CARNAVAL. LA VIOLENCIA URBANA ACABÓ CON la farsa.

El rey Momo no volvió a Colón

Era un domingo en el que se respiraba el encanto de la farsa y la fantasía, y en cada esquina se escuchaba el ritmo afrocaribeño de los congos y de comparsas.

Catalina se persignó cuando el sacerdote le estampó el mágico signo de la cruz en la frente durante la misa del Miércoles de Ceniza para recordarle que del polvo había venido y al polvo volvería algún día.

Esa señal también le recordaba que la fiesta de la carne había terminado y que llegaba el tiempo de la reflexión y la conversión espiritual.

Como buena católica, volvió lentamente a su banca en la catedral de San José. Tenía ya 83 años y a su edad el gusanito del jolgorio que el rey Momo había infundido con frenesí, sobre todo en los jóvenes, ya no le inspiraba una parranda ni una amanecida.

Entonces vio por la puerta entreabierta del templo cómo a un diablito de Portobelo, que había venido a su bautismo, se lo llevaban preso y por “la relinga”, unos policías vestidos de verde olivo.

La razón era su desobediencia a la ordenanza de la Alcaldía de Colón, de no salir disfrazado, conforme a la tradición de sus abuelos.

Fue como un chispazo de recuerdos para Catalina. Por unos minutos le vinieron a la memoria aquellas imágenes felices de cuando conoció a Johnny, el infante de marina del cual se enamoró un Domingo de Carnavalito en Colón, luego de que su barco atracó en Cristóbal, proveniente de Corea, donde Estados Unidos intervenía una vez más en una cruenta guerra que nadie ganaría.

“Sí, ese sí fue un carnavalito, valió la pena, pues gocé de lo lindo y también me enamoré”, se decía a sí misma en el silencio de su recuerdo.

Tradición

Hoy son muchos los colonenses que con nostalgia recuerdan el tradicional Domingo de Carnavalito en Colón, celebración que desde la década de 1950 se instituyó en esta provincia, pero que luego de 40 años mermaría hasta desaparecer.

Era un domingo en el que se respiraba el encanto de la farsa y la fantasía, y en cada esquina se escuchaba el ritmo afrocaribeño de los congos y de comparsas como Los Crispines, Campesinos, Brasileños, Jibaritos y otras.

De repente, un alarido se dejaba oír, de alguna jovencita asustada por el hombre iguana, el King Kong, Frankestein, la Momia, Drácula y otros personajes disfrazados, cada uno más horripilante que el otro, quienes contrastaban con las reinas que agitaban alegres sus manos desde las carrozas.

La gente iba de un lado a otro para ultimar los detalles de sus atuendos y disfraces. Otros abarrotaban los almacenes de géneros y las tintorerías para estar, como se decía antes, “bien pretty”.

En tanto, otros instalaban puestos de venta de bebidas, carne en palito y platillos atrayentes como el pescado en escabeche, ´saus´, arroz con coco, tortas de bacalao y el famoso one pack (arroz con coco, trozos de rabito de cerdo, camaroncitos secos y bacalao) que deleitaban a propios y visitantes.

Alegría que se fue

Para Gumercinda Romero, una anciana colonense de 83 años, el carnavalito era el cierre oficial del Carnaval celebrado en la capital.

La gente venía de distintas provincias y del extranjero, ansiosa, a celebrar las últimas mieles del reventón de la farsa hasta que saliera el sol. Era una celebración de lujo, esplendor y alegría.

Después del desfile, el público se iba a los llamados toldos y discotecas en calle primera, cerca al mar y “todo era diversión sana y alegría, nada de violencia, pues nadie osaba empañar el goce de ese último día, Domingo de Carnavalito”.

Carnavalito se instauró en 1952

En la última entrevista que ofreció antes de morir, Francisco Villamil, uno de los 300 integrantes de la comparsa Los Guaracheros, relató que además de fundar la primera Junta de Carnaval en Colón, en 1945, promovió la creación del carnavalito en 1952. Gracias a su iniciativa, entusiasmo y capacidad organizativa, logró que se instaurara esta celebración como punto final de la fiesta del rey Momo.

Villamil solicitó al entonces gobernador, José María González, el paseo de la reina Jeaneth primera, durante el día, desfile que finalizaba cerca de las 11:00 p.m.

Su petición sustentaba que para que la reina fuera bien apreciada por los espectadores, la soberana debía lucir su atuendo durante las horas del día, presidiendo el desfile de las comparsas y carros alegóricos ese soleado domingo. Desde entonces Colón celebraba en grande el carnavalito.

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