Con la mirada en las nubes

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Era evidente el malestar. Entre los 30 vecinos del corregimiento de San Francisco que habían asistido a la reunión reinaba la preocupación. La molestia.

Sucedió a mediados de diciembre pasado, cuando el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (Miviot) consultó a los residentes de este sector de la ciudad sobre una medida que pensaba implementar en la zona: la eliminación de la restricciones de altura contempladas para los condominios clasificados como RM y RM1.

La primera clasificación limita la cantidad de plantas de un edificio hasta cuatro pisos. La segunda, las detiene en 15. Quitarlas, equivaldría, como dijo un residente en aquella ocasión, a “cambiar la densidad del barrio”.

Darle vía libre hacia las nubes.

El Miviot dice que se trató solo de una consulta y que aun no se ha decidido nada.

San Francisco es uno de los sectores de la ciudad de Panamá donde el dramático crecimiento vertical de la urbe se siente como en ninguna otra parte: enormes torres se han erigido casi de la noche a la mañana en medio de un barrio que hasta hace unos años era una apacible zona de casas amplias, edificios bajos y jardines, acariciados por la frescura de la brisa marina.

Ahora, las paredes de cemento trepan hasta el cielo.

Las calles de este barrio, empero, son las mismas de hace medio siglo. En trazado y en anchura. Y las redes de acueductos y alcantarillados, más o menos lo mismo.

Los nuevos edificios han traído presión. Gente. Carros. Servicios públicos. Para el mismo espacio.

Las altas y rutilantes torres son el símbolo del éxito económico del país, la postal para mostrar, pero abajo, a ras de tierra, el desarrollo se quedó en el pasado.

“No previmos crecer tan rápido”, ha dicho el ministro de Obras Públicas, Federico Suárez.

Es la sorpresa del éxito. Su lado inesperado que también nos ha hecho “víctimas” de él, según el funcionario. Pero también es cierto que la ciudad careció, durante varias décadas, de un plan.

Isla Trump

Sucedió el miércoles 6 de julio del año pasado. Ese día se inauguraba el Trump Ocean Club Panamá, en Punta Pacífica. El rascacielos más alto de América Latina: 293 metros de altura. 72 pisos. Un costo total de 430 millones de dólares.

Estaría allí el propio Donald Trump, el magnate estadounidense cuya marca adornaba la obra, la primera inversión inmobiliaria de la organización Trump en la región. También iba para allá el presidente, Ricardo Martinelli.

Todo estaba a punto para el gran acontecimiento, pero entonces pasó algo que sucede todo el tiempo en Panamá, sobre todo en esa época: llovió.

La estrecha península no tardó en anegarse, debido a las obstrucciones de los alcantarillados (repletos de desechos de construcción) y a la imprevisión sobre qué hacer con algo tan natural como el agua de lluvia.

Con dificultad, algunos autos, los más altos, lograron llegar, casi como lanchas, hasta el hotel. Pero otros no tuvieron tanta suerte.

Pese a todo, el corte de cinta se realizó.

El edificio, con la forma de una gigantesca vela, quedó virtualmente separado del continente, como una isla. O como un velero, presto a navegar.

Roger Khaffif, promotor de Trump, le dijo ese día al periodista de la BBC, Tim Rogers: “Todos están molestos”.

Khaffif no se explicaba cómo no se adecuó primero la infraestructura básica antes de construir estas grandes torres en esa zona. “Me parece que era más importante”, manifestó.

El proyecto de saneamiento de la bahía y la ciudad de Panamá ayudaría a resolver, en parte, algunos de los problemas de alcantarillados y drenajes pluviales, eso sí, a un costo que podría llegar a los $500 millones. Pero aún falta camino.

Planes

“Si bien a escala regional es deseable contener el crecimiento urbano, a escala metropolitana es deseable descentralizar su desarrollo, con el fin de equilibrar la atracción de los centros actuales”, es lo que plantea para la ciudad de Panamá el Plan de Desarrollo Urbano del Miviot.

Es decir, que si bien es deseable que se deje de crecer horizontalmente para evitar, entre otras cosas, presionar aún más la cuenca del Canal, barrera natural de la ciudad, también es importante que no todo se concentre en el “centro”, sino en diversos “nodos”, que lo descongestionen.

Pero el problema de la infraestructura rezagada persiste mientras tanto –pese a los anuncios de millonarias inversiones por parte del Gobierno–, como parecen evidenciarlo las recientes crisis de suministro de agua potable para la ciudad, la recolección de la basura o el aún pendiente soterramiento de los cables aéreos.

Hablando de un problema de desbordes de aguas negras en Punta Paitilla, el arquitecto Rodrigo Mejía-Andrión escribía a mediados del año pasado: “Queríamos superar a Nueva York, pero con la infraestructura de Penonomé. Hoy estamos recogiendo el fruto de nuestra osadía o imprevisión”.

Una ciudad de rascacielos

Panamá figura como una de las ciudades en las que se construyen o existen ya algunas de las 200 torres más altas del mundo. Se ha convertido, en el ámbito latinoamericano, en la “capital de los rascacielos”, teniendo seis de los diez más altos al sur del Río Bravo. Por tal razón, es objeto de comentarios elogiosos por parte de turistas y gente de negocios que viaja constantemente.

La Cámara Panameña de la Construcción había previsto un crecimiento en 2011 del 15% en este renglón, una muestra de recuperación frente a la desaceleración que había experimentado esta industria tras el auge inmobiliario de mediados de la década pasada, cuando el paisaje costero de la ciudad empezó a pob arse de torres. No obstante, las obras que más se están desarrollando son edificios de oficinas, edificios de bajo costo y casas.

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