mitómanos. Cuando la ficción se hace la mejor realidad.

Un mundo de mentiras

Repaso por un puñado de historias recientes protagonizadas por personas que llevaron a los extremos sus falsos testimonios de vida.

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Javier Cercas es el autor de ‘El Impostor’. Javier Cercas es el autor de ‘El Impostor’.

Javier Cercas es el autor de ‘El Impostor’.

Un mundo de mentiras Un mundo de mentiras

Un mundo de mentiras

Para la mentira como para el amor se necesitan al menos dos: alguien que diga y alguien que crea. A Enric Marco le creyeron, y no una ni dos personas, ni fue por un mes o dos.

La vida de Marco, la que compartía, era casi toda una ficción hasta que en 2005 el historiador español Benito Bermejo lo descubrió.

El hombre, que llegó a ser presidente de una asociación que defendía los derechos de españoles deportados a los campos de concentración del Tercer Reich, y que decía ser superviviente de la Segunda Guerra Mundial, ni siquiera había estado en uno.

Esta historia real, inquietó al escritor español Javier Cercas, que explora todo ese mundo de engaños en el que vivía Marco, y lo convierte en su libro El Impostor (2014).

En una entrevista con el diario El Mundo (España), el autor llega a la conclusión de que Marco “mintió para que lo quisieran, quería ser admirado. Era narcisista, un término que la mayoría de las personas no utiliza bien. Los narcisistas no se aman, se odian... por ello fabrican una imagen bella de sí mismos”.

Una imagen, al menos admirable, fue la que también intentó conseguir otro personaje español hace poco menos de un año, mediante suplantación de identidad y falsificaciones.

Francisco Nicolás Gómez, conocido como “El pequeño Nicolás”, pasó a ser protagonista de primeras planas, cuando se descubrió que intentaba envolver a instituciones con sus mentiras y medias verdades.

En noviembre de 2014, Javier Ayuso publicó en el diario El País el artículo “Historia de un caradura”, en la que cuenta la trama de este veinteañero que llegó a decir que trabajaba para la Vicepresidencia del Gobierno o que era el Marqués de Togores (así logró pertenecer al elitista Club Puerta de Hierro en Madrid).

El francés Christophe Rocancourt, es otro que también pretendía ser quien no era. En Estados Unidos se hacía pasar por productor de cine, excampeón de boxeo, por el hijo de Sofía Loren o sobrino de Oscar de la Renta. Rocancourt adquirió fama por sus estafas.

Pero si el mentir no tiene edad ni nacionalidad, tampoco tiene sexo. Eso quedó claro, cuando el falso testimonio de Tania Head quedó en evidencia.

También en Estados Unidos, y como producto de una investigación de The New York Times, se descubrió que la historia que contaba la mujer sobre los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, era falsa.

Lo que Head contó por seis años, era un hecho dramático. Ella decía haber sido salvada por un voluntario y su aliento de vida había sido la esperanza de casarse con David, alguien que murió en una de las Torres Gemelas durante el atentado, contaría después.

El relato de quien fuera la presidenta de la red de sobrevivientes del World Trade Center, tenía cabos sueltos, comprobaría después la investigación del diario estadounidense.

Los familiares del hombre con el que decía se casaría y que efectivamente murió en el atentado, decían nunca haber escuchado de ella, y el lugar donde decía que trabajaba, no tenía su nombre registrado como empleada.

De hecho Tania no es su verdadero nombre, sino Alicia Esteve y según afirma el diario, es catalana.

Mentir, ¿en qué medida?

Una vez terminado su libro, Cercas entendió por qué le perturbaba la historia de Marco.

“No es tan distinto al resto de los seres humanos. Lo que pasa es que él llevó su exageración al extremo. El ser humano es incapaz de aceptar la realidad y necesita la ficción para vivir”, dice el escritor en la entrevista con El Mundo.

Y es que, al parecer, hay un límite aceptable al momento de esconder la verdad.

En el artículo “La necesidad de la mentira”, Luis Muiño, psicoterapeuta, defiende el uso de la mentira para conservar las relaciones sociales.

“Fantasee con la idea de decirles a sus jefes, a su pareja, a sus compañeros de trabajo, a sus amigos, a sus padres o a sus hijos (absolutamente todo) lo que piense de ellos”, propone Muiño, para luego decir que “las consecuencias serían desoladoras por la inmensa cantidad de dolor que se crearía”. ¿Es aceptable la mentira entonces? ¿Hasta qué punto?

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