La conquista del Atlántico

El hombre fuerte del Caribe

¿Cómo hizo Max Van Rijswijk, un empresario holandés, para apropiarse de más de 2 mil hectáreas y kilómetros de playa en la costa caribe de Panamá?

La versión de Max Van Rijswijk

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Max Van Rijswijk. Max Van Rijswijk.
Max Van Rijswijk. Roberto Cisneros

La historia de Max Van Rijswijk, un empresario holandés que entre 2007 y 2017, en solo 10 años, consiguió apropiarse de 2 mil 522 hectáreas con 12 kilómetros de playa en la costa caribeña –mil 95 hectáreas en Donoso y mil 427 hectáreas en la costa de Veraguas–, y que ahora ofrece en venta en internet a través de su empresa Caribbean Riviera por cifras millonarias.

A lo largo de los años, Van Rijswijk fue organizando una intrincada red de fundaciones, sociedades anónimas y distintos abogados que le dieron cobertura legal a su entramado de oscuras inversiones. Algunas de sus víctimas hablan. 

EL PATRÓN DEL CARIBE

El pueblo de Calovébora es el secreto mejor guardado del Caribe: un oasis de cielo azul, arenas blancas y mar verde esmeralda. Las últimas playas vírgenes de Panamá.

En Calovébora viven cerca de 2 mil personas. La población es más heterogénea que en la montaña: hay campesinos, indígenas y también población afrodescendiente, sobre todo pescadores. La gente vive al ritmo de la naturaleza. Solo algunas casas tienen energía solar. Como los autos aún no llegan, no hay calles. La tranquilidad es total. Viven aislados, y por eso celebran la llegada de la carretera. Muchos están dispuestos a vender su tierra.

Los únicos visitantes son los predicadores evangelistas, los narcos que van hacia Estados Unidos y la Policía que los persigue. Y, desde hace un tiempo, extraños inversionistas. Pioneros. Los nuevos adelantados.

El patrón del Caribe Expandir Imagen
El patrón del Caribe

Max Van Rijswijk es uno de ellos. Es un holandés de aspecto vikingo del que todos hablan en Calovébora. Rubio y de casi dos metros de altura, llegó a Panamá en 2003 y se presentó como un activista ambiental orientado a la preservación del territorio. A poco de llegar creó algunas fundaciones que tenían ese fin: cuidar a las tortugas, salvar los bosques, evitar que el progreso se llevara por delante la naturaleza de Panamá. Llegó a Calovébora ofreciendo a los campesinos acuerdos de cesión de tierras para realizar inmensas reservas. Se interesó sobre todo en un tipo de propiedad: costa de playa sobre desembocadura de ríos.

Entre 2007 y 2017, en solo 10 años, consiguió apropiarse de 2 mil 522 hectáreas con 12 kilómetros de playa en la costa caribeña –mil 95 hectáreas en Donoso y mil 427 hectáreas en la costa de Veraguas–, que ahora ofrece en venta en internet a través de su empresa Caribbean Riviera por cifras millonarias.

A lo largo de los años, Van Rijswijk fue organizando una intrincada red de fundaciones, sociedades anónimas y distintos abogados que le dieron cobertura legal a su entramado de oscuras inversiones.

En internet se puede encontrar el portafolio de su empresa: “La costa caribeña de Panamá está aún infravalorada al compararla con otros destinos de playa similares en Costa Rica, México y República Dominicana. Con la increíble inversión en infraestructura llevada a cabo en estos momentos, unida al creciente atractivo que refleja Panamá como un destino emergente de inversión, se prevé que los precios se duplicarán dentro de tres a cuatro años. Este es el momento óptimo para comprar una o varias de las propiedades señaladas con el fin de generar una inversión de la cual se espera, sea de alto rendimiento con relativamente bajos riesgos dentro de un horizonte de corto a mediano plazo”.

¿Cómo hizo Max Van Rijswijk para convertirse en 10 años en un terrateniente tropical, dueño y señor de las tierras que ni siquiera Colón pudo conquistar?

LA COSTA BÁRBARA

Paulino González, de 80 años, se define como víctima de una estafa de Van Rijswijk. FOTO: Raphael Salazar Expandir Imagen
Paulino González, de 80 años, se define como víctima de una estafa de Van Rijswijk. FOTO: Raphael Salazar

Para llegar a la casa de Paulino González Sianca hay que abordar una lancha en Calovébora. Desde el agua se puede entender todo: hay playas pequeñas, como caletas entre peñones que se abren al mar. Hay playas abiertas y amplias. Hay playas con olas para surfear y bahías de agua tan cristalina que se ven corales y peces. Hay inmensos arcos de piedra y cuevas submarinas.

Luego de una hora de navegación se llega a la desembocadura del río Estero Salado. El vaivén de las olas se acaba y la quietud del río lo absorbe todo. La selva cerrada genera un arco por encima del agua. Se llega a un punto en que el río baja tanto que no se puede navegar. Hay que caminar por el agua 200 metros hasta alcanzar la propiedad, sobre una pequeña loma. Allí hay dos casas de madera elevadas de la tierra, donde vive González, con sus hijos y sus nietos. Hay niños corriendo, canastos con la cosecha del día.

El hombre, de 80 años, se define como víctima de una estafa. Le cuesta explicarlo. Nació cerca de aquí y vivió toda su vida en el monte. No fue a la escuela. No escribe ni lee. Dice que conoció a Van Rijswijk a mediados de 2008. El holandés llegó en helicóptero y le hizo una oferta de 100 mil dólares por todo el frente de playa de su tierra. González tenía derechos posesorios, llevaba 40 años viviendo allí.

Van Rijswijk le dijo que si aceptaba, había que hacer todo de una vez. Le enviaría un helicóptero para viajar a la ciudad de Panamá, firmar los papeles y realizar el pago. Paulino no conocía la capital. Solo había estado una vez, internado, al borde de la muerte. Hacía de esto 30 años. Habló con su familia y decidieron vender. Para ellos la playa no tenía ningún valor. No son pescadores y la arena no da alimentos, excepto cocos. La tierra fértil, la que trabajan diariamente río adentro, no se la vendió.

Al otro día llegó el helicóptero a buscarlo. Fue con su nieto. A poco de subir hubo un desperfecto y el helicóptero cayó a tierra. Casi se matan. Se los llevaron por tierra a Santiago y de allí a Panamá. Los alojaron en un hotel céntrico, comieron bien. Fueron a la oficina de Van Rijswijk y firmaron el contrato. Como no sabe ni leer ni escribir, firmó el documento con su huella dactilar. Su nieto, que sí leía, aparece como testigo “a ruego”.

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El patrón del Caribe

El contrato incluía una cláusula de arbitraje contra Paulino que, de no efectuar la operación, debía pagarle a Van Rijswijk un millón de dólares.

Con el cheque de 20 mil dólares por el anticipo de la compra volvieron a Santiago. Fueron al banco. El representante del holandés, José Gilberto Guardia Pinzón, se los cambió. Les dio la mitad del dinero y la otra mitad se la quedó él. Con los 10 mil dólares que recibieron compraron cosas para la finca, ropa, herramientas y se regresaron a Calovébora. Max debía llegar pronto a pagarles el resto. Nunca lo hizo. Sin embargo, el 29 de enero de 2016 el Departamento de Catastro Rural le tituló esas tierras a nombre de una de sus empresas, Veraguas Eco Turismo, S.A.

A pesar de que el empresario holandés se dice amigo de Paulino, semanas atrás, finalizando noviembre, recibió una mala noticia: Paulino lo demandó penalmente. Esas tierras hoy están en venta por millones de dólares.

Este modelo de negocios –por no decir de estafas– se repite en varios casos en el pueblo. La señora Margarita Pineda Rodríguez sufrió la misma situación. Van Rijswijk se presentó en su casa y le dijo que estaba dispuesto a invertir en la comunidad, que haría un reservorio de tortugas. Les ofreció lo que para ellos era una fortuna: 125 mil dólares por 18 hectáreas sobre la playa.

Dídimo, su hijo, que había estudiado en Santiago, le dijo que era una buena posibilidad para conseguir recursos e invertir en la otra finca que habían heredado de su abuelo: sin costa de playa, pero con tierra para trabajar. Se retiraron a hablar entre ellos y decidieron vender. El holandés le contestó que si querían hacer la operación, tenían que viajar de inmediato a la ciudad. La señora estaba descalza. No le dieron tiempo ni a cambiarse la ropa. Ninguno de los dos conocía la capital panameña.

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El patrón del Caribe Guido Bilbao

“En la ciudad le compramos zapatos, lo que usted quiera”, y así viajaron. Hotel, cena, oficina, un hombre rubio y elegante que hablaba en otro idioma. Firmaron. Recibieron su adelanto y regresaron a Calovébora. Van Rijswijk jamás regresó con el pago adeudado. Su tierra ya no les pertenece y de la plata que les dieron no les queda nada. En algo cumplieron: luego de la firma les compraron zapatos.

Mire el especial completo.

La versión de Max Van Rijswijk

Max Van Rijswijk contó que llegó a Panamá hace 15 años, y que es ambientalista “cien por ciento”. “Nosotros, un pequeño grupo de inversionistas, compramos  terrenos en la costa abajo de Colón y algunos terrenos en el Caribe de Veraguas con un motivo:  conservar el medio ambiente”, afirmó.

Dijo que le importa el Corredor Biológico Mesoamericano, “que empieza en México y termina prácticamente en el Amazonas”. “El objetivo de las compras es la protección del Corredor Biológico Mesoamericano, y para hacer desarrollo ecoturístico de bajo impacto en la playa, donde la gente pueda disfrutar  y conocer el área”, agregó.  

Aseguró que sus intenciones son buenas. Que durante años “mucha gente” ha tocado las puertas de su oficina para ofrecerle tierras. “Yo era uno de los pocos grupos comprando terrenos en la costa del Caribe. Todos estaban enfocados en el Pacífico”, añadió.

“La gente me decía: ‘¿Cómo es posible que   estás invirtiendo toda tu plata en esta costa que no tiene infraestructura ni título de propiedad?”.

Cuándo se le consultó sobre la manera como obtuvo las tierras, respondió: “Muy sencillo, como todo el mundo consigue tierra. Buscas a los dueños de los terrenos, muchas veces ellos me buscaban  y establecimos una compraventa”.

Aseguró haber invertido  más de $15 millones entre adquisición de los terrenos, los gastos de la titulación y los gastos de las mejoras.

Manifestó también que  las personas que tienen tierras que valen cientos de miles de dólares “sí pueden leer y escribir”.  “No compramos tierras de gente que no sabe leer o que no sabe lo que está  vendiendo. Tampoco pagamos el metro a centavos. Pagamos bien”.

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