CAMPAÑAS Y DONACIONES

El poder y la vanidad en la cena de Arias

En una gala al mejor estilo de Hollywood, Cam-bio Democrático recaudó fondos para la campaña presidencial de Arias. La estrella fue Martinelli.

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El ambiente versallesco de la cena de recaudación de fondos para la campaña de José Domingo Arias, organizada en un hotel de la localidad, tuvo su clímax con la llegada del presidente, Ricardo Martinelli.

Arias ya había terminado su discurso, dominado por la promesa de inversiones, y una cantante interpretaba su versión en jazz del tema de la la cinta Skyfall, del agente 007.

Distendidos y dispersos en sus conversaciones, los invitados hacían sonar los cubiertos de plata y las copas burbujeantes de champaña cuando Martinelli ingresó al salón Campo Alegre, cual chiquillo al terminar las clases.

Llevaba puesto unos jeans y lucía una camisa de mangas cortas de tono azul turquesa. Detrás iba su jefe de protocolo, un hombre fit y atento a cualquier decisión inesperada del mandatario.

A distancia de tres metros, un periodista de este medio intentó captar al mandatario en fotografías para subirlas a Twitter. Pero fue el Presidente quien abordó al periodista con un grito sarcástico: “¡Ey, tú, que trabajas en el diario de la opo, tómame la foto, pero hazlo bien!”.

Pendientes del más mínimo gesto de Martinelli, a su lado posaron Ricardo Francolini, miembro de la junta directiva de la Caja de Ahorros y de Tocumen, S. A., y los empresarios Juan Ramón Porras y Ricardo Calvo.

Después posó con los encargados de recibir las contribuciones de los participantes ($5 mil por puesto). La gente se fue agolpando en torno al Presidente, atraída por su carisma de rey absoluto de los pesos pesados.

Simuló bailar samba, con un movimiento resuelto de caderas, y en broma habló en portuñol con algún brasileño.

Al reportero de este medio le dio la primicia de que mañana (ayer) iba a hablar con Álvaro Alvarado, presentador y periodista de Telemetro. El Presidente parecía que se despedía de la cena.

Pero a los pocos minutos, fiel a un estilo intempestivo y temperamental, Martinelli regresó sobre sus pasos y en tono de declaración lapidaria arremetió contra el fundador de La Prensa. “Es un periódico secuestrado por el ladrón de Eisenmann. Un buen diario, con buena gente, con buen todo, pero secuestrado por un estafador, evasor de impuestos y ladrón”.

Siguió su camino estelar. El jefe de protocolo atinó a levantar las cejas. Muy cerca del lugar donde el jefe se tomó las fotos, se hallaba Arias.

Sin la gorra habitual, vestido de negro, ofrecía un gesto de paz. Parecía un arzobispo en vacaciones. El Presidente partía; Arias se quedaba.

Entonces el candidato de Cambio Democrático pudo mostrarse satisfecho por la recepción.

“Muy contento, presentando la visión que tenemos de este país hacia el futuro. Compartiendo con personas que están participando de la vida nacional, del sector público y del privado”, dijo Arias.

-¿Cuánto dinero se recaudó? - No tengo la menor idea. Tengo un equipo preparado para eso.

EL DIABLO EN LOS DETALLES

Debe de haberse recaudado una buena suma de dinero. En el salón Campo Alegre caben 200 personas, y, salvo algunos invitados, la mayoría cubrió el costo de la invitación. Algunos ya lo habían hecho de manera anticipada, tal vez mediante transferencia bancaria o con tarjeta de crédito. Otros entregaban sus cheques con letra de molde, no fuera a darse alguna confusión, antes de ingresar –admitidos– a la cena.

Orquídeas blancas caían desde el cielorraso. En el lobby del salón recibían a los llegados azafatas de trajes breves y cabello lacio. Dos más custodiaban las puertas interiores.

Como desde el salón Campo Alegre queda visible el acceso a la zona del spa y el gimnasio del hotel, era frecuente ver huéspedes en suéter, pantaloneta y zapatillas de tenis que se sorprendían ante el glamur de la velada. Ocurrió con una madre joven y su hija adolescente, ambas de pareo y sandalias.

Uno tras otro, casi sin hacer ruido, y luego de superado el tranque de un miércoles en la noche, los invitados comparecían pasadas las 7:00 p.m. Algunos de ellos emergían de cualquiera de los tres ascensores, que al abrir sus puertas daban a entender que llegaba alguien importante.

Fue el caso de Ricardo Gago, empresario de bastón largo e imponente; Salomón Shamah, administrador de la Autoridad de Turismo; y Rómulo Roux, secretario de CD, y exprecandidato presidencial y su novia Victoria Heurtematte. La alcaldesa de la capital Roxana Méndez estaba en el primer grupo y lucía un vestido tatuado de flores; sus brazos al descubierto.

Otros subieron las largas y elegantes escaleras de caracol del hotel.

Según el orden de ascensión, con paso imperial, la lista se inició con el ministro de Salud, Javier Díaz, y el de Gobierno, Jorge R. Fábrega. L a invitación decía “Traje de coctel”, todos llevaban corbata.

A la espera del candidato, los asistentes bebieron tragos de whisky Buchanan´s 18 años, champaña Veuve De Cliquot, vodka Grey Goose y vinos blancos y tintos de finas cepas. La agrupación DS Project amenizaba el preludio del ágape con temas de jazz interpretados con batería, guitarra, bajo, teclado y saxofón.

ITALIA EN PANAMÁ

Entonces apareció en el ascensor de la derecha el candidato con su esposa Aimée Álvarez de Arias. A excepción de unos pendientes sutiles y una pulsera gruesa de perlas, ella relucía su cuello de cisne. Lucía un vestido fucsia un tanto oscuro que se ajustaba a las circunstancias corpóreas; unos zapatos de tacón de 12 centímetros, o tal vez más, y moño soberbio que le cubría cada pie.

Se quedó rezagada al ver al candidato dirigirse hacia los baños junto al spa. Muy cerca, Francolini. A los dos minutos él regresó al lobby, y con Aimée al lado entró a la cena repartiendo besos a invitadas y azafatas, y abrazos y cálidos estrechones de manos a los partícipes. Ya se siente Presidente.

Pasado un cuarto de hora, agrupados a la manera de una hermandad, los asistentes fueron entrando a la cena de las vanidades. Se apagaron las luces, y los relojes y los brillantes de anillos y pulseras se encendieron como en un baile de luciérnagas.

Martinelli apareció sobre las 9:00 de la noche, en el mismo ascensor que subió a Arias y a su esposa. Entró en el salón decidido y seguro. Era muy consciente de que lo esperaban.

El discurso del candidato anticipó inversiones de $20 mil millones de dólares; más jumbo–ferias, más cambios sinfín. No hubo referencia a otros temas que también preocupan al país, como la institucionalidad y la corrupción.

Cuando terminó Arias, la gente aplaudió, y fue esa la señal apropiada para que los meseros ingresaran portando los cuatro platos del menú de los $5 mil. Este prometía un souflé de mariscos, quesos finos con vegetales, filete de res y postre, que llegaron a las mesas según el apetito de los donantes: a los 15 minutos ya se servía el tercer plato.

Fue entonces cuando Martinelli abandonó el salón, despreocupado de lo que se ventila en tribunales italianos.

Antes de su partida, rumbo al elevador, fue abordado por el superintendente de Valores, Alejandro Abood.

Arias se quedó hablando con los periodistas; con la actitud de quien por anticipado se siente ganador.

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