EL PRESENTE DE LAS ÁREAS REVERTIDAS

Un edén ruinoso (o crónicas de la antigua Zona del Canal)

El paraíso terrenal que fueron los territorios cercanos al paso canalero hoy se debate entre negociado y abandono.

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Detrás de las obras del nuevo centro de convenciones de Amador aparecen algunas estructuras de la Zona del Canal que han sido abandonadas. Detrás de las obras del nuevo centro de convenciones de Amador aparecen algunas estructuras de la Zona del Canal que han sido abandonadas.

Detrás de las obras del nuevo centro de convenciones de Amador aparecen algunas estructuras de la Zona del Canal que han sido abandonadas. Foto por: LA PRENSA/Alexander Arosemena

El hospital de Howard parece una postal apocalíptica y tenebrosa. Todavía quedan las huellas y los dibujos del ala pediátrica del lugar. El hospital de Howard parece una postal apocalíptica y tenebrosa. Todavía quedan las huellas y los dibujos del ala pediátrica del lugar.

El hospital de Howard parece una postal apocalíptica y tenebrosa. Todavía quedan las huellas y los dibujos del ala pediátrica del lugar. Foto por: LA PRENSA/Alexander Arosemena

El teatro del antiguo fuerte Davis, en Colón, aún conserva su cúpula. En su interior hay vidrios rotos, charcos, basura, mugre, y murciélagos. El teatro del antiguo fuerte Davis, en Colón, aún conserva su cúpula. En su interior hay vidrios rotos, charcos, basura, mugre, y murciélagos.

El teatro del antiguo fuerte Davis, en Colón, aún conserva su cúpula. En su interior hay vidrios rotos, charcos, basura, mugre, y murciélagos. Foto por: LA PRENSA/Alexander Arosemena

Varios de los consultados para esta nota recordaron con emoción el antiguo complejo deportivo de Coco Solo, que hoy es un patio de contenedores. Varios de los consultados para esta nota recordaron con emoción el antiguo complejo deportivo de Coco Solo, que hoy es un patio de contenedores.

Varios de los consultados para esta nota recordaron con emoción el antiguo complejo deportivo de Coco Solo, que hoy es un patio de contenedores. Foto por: LA PRENSA/Alexander Arosemena

La historia se cae a pedazos. Lo que fue el hospital de Howard, otrora base aérea militar estadounidense y una de las más importantes de América Latina, ahora es tan solo una postal apocalíptica. Puertas derribadas, cielos rasos en el piso, vidrios rotos y paredes picadas.

Pero todavía se mantiene firme: sin derrumbes estructurales; el techo luce fuerte y aún el espejo convexo del pasillo principal refleja con nitidez, pese a la poca luz que llega desde afuera.

Si un visitante apareciera allí sin ningún tipo de contexto de aquella Zona del Canal, pensaría que se trata de un pueblo abandonado hace unos días. Más aún por la yerba de alrededor, cortada recientemente. El sitio produce escalofríos, como si en algún momento pudiese aparecer un paciente de cualquier experimento químico.

El robusto edificio ubicado en la cima de una colina desde la que pueden contemplarse las riberas canaleras, es solo una de las tantas estructuras rezagadas en el periodo de reversión de la extinta ‘Zona’.

Los edificios que antes albergaron a la Escuela de las Américas, centro de formación de dictadores latinoamericanos, hoy funcionan como un hotel. Expandir Imagen
Los edificios que antes albergaron a la Escuela de las Américas, centro de formación de dictadores latinoamericanos, hoy funcionan como un hotel.

Hasta hace algunos años allí funcionaba la base aérea estadounidense de Howard. Con el proceso de reversión, el área cambió hasta de nombre: Panamá Pacífico. Fue dado en concesión y una compañía británica dispuso del lugar para el desarrollo de multinacionales, centros de innovación y costosos apartamentos.

Poco queda del diseño de los estadounidenses. Si acaso, unas cuantas casas vacías, la pista para aviones y las escuelas que, si bien siguen funcionando como centros educativos, están ahora en manos privadas. La soberanía es un negocio redondo.

PARAÍSO EN EL ISTMO

Panamá fue punto de paso desde la época colonial. Por eso Francia, primero, y Estados Unidos, después, eligieron el istmo para un canal interoceánico. Los norteamericanos inauguraron la obra en 1914. Y con ella un estilo de vida.

En la construcción del Canal, el Gobierno estadounidense recibió 8 kilómetros de cada lado de la franja para su administración y su defensa. Era un área restringida para los panameños. En términos prácticos, un pedazo estadounidense del Atlántico al Pacífico panameño.

La Zona del Canal era un lugar utópico. En ella se mezclaban los civiles que administraban el proyecto con los militares que lo defendían. Los principales asentamientos estaban en la entrada y salida del Canal y colindaban con las ciudades de Panamá y Colón. Cada uno de ellos, fuesen civiles o militares, incluían escuelas, hospitales, centros deportivos, iglesias, supermercados, teatros, cines, parques. Sus habitantes, los “zonians”, recibían jugosos salarios que casi no gastaban ya que el Estado les abastecía sus principales necesidades. Eran lugares seguros, baratos, autosuficientes y en medio de un clima tropical.

El enclave se convirtió poco a poco en un asunto de Estado. Tras incontables protestas -la más importante el 9 de enero de 1964- Estados Unidos accedió a devolver la franja de forma paulatina desde 1979 hasta 1999, cuando todo el proyecto interoceánico sería enteramente administrado por primera vez por Panamá.

El Estado istmeño fue recibiendo asentamientos, casas, escuelas, iglesias, centros deportivos, teatros, supermercados, cines, fábricas. Una ley de 1997 creó un plan para la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI) -entidad a cargo de esta reversión- para optimizar el uso de los nuevos territorios.

La mayoría de los planes de integración consistían en desarrollar negocios e inversiones en la extinta Zona del Canal. Y fomentar la repartición de bienes raíces en las áreas de viviendas. Pero no se aplicó en todos los aspectos. Al menos así lo exhiben las estructuras deterioradas a lo largo de la franja.

TRANSFORMACIONES

En las faldas del cerro Ancón, ícono de la lucha por la soberanía, operó durante décadas el Hospital Gorgas. Para los franceses sirvió como un incipiente paliativo ante la fiebre amarilla y la malaria. En la época de los estadounidenses se constituyó en un importante centro de investigación médica.

Hasta 1999. El gobierno panameñista de Mireya Moscoso decidió que una parte del complejo funcionaría como instituto oncológico, y el resto se convertiría en sede del Ministerio de Salud, en morgue y en el edificio de la Corte Suprema de Justicia. De salvar vidas a condenarlas.

No es el único caso de transformación absoluta en las estructuras canaleras. En Balboa, convertirán en supermercado lo que en su momento fue el YMCA, un centro recreativo con piscina.

Gran parte del pueblo de Gatún ya desapareció. La mayoría de sus casas fueron destruidas para dar paso al cemento que hoy forma parte de las nuevas esclusas. Expandir Imagen
Gran parte del pueblo de Gatún ya desapareció. La mayoría de sus casas fueron destruidas para dar paso al cemento que hoy forma parte de las nuevas esclusas. LA PRENSA/Alexander Arosemena

El antiguo hospital para pacientes siquiátricos de Los Ríos es ahora la sede del Ministerio de Educación. Una lavandería en Ancón se convirtió en una oficina de la Dirección de Investigación Judicial. Cientos de casas son oficinas y cientos de oficinas son casas. La mayoría de las escuelas públicas norteamericanas se volvieron escuelas privadas panameñas.

El urbanista Álvaro Uribe asegura que si Panamá le diera importancia a su educación, esos planteles podrían haberse convertido en centros de excelencia académica. Si los alumnos vivían lejos, podían vivir en las casas que rodeaban las escuelas. “No nos interesa la educación. Hemos dejado que la privaticen”, dice.

Colón fue la excepción, en el antiguo Fuerte Davis. La escuela estadounidense se otorgó al Instituto para la Formación y Aprovechamiento de Recursos Humanos. Esta entidad la acondicionó como internado de los estudiantes de la costa abajo mientras estudian en los colegios públicos cercanos.

El caso más representativo de transformaciones canaleras, sin embargo, también está en Colón. La cárcel de Nueva Esperanza es una estructura que parece un granero de cemento, con ventanas diminutas al frente y al costado y unos espacios más abiertos cerca del techo. Es un lugar tétrico, azuzado por el sobrevuelo de gallinazos y donde se escuchan a los reclusos que rezan. En la administración estadounidense era una lavandería industrial. Hoy alberga a poco más de mil reclusos. A simple vista da la impresión de violar los derechos humanos de forma más cruel que cualquier cepo.

La cárcel de Nueva Esperanza, en Colón, es un lugar tétrico en el que conviven poco más de mil reclusos. En la época de la Zona del Canal, fue una lavandería industrial. Expandir Imagen
La cárcel de Nueva Esperanza, en Colón, es un lugar tétrico en el que conviven poco más de mil reclusos. En la época de la Zona del Canal, fue una lavandería industrial. LA PRENSA/Alexander Arosemena

SIN CONTROL

Charlotte Elton fundó la Asociación Centro de Estudios y Acción Social Panameño. Del proceso de reversión recuerda dos anécdotas. La primera, cuando revirtió el Fuerte Sherman de Colón. Dice que la ARI -opera hoy bajo el Ministerio de Economía y Finanzas con el nombre de Unidad Administrativa de Bienes Revertidos- tomó control parcial del lugar. “Parcial”, porque apenas si tenían las llaves de algunas oficinas. Elton, en ese entonces entrenaba guardaparques en Sherman, debió ir hasta Panamá a buscar las llaves de toda la base. Estaban en una caja de zapatos.

La segunda anécdota de Elton sucedió años después de la reversión, cuando ocupó una oficina en una de las áreas revertidas. Al llegar, el aire acondicionado estaba encendido. Así había permanecido desde que los estadounidenses abandonaron el país. Como ese caso, hubo varios más, asegura.

Los recuerdos de Elton evidencian las fallas en las políticas administrativas sobre la antigua Zona del Canal.

Lo reafirma Carlos Gordón, analista en planificación urbana, quien ha desarrollado una comparación cartográfica de la Zona del Canal desde su nacimiento hasta su reversión. La utilización de estas áreas, sostiene, ha sido desordenada. “El plan de la ARI es muy macro y no definió bien la distribución de viviendas. Por ejemplo: en Loma Cová se ha permitido una ocupación desordenada y sin planificación”, acusa.

“Todavía no sabemos qué vamos a hacer con Albrook, con Corozal, con Diablo. Hay planes de expansión portuaria, pero no se trazó un plan a futuro”, dice.

Gordón añade que el sector inmobiliario en aquellas áreas se convirtió en una rebatiña de bienes raíces. Lo que no quedó en manos de corporaciones para su venta y explotación, se oferta con precios altos o sin las remodelaciones apropiadas. Sin embargo, no mencionó las decisiones políticas. Nada dijo de varias figuras del Partido Revolucionario Democrático, quienes pudieron comprar casas durante el gobierno de Ernesto Pérez Balladares sin ir a licitación.

El urbanista Uribe cree que, por otro lado, la incorporación de estas áreas ha sido relativamente exitosa. “Fue un paquete muy grande el que recibió un Estado con estructura crítica, como lo fueron los gobiernos después de la invasión. Se recibieron estructuras viejas y en malas condiciones y se necesitaba un presupuesto millonario para acondicionarlas. La Zona del Canal era un modelo económico socialista, en el que el Estado proveía todo, y mantener eso era difícil”, asegura.

Pese a su estado de abandono, el hospital de Howard todavía se mantiene firme. En su pasillo principal todavía el espejo convexo muestra reflejos nítidos. Expandir Imagen
Pese a su estado de abandono, el hospital de Howard todavía se mantiene firme. En su pasillo principal todavía el espejo convexo muestra reflejos nítidos. LA PRENSA/Alexander Arosemena

El ingeniero Orlando Acosta, especialista en temas ambientales y desarrollo sostenible, lo pone de otra forma: “el ejercicio en urbanismo que se dio en la antigua Zona del Canal no ha tenido referente en otro lugar. Lo que tenemos como patrimonio urbanístico es único y no hemos podido reconocerlos como tal”.

Y pone de ejemplo la antigua Escuela de las América, un lugar que utilizó el Ejército estadounidense para formar militares con potencial de convertirse en dictadores latinoamericanos. Una especie de colegio “gorilista”. En vez de recibirlo y convertirlo en un museo sobre el significado de la Zona del Canal en Panamá, el Estado istmeño prefirió darlo en concesión para que sirviera de hotel.

Como esa, muchas otras estructuras con significado histórico pasan hoy inadvertidas: los búnkeres de cerro Ancón, los de Sherman y Davis; las baterías cercanas al fuerte San Lorenzo, o las próximas al antiguo Coco Solo. Allí funciona una empresa de contenedores. Instaló una cerca y prohíbe el paso.

La Unidad Administrativa de Bienes Revertidos, cuyas oficinas funcionan en lo que antes fueron casas, prefirió no conceder una entrevista. Tampoco facilitó un mapa que cuelga en la recepción y que muestra con sencillez las segmentaciones de estas tierras.

Quizás el sector cuyo desarrollo ha sido realmente orientado al bien común es la Ciudad del Saber, ubicada sobre lo que antes era la base de Clayton. En ella funcionan oenegés internacionales, empresas tecnológicas y de innovación, entrenamientos técnicos, teatros, espacios deportivos, viviendas, colegios privados, centros de esparcimientos y de intercambio cultural.

Uribe lo describe así: “la Ciudad del Saber es una de las mejores ideas. Un lugar que sirvió para dominar países, es ahora un centro de investigación y de aprendizaje. Devuelve a la sociedad algo de lo que se le quitó”.

Salvo este paréntesis, hay poco interés por revitalizar la historia canalera, de acuerdo con una reflexión del arquitecto Eduardo Tejeira Davis en un ensayo sobre estas áreas. “Quizás falta aún una ‘masa crítica’ de gente interesada genuinamente por el legado colonial estadounidense. Si bien hay grupos de elite que sienten nostalgia por la antigua Zona del Canal, otros no olvidan que la sociedad zoneíta se fundamentaba en la desigualdad y en la segregación. Hay quienes llegan al extremo, es más, de ver la conservación de los bosques del área canalera como una perpetuación del plan de Goethals y, por ende, del colonialismo”.

DESTRUCCIÓN Y RUINA

El Instituto Panameño de Deportes anunció hace cuatro años que construiría una ciudad deportiva en Colón. El lugar escogido fue el antiguo fuerte Davis, muy cerca de las esclusas de Gatún. La zona de construcción era una llanura de seis hectáreas en medio de casas y antiguas bases militares. Los vecinos se oponían por ser una zona residencial. Surgieron disputas entre las partes y al final no se hizo nada. Los terrenos siguen desocupados y se utilizan para entrenar estudiantes policiales.

Colón, sin embargo, tuvo un complejo deportivo muy cerca de su centro. Estaba en el viejo Coco Solo e incluía canchas de baloncesto, tenis, fútbol, piscina, gimnasio y otras facilidades. Quienes recuerdan el lugar, lo hacen con cariño.

Donde hubo deporte ahora hay contenedores. Miles y miles de contenedores de la terminal de Manzanillo se amontonan unos sobre otros. Las empresas ocupantes de estos terrenos demolieron cualquier rastro de aquel asentamiento.

No es una situación única. El puerto de Balboa fue concesionado a Panamá Ports en 1997. Para su crecimiento, la empresa destruyó los famosos “siete cuadros”. Consistían en canchas de béisbol pegadas en las que entrenaban semanalmente cientos de personas. Su destrucción llegó con la promesa de reemplazarse en algún otro lugar. Pero nunca ocurrió.

En Amador, un sitio con fuerte desarrollo turístico, hay decenas de casas abandonadas y ruinosas. También un teatro arruinado.

En Amador, un área de gran impulso turístico, existen casas que fueron dejadas al abandono tras su devolución por el Gobierno estadounidense. Expandir Imagen
En Amador, un área de gran impulso turístico, existen casas que fueron dejadas al abandono tras su devolución por el Gobierno estadounidense. LA PRENSA/Alexander Arosemena

Precisamente, la falta de entramados culturales es una de las constantes quejas de los promotores de las artes. Aducen poca política pública. Lo que desconocen es que teatros hay, pero se pudren. El de Amador es quizás el más cercano, pero en el antiguo fuerte Davis hay otro con una cúpula y entrada de madera a punto de derrumbarse. En el escenario hay charcos de agua, grafitis y murciélagos. En el desaparecido fuerte Sherman otro teatro: su parte frontal muestra un colorido grafiti y cuyas puertas están encadenadas.

En el antiguo fuerte Gulick, hoy conocido como Espinar, todavía hay vestigios de los lugares que los ‘zonians’ utilizaban para su esparcimiento. Expandir Imagen
En el antiguo fuerte Gulick, hoy conocido como Espinar, todavía hay vestigios de los lugares que los ‘zonians’ utilizaban para su esparcimiento.

En el antiguo fuerte Gulick aparece otro teatro próximo a caerse. Al frente, un edificio que en algún momentos sirvió para jugar bolos. Todavía tiene los letreros que lo anuncian, pero adentro huele a humedad y solo queda un pino valiente, como esperando el final de su historia.

Son decenas de lugares que en algún momento sirvieron para el entretenimiento cultural de sus comunidades, pero ahora albergan animales y basura.

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