SOCIEDAD. la vida en los hogares de ancianos

La compañera soledad

La rutina del día en un hogar de ancianos dicta que hay que bañarse, desayunar, acudir a las citas médicas o a la fisioterapia, ver las novelas y jugar dominó.

Idelfonso Marín Guerra tiene esa chispa que poseen algunos adultos mayores. Conversador, dicharachero, con 67 años a cuestas no se ahorra palabras al manifestar que los dos años que lleva en el hogar para ancianos San Pedro Nolasco, en Calle 27 El Chorrillo, han sido, si no los mejores, los más activos de su vida. “Aquí salgo y entro cuando quiero”, dice esbozando una sonrisa, aunque enseguida agrega en un tono más bajo que eso no se lo permitía su familia cuando estaba con ella.

Ataviado con un suéter celeste y un pantalón caqui, Idelfonso es uno de los 37 ancianos que conviven en este hogar, aunque no todos pueden “entrar y salir” como él lo hace. La mayoría de los ancianos está en sillas de ruedas, unos se muestran callados, otros duermen y un pequeño grupo sigue atento la programación de una televisora local a través de una gran pantalla plasma.

A lo lejos se asemejan a un grupo de combatientes que finalizada la batalla parecen no rendirse, aunque el tedio y la soledad los carcome por dentro.

Algunos han sido abandonados por sus familiares, otros carecen de viviendas y muchos no tienen un ingreso económico personal o familiar que les permita seguir batallando en el mundo exterior.

Sus padecimientos van desde derrames cerebrales, alzheimer, artritis, o el peor de ellos: la tristeza.

UN día EN EL ASILO

En los hogares para ancianos la vida empieza a las 5:00 a.m., cuando la poca oscuridad que deja la noche empieza a disiparse. La rutina del día establece que hay que bañarse, desayunar en el comedor, acudir a las citas médicas o a las fisioterapias, ver las novelas, jugar bingo, dominó y barajas.

Este es el Hogar Bolívar que cuenta con tres pabellones, debidamente divididos por sexo, y las actividades recreativas se organizan de manera independiente. Luego de almorzar, los hombres se ocupan conversando con sus amigos dentro del hogar, leen periódicos o ven la televisión, mientras que las féminas hacen otro tanto, además de rezar el rosario. En cada uno de esos hogares hay un personaje pintoresco. En este centro lo es Eusebio Alejandro Pérez, quien con 92 años de edad tiene 11 viviendo aquí. Apoyándose en un bastón de madera, Eusebio se hace acompañar de un viejo radio color negro, además de una bolsa de tela de jeans en donde siempre lleva una botella de agua. “Aquí estoy bien”, se limita a decir.

En el Hogar Bolívar, cuyas instalaciones están rodeadas de árboles, habita José Pérez, cuya memoria a sus 77 años es impresionante. Con orgullo narra que trabajó como traductor para un diario de la localidad. Aunque un poco desgastada por el uso, José viste una camisilla manga larga blanca, pantalones de color crema y unos zapatos negros que lo hacen lucir elegante mientras esperaba, cómodamente sentado, ver Caso Cerrado, su programa de televisión favorito.

El Hogar Bolívar tiene una capacidad para recibir un máximo de 350 adultos mayores, aunque solo atiende entre 225 a 250 personas debido a la falta de personal.

Tras la cena servida antes de las 6:00 p.m., ven televisión, todos se van a dormir a las 8:00 p.m., para levantarse temprano al día siguiente y continuar con la rutina diaria.

Sin mayores atenciones

En Panamá existen 13 hogares para ancianos subsidiados por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y 26 hogares privados para adultos mayores, en loa cuales la atención no es la más adecuada, según indica el geriatra Josué Morales. El especialista explica que esto afecta más a aquellos que han sido recluidos en contra de su voluntad o que por enfermedad mental no comprenden que allí están más seguros.

Pero advierte que el ambiente del asilo puede afectar incluso a aquellos que se han recluido de forma voluntaria, porque la mayoría de las instalaciones donde funcionan no fue diseñada para este fin.

En la mayoría de los casos se mezcla a pacientes con trastornos mentales, a quienes tienen menos de seis meses de vida y a los que están en óptimas condiciones. “Lo ideal es dividirlos en grupos”, dice el experto.

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