El hijo de Birán

Cuba llora por la muerte de Fidel Castro, un hombre lleno de luces y sombras que dirigió la isla por más de medio siglo. Mientras algunos censuran esa inmensidad de poder de Castro, otros le agradecen su entrega a la revolución.

Restos de Fidel llegan a su destino final

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El 1 de enero de 1959 Fidel anuncia desde Santiago la victoria de la revolución. Azar del calendario, el pasado viernes, 2 de diciembre, se conmemoró en Cuba el 60 aniversario del desembarco del Granma en la playa Las Coloradas, 220 kilómetros al oeste de Santiago.AP El 1 de enero de 1959 Fidel anuncia desde Santiago la victoria de la revolución. Azar del calendario, el pasado viernes, 2 de diciembre, se conmemoró en Cuba el 60 aniversario del desembarco del Granma en la playa Las Coloradas, 220 kilómetros al oeste de Santiago.AP
El 1 de enero de 1959 Fidel anuncia desde Santiago la victoria de la revolución. Azar del calendario, el pasado viernes, 2 de diciembre, se conmemoró en Cuba el 60 aniversario del desembarco del Granma en la playa Las Coloradas, 220 kilómetros al oeste de Santiago.AP

Dos mujeres jóvenes se consolaban al amanecer en un estrecho abrazo en la mitad de la avenida Paseo. Recién se habían dispersado las filas infinitas que despidieron de La Habana a Fidel Castro.

Lo vieron salir por última vez de la Plaza de la Revolución en cenizas, arropado por la bandera de Cuba y sobre la parte trasera de un jeep militar. Y las mujeres del abrazo lloraron. Como los hombres que llevaban banderitas en su gorra, o como los veinteañeros que cantaban y vitoreaban.

Se iba para siempre Fidel, el líder de la revolución, “el padre de todos”, según algunos, el “tirano asesino” para otros; un hombre complejo, de luces y sombras, sin términos medios, que despierta el más profundo de los afectos o el odio desalmado. O lo lloran o bailan para celebrar su muerte.

Es la historia de una nación basada en un hombre que tomó las armas e impuso su visión, que a los 90 años se transformó en cenizas. Un revolucionario al que intentaron asesinar más de 600 veces, que empuñó las armas y fusiló, que odió, que amó, al que nunca le tembló la mano, que se convirtió en una figura inmensa.

En 1959, unos días después de derrocar a Fulgencio Batista y tomar las riendas de Cuba, Castro concedió una entrevista al periodista estadounidense Edward Murrow.

Castro aparecía acompañado de su hijo Fidel Ángel, de 10 años, que jugueteaba con un cachorro negro. El guerrillero vestía de blanco y llevaba su barba espesa. Murrow le preguntó si visitaría Estados Unidos, Castro contestó que sí. Enseguida el periodista quiso saber si lo haría con o sin barba. Castro mostró una risa cínica, incluso tierna. “Si voy pronto iré con la barba, porque no estoy pensando en cortarla. Ya estoy acostumbrado a ella. Y quizás tiene un significado importante para mi país. Cuando tengamos comida, agua, campos, un buen gobierno, entonces me cortaré la barba”, dijo. Y nunca más se la cortó.

LA REVOLUCIÓN DE LOS BARBUDOS

La historia de Cuba cambió el día que Fidel entró a La Habana. Mientras daba su primer discurso, una de las palomas blancas que soltaron para celebrar se le posó en el hombro. A partir de ese momento, el líder cubano comenzó el proceso de convertirse en un ícono.

Ese 8 de enero de 1959 La Habana fue el último lugar de su caravana de la libertad, un recorrido que le tomó una semana desde que salió de Santiago de Cuba, desde donde se enteró de que Batista y sus secuaces habían dejado la isla sin gobierno.

Castro llevaba más de dos años dando una batalla de guerrillas. Él permanecía en el extremo más lejano del este del país, mientras que sus colaboradores se habían dispersado por varias ciudades para atacar por todos los flancos a la milicia cubana.

La lucha comenzó el 2 de diciembre de 1956, cuando Castro y 81 guerrilleros desembarcaron en Santiago y se internaron en la Sierra Maestra. Entre ellos estaban Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, y Raúl Castro, hoy presidente de Cuba.

Venían desde México, de donde zarparon en el yate Granma, y donde planearon por meses su vuelta del exilio por sus participaciones en diferentes revueltas en contra del régimen de Batista.

En el caso de Castro, por el famoso asalto de 1953 al cuartel Moncada, un acantonamiento militar en Santiago de gran importancia estratégica.

Fidel y sus insurgentes fueron capturados. Algunos torturados y fusilados, otros encarcelados. Durante su juicio, el jefe revolucionario dijo una de sus frases más contundentes: “La historia me absolverá”. Dos años después salió de prisión y fue a parar a México.

Todos estas luchas se debían a su profunda pasión política, adquirida mientras estudió derecho en la Universidad de La Habana. Era un ambiente nuevo, pues Fidel venía de Birán, un pueblo diminuto al este del país. Venía de una familia modesta, que poseía varias tierras dedicadas a la siembra de caña de azúcar.

En las imágenes de Fidel como universitario aparece sin barba, con un bigote incipiente. Luce diferente al líder de los barbudos que se tomarían el poder.

HOMBRE DE PASIONES

En La Habana no hay música. Tampoco hay ron. El Gobierno decretó un duelo hasta mañana lunes. Mientras ha durado el luto, Fidel está por todas partes: afiches, conversaciones, fotos, libros, pinturas. En la televisión hay una transmisión permanente de la caravana que lleva sus cenizas hasta Santiago, el lugar donde empezó todo.

“Yo soy Fidel”, reza la consigna principal de estos días. Y de cierta manera representa la relación entre Cuba y su líder real hasta 2006 –cuando delegó sus funciones a su hermano Raúl–, y simbólico a partir de entonces.

Durante su periodo, Castro tomó decisiones sobre agricultura, educación, salud, economía, transporte, turismo, ambiente; enjuició, ordenó y ejecutó fusilamientos, arrestó, hizo y deshizo.

Después de tomar el poder y enrumbar a Cuba hacia el socialismo, muchos de quienes lo apoyaron se convirtieron en detractores. Algunos no pudieron salir de la isla, otros se fueron a Miami, donde ya estaban los que habían huido con la caída de Batista.

Precisamente fue ese grupo de cubanos el que comenzó a denunciar irregularidades en la isla, un grupo que creció después de que Castro permitiera en 1980 que todos los exiliados que quisieran recoger a familiares y amigos solo tenían que atracar sus embarcaciones en el puerto de Mariel. Alrededor de 130 mil cubanos llegaron a Miami a raíz de esa operación. Muchos de los cubanos-americanos criticaron el proceso al asegurar que el Gobierno cubano habría abordado a delincuentes, pacientes mentales y criminales.

Mientras algunos censuran esa inmensidad de poder de Castro, otros le agradecen su entrega a la revolución, un proceso que ha dejado marcas en la isla: casi no hay autos nuevos, no hay centros comerciales, hay difícil acceso a internet, hay pocas voces de prensa, hay pocos edificios nuevos, se siente una diferencia abismal entre los locales y los turistas, casi todo el mundo habla inglés, todo el mundo sabe leer, los servicios básicos están garantizados, la gente es amable y educada, y los libros son más baratos que la cerveza.

Fidel Castro murió a los 90 años, apenas unos meses después de que Estados Unidos y Cuba retomaran sus relaciones diplomáticas tras un bloqueo económico de los norteamericanos que duró décadas. La relación parecía mejorar, pero el presidente electo, Donald Trump, se ha mostrado reticente a continuar este proceso, por lo que todo indica que habrá nuevas negociaciones. Estas no las presenciará Fidel, quien escribía con asiduidad sus impresiones en el diario Granma.

Una era que termina y otra que apenas comienza. En su viaje a las Naciones Unidas en 1979, Fidel viajó acompañado por el periodista estadounidense Jon Alpert. Fue la primera y única vez que el cubano permitió este tipo de compañía. En el documental del viaje, Fidel conversa cada vez que puede con el reportero, le ofrece comida, le muestra su habitación, su refrigeradora. Era un documental con profunda intimidad. Cuando todavía estaban en el avión rumbo a Nueva York, Alpert le pregunta si no temía que lo asesinaran en su visita a Estados Unidos. Fidel sonrío y mientras se acomodaba el habano en la boca le contestó: “Nadie se muere antes de tiempo”.

Restos de Fidel llegan a su destino final

El cortejo fúnebre con las cenizas de Fidel Castro llegó ayer a Santiago de Cuba, su último destino luego de un recorrido de cuatro días y mil  kilómetros desde La Habana que revivió, en sentido inverso, el trayecto triunfal de la caravana de la revolución de 1959.

Al llegar a Santiago, miles de personas de todas las edades se reunieron en una céntrica plaza para rendirle tributo póstumo, mientras observaban su imagen proyectada en una pantalla pronunciando uno de sus históricos discursos –el del 1 de enero de 1984–, en un aniversario de la revolución. Para la ceremonia de inhumación hoy han confirmado su presencia varios aliados de Cuba en la región, como el venezolano Nicolás Maduro, el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega, dijo la estatal Radio Reloj citando a la Cancillería. Además, informó que los expresidentes de Brasil, Lula Da Silva y la destituida Dilma Rousseff, así como el exmandatario dominicano Leonel Fernández asistirán al funeral. También llegó el exastro del fútbol Diego Maradona. En Santiago está el cuartel Moncada, que fue atacado por los soldados dirigidos por Castro el 26 de julio de 1953, lo que marcó el inicio de la rebelión contra la dictadura de Fulgencio Batista.

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