POBLACIÓN

El rostro del fin de mundo

La comunidad de Bajo Chiquito, en la comarca Emberá Wounaan, es el último pueblo hacia la zona oriental de Panamá, y el más cercano a la frontera con la vecina Colombia.

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La comunidad de Bajo Chiquito, una aldea indígena de unas 300 personas, es el sitio poblado más cercano a la frontera con Colombia, por donde ingresan los migrantes a Panamá. Alexander Arosemena La comunidad de Bajo Chiquito, una aldea indígena de unas 300 personas, es el sitio poblado más cercano a la frontera con Colombia, por donde ingresan los migrantes a Panamá. Alexander Arosemena
La comunidad de Bajo Chiquito, una aldea indígena de unas 300 personas, es el sitio poblado más cercano a la frontera con Colombia, por donde ingresan los migrantes a Panamá. Alexander Arosemena

Si el fin del mundo estuviera en Panamá, ese sería Bajo Chiquito, un inhóspito poblado indígena en la comarca Emberá Wounaan. Ni los mapas hacen referencia a su existencia en el país.

Para descubrirlo hay que llegar al corregimiento de Metetí, en Darién, y luego abordar una embarcación (piragua) en el puerto conocido como La Peñita, a orillas del bravío río Chucunaque. Una vez sobre esa corriente de agua, hay que tomar un desvío por el caudaloso río Turquesa, y tras cuatro horas de navegación aparece el pequeño caserío emberá.

“En comunidades distantes del país, como Bajo Chiquito, tratamos de mantener la paz y ganarnos la confianza de la población civil”.

Eric Estrada Director del Senafront.

Allí el Estado tiene poca presencia y la aplicación de las leyes muchas veces depende del sentido común del líder indígena del lugar, conocido como nokó (en lengua emberá), quien vela por la convivencia y la conservación de las tradiciones. Aunque una pequeña trinchera, con algunos agentes del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) y un viejo y deteriorado puesto de salud, recuerdan que las instituciones públicas son algo real.

Bajo Chiquito forma parte de un corregimiento llamado Lajas Blancas, dentro de Cémaco, el noveno distrito más pobre de todo Panamá, según el mapa de pobreza elaborado por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF).

En Lajas Blancas viven 4 mil 532 personas y el 82.5% (3 mil 739) vive en pobreza general. El ingreso per cápita promedio al mes es de $78, una cifra baja, incluso para satisfacer necesidades básicas. En el lado contrario está, por ejemplo, el corregimiento de Bella Vista, del distrito de Panamá –uno de los que registra menor pobreza o desigualdades–, donde el ingreso per cápita es de $995 al mes.

En medio de la escasez que rodea a Bajo Chiquito, sus pobladores basan su economía en la agricultura, búsqueda artesanal de oro y venta de madera. De hecho, su gran refugio es el Parque Nacional Darién, quizás la selva más valiosa de Centroamérica .

Su amado río

Los emberá han convertido al río Turquesa en su gran aliado. Es su fuente de alimentación, porque los provee de peces, y es su vía de transporte y comunicación con la civilización. Hay una relación que va más allá de lo común, que raya en lo espiritual.

Una de sus leyendas cuenta que de la madre tierra –papá Egoró para los emberá– proviene el agua de los ríos, la cual es “fuente de vida” para ellos.

Orange Ají, segundo nokó de Bajo Chiquito, da cuenta de este estrecho lazo: “los niños emberás casi nacen nadando en el río”. Solo hay que recorrer unos cuantos minutos por este afluente para ver cómo los niños de entre dos y tres años de edad ya son diestros nadadores.

Su dieta a base del plátano y sus tradicionales casas de tambo (sobre pilotes de madera) se mantienen intactas. No hay energía eléctrica y lo más cercano a eso es una planta que funciona a base de combustible.

El Municipio de Cémaco ha hecho algunos intentos por llevar algo de desarrollo al lugar, pero ha sido imposible. En cinco ocasiones, entre 2018 y 2019, ha publicado licitaciones por $71 mil para el desarrollo del alumbrado público de la comunidad, y en cada una de esas convocatorias se quedó esperando por algún proponente.

El portal Panamá Compra también detalla que en 2015 se compraron materiales para el deteriorado puesto de salud de Bajo Chiquito, por mil 638 dólares, y en 2012 se adquirieron 10 pares de lentes para niños de la comunidad, por $321. Aparte de estas gestiones, no hay más rastro de proyectos o inversiones públicas para este lugar.

En la entrada del poblado hay un pequeño letrero que le da la bienvenida a los visitantes. Alexander Arosemena Expandir Imagen
En la entrada del poblado hay un pequeño letrero que le da la bienvenida a los visitantes. Alexander Arosemena

Quien conoce muy bien la esencia de Bajo Chiquito es Ercio Tunay, emberá y jefe de la Defensoría del Pueblo en esa comarca.

El funcionario manifiesta que uno de los principales problemas de la comunidad es la falta de medicinas para afrontar enfermedades gastrointestinales (como vómito y diarrea) por la insalubridad del agua, así como para las infecciones en la piel, propias de un área selvática.

“Este lugar es una de las 29 comunidades de la comarca Emberá y podría ser el fin del mundo. Está en la nada y cerca de la frontera con Colombia, aunque eso no quiere decir que hay población cercana del lado de Suramérica”, asegura.

Algo que rescata Tunay es que algunas familias de Bajo Chiquito mantienen su costumbre de creer en Arcore, una especie de deidad a la cual recurren en momentos difíciles, por las mañanas y las tardes. Se cuenta que antes de subir al cielo, Arcore convirtió a su mujer en lechuza como castigo por haberle sido infiel.

Además, las viviendas de tambo se hacen sobre pilotes porque la parte alta representa el cielo, donde vive ahora su gran deidad.

Los nuevos pecados

En Bajo Chiquito, en pocas ocasiones hay arrestos. De hecho, Tunay no recuerda uno en los últimos 20 años. Lo más cercano a un crimen para este pueblo es la infidelidad, que califican como un “pecado”, o uno que otro problema doméstico entre miembros de la comunidad.

No obstante, aún no salen del asombro cuando, el pasado mes, dos jóvenes emberás que decidieron viajar a la ciudad de Panamá, específicamente a Santa Ana, en busca de mejores oportunidades, se desviaron de su camino. Los chicos se integraron a pandillas y volvieron a Bajo Chiquito para cometer sus fechorías. Allí aprovecharon el flujo migratorio que se da por el tapón de Darién para, cobijados bajo una capucha y armados con pistolas, robar y herir a migrantes.

Esta historia fue confirmada por el director del Senafront, Eric Estrada, quien dijo que los dos jóvenes ya fueron arrestados.

Tras estos hechos, la calma volvió a Bajo Chiquito, el poblado de Panamá más cercano a Colombia, donde el tiempo se detuvo y las personas todavía tienen una conexión casi mística con su río, el Turquesa.

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