ENFOQUE

Un debate sin muchas garras ni dientes

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El debate presidencial fue en el campus Harmodio Arias Madrid. El debate presidencial fue en el campus Harmodio Arias Madrid.
El debate presidencial fue en el campus Harmodio Arias Madrid.

El primer debate presidencial no dejó de ser un ensayo, tanto en formato como en discurso. Tremendamente rígido, los candidatos dispararon un caudal de ideas difícil de asimilar en tan corto tiempo.

Las propuestas de los siete candidatos parecían salir del mismo sombrero: las variaciones eran tan escasas que fue difícil distinguir entre los de los partidos políticos y los de la libre postulación.

Su nerviosismo fue palpable a lo largo de todas sus intervenciones, algo que contrastó con sus entrevistas post debate, en las que se mostraron hasta cómodos ante preguntas incómodas.

Aun así, los patrones fueron notorios. Nito Cortizo se abstuvo de responder los continuos ataques de los otros candidatos, quizás porque algo de razón tenían los reclamantes o porque estaba advertido de no responder. Se le notó acartonado y, en ocasiones, seguro de que las encuestas que lo favorecen no cambiarán de aquí a mayo.

Rómulo Roux hizo una combinación muy conveniente. Por un lado, prometió un gobierno con su firma personal, y por el otro, apoyó sus promesas en la ejecutoria del gobierno de Ricardo Martinelli, cuyo nombre brilló por su ausencia en su discurso.

No respondió a Saúl Méndez sobre las acusaciones que pesan sobre su participación en el escándalo Odebrecht o al afilado dardo que le lanzó Siria Miranda: qué hacer con una Asamblea que controla su copartidaria Yanibel Ábrego que se niega a rendir cuentas, justo cuando él prometía transparencia.

Méndez, aunque pausado, atacó a todos, porque todos fueron funcionarios, incluidos los que él llamó seudo independientes. Con inusual retórica, hizo promesas contradictorias: bajar el precio de los alimentos, pero sin el control de precios que se inventó este gobierno. Eso no sirve, dijo, pero no precisó cómo concretar su utopía.

Se fue a la lucha de clases: que si pobres y ricos, que si incluidos y excluidos. En un golpe de timón, prometió lo que muchos quieren: magistrados elegidos por el pueblo, diputados sin planillas y reducción de salarios.

La misma técnica usó Ricardo Lombana, que amalgamó el descontento popular y con eso fabricó piedras que lanzó contra sus adversarios, en especial contra los partidos políticos, quizás para descontrolarlos, pero la disciplina de no responder se impuso.

José Blandón basó su discurso en la experiencia acumulada como político, a su rebeldía a las líneas de partido. Soy el único que puede y quiere, repitió sin cesar.

Marco Ameglio, exlegislador, fue antisistema. Planteó un revolcón, perdón, una revolución, en la educación y en un nuevo orden constitucional. Habló del secuestro de los políticos. Más que soluciones, planteó diagnósticos.

Ana Matilde Gómez sufrió un robo frente a todos nosotros. Todos repitieron su idea de eliminar Aupsa. Por lo demás, sus respuestas fueron horizontales, tímidas en muchos casos y hasta grises, considerando que es independiente.

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