas casas de inquilinato.

Entonces muchos fueron expulsados hacia el este de la ciudad y en El Chorrillo empezaron a construir edificios nuevos.

En 1990 vivían en el corregimiento 20 mil 488 personas; el Censo de 2010 dice que ahora son 18 mil 302. Son apenas unas 10 calles, pero en ese espacio de menos de un kilómetro cuadrado (0.4, para ser exactos) existen más de una docena de grupos, aunque información de Antipandillas reconoce solo a tres.

“Puede que sí haya cinco o seis grupos más, pero no te puedo decir que realmente son pandillas porque no se les ha podido comprobar la comisión de delitos”, dice una fuente de la Dirección de Investigación Judicial (DIJ).

“En El Chorrillo hay unas 14 pandillas y en la franja entre San Felipe y Curundú (incluyendo El Chorrillo) operan 50”, dice por su parte Quevedo, que a través de la Fundación intenta quebrar una de las razones que, a su juicio, explica la delincuencia: “Los jóvenes están empuñando armas por hambre”, asegura.

Con esta línea de pensamiento, la Fundación busca entrar a los barrios a través de los templos evangélicos, y allí instala comedores en los que, mínimamente, se sirven unos 100 platos diarios de comida.

Desde la DIJ dicen que sí, que el trabajo de las iglesias y de entidades de gobierno está funcionando, al menos en El Chorrillo. El problema es que las pandillas se están fortaleciendo en sectores como Tocumen, Las Mañanitas o Arraiján.

Hasta ahora, Antipandillas tiene expedientes armados de tres pandillas cuyos miembros han sido implicados en delitos diversos.

Mientras esto ocurre, en la 15 Pisos una pastora dice que lo más importante es insistir con la educación.

Ya lo dijo hace unos años fray Javier Mañas de la parroquia de Fátima en otra entrevista: en El Chorrillo hace falta educación y hacen falta oportunidades. “¿Qué hacen nuestros niños una tarde de domingo?”.

Cultura, un camino para decir

Para la promotora cultural Alexandra Schjelderup, la solución de la violencia pasa por diversas variables.

No se trata solo de “intervenir” o proponer soluciones efímeras y pensadas desde fuera, sino generar cambios desde la propia comunidad a través de la cultura.

Para Schjelderup hay que propiciar, primero, el consumo cultural: “la canasta básica de acceso a bienes y servicios culturales al cual toda la gente debería tener derecho”.

Luego debería propiciarse la expresión cultural, “que es la forma como las personas se quieren expresar artística o culturalmente”, logrando a través de esto visibilizarse.

Por último están los procesos culturales, a través de los cuales se pueden “generar procesos de reconstitución del tejido social, de resolución y mediación de conflictos, y de autovaloración del individuo”.

El problema, agrega Schjelderup, es que “en los barrios no hay nada que hacer ni nada que desear que no sea lo que la publicidad ofrece”.

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