TRADICIÓN. UN HOMBRE QUE por 50 años preparó el barro PARA CASAS.

El romancero de la quincha

Callado y laborioso, desde niño Adolfo Gracia aprendió a hacer muebles, a elaborar la quincha y las tejas para edificar casas cómodas y seguras.

En los últimos meses la identidad panameña ha perdido importantes figuras que desde diversas facetas dieron sus aportes al desarrollo de la nacionalidad. Una de ellas es Adolfo Gracia, que por más de medio siglo se dedicó a la construcción de casas de quincha en la península de Azuero.

Gracia, que murió hace unos días a la edad de 94 años, residió en la comunidad de El Alcarreto, corregimiento de Corozal, distrito de Macaracas, y hoy se suma a valiosas figuras como el mejoranero Gabriel Villarreal, la cantante Catalina Carrasco, el poeta Carlos Francisco Changmarín, el sonidista Adrián Solís y el escritor Edgardo De León Madariaga, que, antes de su último adiós, dejaron su impronta en los caminos de la patria.

Un campesino callado y dedicado por entero a su trabajo, comenzó empíricamente desde niño a incursionar en la carpintería de muebles, haciendo taburetes, camas y partes de la estructura de una casa de quincha.

Luego, a finales de la década de 1930, con las pocas herramientas en su haber, además de laborar en la edificación de la casa de barro, aprendió a preparar el barro para tejas y paredes.

Con su intuición como guía exploró distintos suelos para descubrir el área apta para la confección de tejas. Encontró sitios a los que se llevaban cantidades de estiércol de caballo que se pulverizaban con la tierra desmenuzada, para luego mezclarlos con agua.

De esta combinación, Adolfo y otros más lograban obtener el barro resistente para las tejas que se elaboraban mediante un molde que llamaron galápago por su forma ovalada.

Para lograr tejas resistentes las sometían al horno por tres días, donde adquirían el temple y la resistencia.

Todas estas experiencias superó Gracia para que las familias de la época pudieran disfrutar de una habitación más cómoda y segura, mientras desaparecían los ranchos cobijados con cogollos de caña de azúcar.

Poco a poco aprendió todo el proceso de levantar una casa de barro, mientras trabajaba en la industria de la teja.

Así, serraba diversas especies de madera para moldear la cadena, tiras, vergüenzas, enfaldas, pilares, puertas e hileras (trozos de madera de diferentes diámetros) con que se paraba la estructura de la casa, a la que luego se le adosarían las paredes.

En el monte buscaba varas delgadas de madroño y bejuco colorado para enjaular o montar el esqueleto, y al terminar esta etapa picaba la paja que se mezclaba con la tierra triturada y arcillosa, para obtener el barro adecuado para las paredes.

Este panameño dedicó la mayor parte de su vida a construir este tipo de edificación tradicional, que a mediados de la década de 1970 fue desapareciendo con la introducción de las viviendas de concreto.

Hoy, las casas de barro o quincha han pasado a ser un patrimonio del folclore de ferias y festivales como una reliquia de un tiempo que pasó, aunque allá en los llanos lejanos y en la montaña todavía los pobres practican el arte de Adolfo Gracia.

Fue un lujo para el campesino

La casa de quincha, que por más de un siglo fue la residencia de lujo del campesino de Azuero, hoy ocupa un retazo del folclore nacional, luego de ser reemplazada por las nuevas edificaciones de bloque, cemento y arena en los pueblos de Herrera y Los Santos.

Tras el exterminio de los nativos de la región, los primeros campesinos vivieron en ranchos cobijados con cogollo de caña de azúcar y pencas de palma, mientras que las paredes las levanta- ban con varitas. Más tarde, con la llegada de comerciantes españoles a la zona, se introduce el hacha, la coa, el cepillo, el serrote y el serrucho, herramientas que sirvieron para trasformar las viviendas de la época. La centuria que va entre 1860 y 1960 fue el período en que proliferó este tipo de edificación, pues el 90% de las viviendas era de quincha. El resto seguiría siendo ranchos.

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