CREDO. dirigente indígena.

El destino de Clementina

Terminó su sexto grado, se empleó de doméstica, y hoy día es la líder indígena de la religión de Mama Tatda y del Movimiento 22 de septiembre.

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La figura de Clementina Pérez ha tomado protagonismo durante el debate sobre el desarrollo hidroeléctrico en el país. La figura de Clementina Pérez ha tomado protagonismo durante el debate sobre el desarrollo hidroeléctrico en el país.
La figura de Clementina Pérez ha tomado protagonismo durante el debate sobre el desarrollo hidroeléctrico en el país.

Clementina Pérez Jaramillo tiene esa mirada profunda, melancólica, de añoranza que llevan los indígenas en sus rostros.

Esa mirada que solo cobra vida y que se vuelve desafiante cuando, oteando el horizonte, habla de la tierra que la vio nacer y que, cual simiente en pleno invierno, cobijó por siglos a sus antepasados, los primeros habitantes de Panamá.

De estatura pequeña, a lo sumo 1.57 metros, rostro adusto, ojos pequeños y unos dientes blancos que se asoman tras sus carnosos labios cuando ríe, la hoy líder de la iglesia de Mama Tatda habla rápido, pero con seguridad. No titubea.

En cuclillas, vistiendo una enagua de un verde intenso y con llamativos adornos lineales, mientras prepara cacao con un poco de agua en una vasija de metal, dice que nació en cerro Iglesias, ahora llamado Krudu, en enero de 1974.

Como todas las niñas ngäbes, su campo de juego fue el vasto territorio que llega hasta las riberas del río Tabasará, al cual describe como “un regalo de Dios”.

Concentrada en sus recuerdos, baja la voz al mencionar que como en su lugar de origen no había escuela, le tocaba caminar hasta tres horas para llegar al centro educativo más cercano, “donde me gustaba aprender”.

DEFENSA

En aquellos años infantiles, entre cuadernos y libros, su mayor ilusión era estudiar una carrera que le sirviera para defender a su pueblo, pues “a pesar de ser una niña las injusticias que se cometían con los míos herían mi alma”.

Clementina pudo avanzar en su sueño gracias a que estuvo, según cuenta, en una sede religiosa donde le ofrecían los útiles escolares, así como uniformes y alimentos.

Allí, al cuidado de una hermana misionera de nombre Laura, estuvo durante cuatro años, logrando terminar su sexto grado.

Siguiendo los pasos que la vida le deparaba, viaja a la ciudad capital donde se emplea como doméstica, pero sin olvidar ese deseo recurrente de volver a sus raíces a contribuir al tan anhelado desarrollo.

De vuelta al hogar natural, sintió que el rumor del río y el vaivén de las hojas le dieron la bienvenida, por lo que casi de inmediato se sumó a las tareas de reivindicación que libraba su pueblo.

LUCHA

Su primer contacto con la lucha fue durante una concentración en Alto Chamí en 1996, para exigir la creación de la comarca Ngäbe Buglé.

Ese año los originarios caminaron durante 15 días más de 400 kilómetros desde el oriente del país hasta la capital, iniciando al llegar una huelga de hambre para exigir la demarcación de su territorio.

La jornada fue intensa. El entonces gobierno de Ernesto Pérez Balladares no cedía a las peticiones de los indígenas, por lo que Clementina y quienes la acompañaban se fueron a la huelga de hambre que duró 12 días en las afueras del entonces Museo del Hombre Panameño.

“Queríamos la ley que creara nuestra comarca, y por eso nos tomamos la Asamblea Nacional”, afirma mientras su rostro se vuelve más adusto.

Finalmente, la comarca fue creada en 1997, con una superficie de 6 mil 968 km2 que comprende las regiones de Ño Kribo, Nidrini y Kädridri, teniendo como capital a Llano Tugri.

Desde el punto de vista administrativo, el territorio se organiza en 7 distritos y 58 corregimientos.

RELIGIÓN

La parte mística de Clementina le sobrevino cuando sus fuerzas físicas minaban.

Fue, recuerda, en el preciso momento en que el médico que atendía a los manifestantes en huelga de hambre le comunicó que debido a su estado de salud su muerte era irremediable.

La noticia, en vez de entristecerla, la llenó de ánimo y pidió a su pueblo que orara por ella, oraciones que le devolvieron esa vida que se le escapaba.

“Allí me comprometí. Dios me dio una oportunidad y la iglesia de Mama Tatda me llenó el espíritu, llegando a comprender que nada se puede hacer sin Dios”.

Así, de lleno en el ritual, hoy día define esta iglesia como un ritual espiritual, moral y cultural, que define el ser ngäbe buglé.

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