FOLCLOR. Música típica popular.

El descanso del violinista

Cada vez que Uribe Antonio González González rasgaba las cuerdas de su violín, preservaba la identidad de la tradición panameña.

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Uribe Antonio González González ejecuta el instrumento que aprendió a tocar “de oído”, desde que tenía siete años de edad. Uribe Antonio González González ejecuta el instrumento que aprendió a tocar “de oído”, desde que tenía siete años de edad.
Uribe Antonio González González ejecuta el instrumento que aprendió a tocar “de oído”, desde que tenía siete años de edad.

Desde los albores de la República hasta mediados de la década de 1950 no había interiorano que no disfrutara de la música típica popular interpretada mediante el instrumento preferido: el violín.

Era un ritmo acompasado, relajado, que a la luz de una guaricha invitaba a los bailadores a disfrutar de una buena cumbia, de un danzón o de una tonada cumbia.

Y es que cuando el arpegio se apoderaba de la melodía, el violinista hacía gala de su destreza en la ejecución, añadiéndole más alegría al ambiente.

Debido a lo inalcanzable que en esos tiempos era hacerse de un violín europeo, los lugareños los confeccionaban a mano, utilizando madera de pinotea o de cedro, que acompañaban con un arco hecho con cerdas de la cola de los caballos.

Finalizando la década de 1940, cuando el acordeón recién hacía su aparición en la música típica, de la mano de Rogelio Gelo Córdoba, también violinista, los bailadores fueron paulatinamente prefiriendo la novedad, y obligando a muchos músicos a dejar el violín colgado en los horcones de sus ranchos, para aprenderse las notas del nuevo instrumento.

El maestro Uribe

Pero no todos lo hicieron. Uno de ellos fue Uribe Antonio González González, nacido el 17 de marzo de 1941, en Peña Blanca de Las Tablas, provincia de Los Santos, quien desde los siete años de edad se inició en la ejecución del violín, y a los nueve años reemplazó al maestro Clímaco Batista, tocando el tema Guayabita Sabanera.

Uribe, quien murió este lunes 30 de marzo en la comunidad de El Carate de Las Tablas, a la edad de 74 años, llevó su amor por el violín hasta sus últimos días.

Hace poco recordaba que de su padre, Manuel de Jesús González, quien daba clases de música en la escuela La Tiza, heredó el gusto por la música.

“Cuando papá regresaba de sus presentaciones, y se acostaba a dormir, yo agarraba el violín y poco a poco fui aprendiendo a sacarle melodías”, contaba en su momento.

Con un dejo de orgullo en sus palabras, siempre insistía en que aprendió a tocar “de oído”, y que a través de los años fue perfeccionando la ejecución y creando un estilo propio, que tan solo con escuchar sus notas enseguida lo identificaban.

Por ello, cuando don Manuel se enteró de que su hijo tenía inclinaciones musicales le confeccionó un rústico violín, y fue así como se inició en lo que llamaba “el maravilloso mundo del violín”, instrumento que por más de seis décadas llevó a diferentes escenarios.

transición

Uribe fue de los pocos violinistas que vivió la época en que la música ejecutada con violín se hacía acompañar con maracas, y también le tocó estar durante la transición hacia el acordeón.

Durante su vida siempre se esforzó por tocar la auténtica cumbia, el danzón y la tonada cumbia, “tal y como se hacía antes”.

Sus conocidos no dudan en señalar que el maestro Uribe era un hombre que supo combinar el duro trabajo del campo con la música.

Agregan que fue este artista, quien mediante sus melodías, identificó al hombre de la montaña y del campo, poniendo a bailar a las diferentes clases sociales.

CONTRIBUCIÓN

El aporte de este músico, como el de otros de la región azuerense, fue incalculable, lo que llevó a que el Municipio de Las Tablas le hiciera un reconocimiento por su ardua labor en bien del folclor.

De su prolífica carrera, que mantuvo por más de 67 años, dejó un disco compacto.

El presidente del Encuentro Folclórico del Canajagua, Carlos González, destacó la colaboración que Uribe Antonio González González, el hijo de don Manuel, dio por varias décadas a este festival, que todos los 6 de enero se celebra en Macaracas, provincia de Los Santos, al ser uno de los pioneros de la ya tradicional Noche de Violines de Azuero.

Ahora, con el descanso del violinista, sus colegas, acordeonistas y compositores coinciden en que esta es una gran pérdida para el folclor, pues se fue uno de los grandes del violín.

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