Análisis

Las primarias del Partido Revolucionario Democrático

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La partidocracia panameña tiene fecha de cumpleaños. Cuarenta años atrás, mediante la Ley #81 de 5 de octubre de 1978, el régimen militar reglamentó los partidos políticos (que esa misma dictadura había disuelto en 1969 mediante su decreto de gabinete #58). Meses más tarde surgió el PRD, reconocido el 3 de octubre de 1979, el miembro más populoso y de mayor continuidad de esa partidocracia.

Durante poco más de una década, el sistema de partidos creció a la sombra de la dictadura, aportándole materia prima para llenar vacantes en la Asamblea Legislativa, los consejos municipales y la administración pública, aunque siempre bajo el control y supervisión de la cúpula militar. En diciembre de 1989, la invasión estadounidense liberó del yugo castrense a los partidos. Desde entonces, mangonean la política istmeña, recurriendo para ello a las triquiñuelas y vicios aprendidos y perfeccionados durante el período autoritario.

Ninguno es más experto en estas “artes” que el PRD. Paradójicamente, en democracia, cuando esperaríamos mayor transparencia y rectitud en el manejo de la cosa pública, el clientelismo y la corrupción, aliados incondicionales, no solo se han mantenido vigentes como los vehículos más efectivos de la partidocracia, antes bien, han alcanzado proporciones escandalosas.

Este marco más amplio permite entender mejor los costosos ejercicios conocidos como “primarias”, en que suele triunfar la candidatura que más dinero invierte en la “movilización” de votantes. Esta mala copia de una práctica estadounidense se aplicó en Panamá por primera vez en 1998 (veinte años atrás), siendo presidente Ernesto Pérez Balladares.

En vez de promover la democratización de los partidos, las primarias han fomentado una mayor mercantilización de la política y el enquistamiento de la plutocracia. Como quedó claro el domingo, nadie que no tenga acceso a millonarios recursos puede ser candidato en Panamá, mucho menos llegar a la presidencia de la República. Triste circunstancia para la democracia.

El 16 de septiembre triunfó el candidato de una dirigencia con posibilidades de acceder a recursos monetarios —incluyendo partidas circuitales y planillas brujas— para politiquear. Aunque sus contrincantes más cercanos también estaban comprometidos con la partidocracia, el crudo populismo de una y el arrogante autoritarismo de otro hicieron que los mandamases del PRD se inclinaran por Laurentino Cortizo, más avenido que ellos a los modos de la política tradicional.

La candidatura de Cortizo surge, entonces, muy comprometida con los dirigentes y financiadores que lo respaldan, lo cual le hará difícil satisfacerlos tanto a ellos como a una ciudadanía a la que le ha prometido rendición de cuentas y transparencia. Su capacidad de respuesta será aún más puesta a prueba cuando tenga que pactar alianzas políticas con otros partidos en el afán por llegar a la presidencia. Porque, como es importante recordar, solo en alianza es que los partidos panameños llegan a la presidencia. Sin aliados no se alcanza el anhelado objetivo, como lo comprobó el PRD en 2014.

El autor es abogado y politólogo.

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