URUGUAY. eL LEGADO DE PEPE MUJICA

Un señor austero

El ya expresidente uruguayo se va a su casa como llegó: sencillo, pobre, alegre. Su estilo, su discurso, su ejemplo, van a ser difíciles de igualar.

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Mujica deja un fuerte legado simbólico, aunque también, tareas pendientes Mujica deja un fuerte legado simbólico, aunque también, tareas pendientes
Mujica deja un fuerte legado simbólico, aunque también, tareas pendientes

Ni la formidable fortuna de aquel jeque petrolero que quiso comprarle el viejo Volskwagen escarabajo en el que se ha acostumbrado a ir y venir logró tentarlo.

Casi podría decirse que la oferta, un reto para el magnate arábigo, fue una especie de ofensa para el uruguayo.

“No se vende”, dijo. El carro es la extensión del hombre. Un símbolo. Un símil. En este caso, despojado de todo alarde machista o de falsa sabiduría popular, no puede ser más cierto. No se vende.

Ya nadie a estas alturas puede atreverse a negarlo.

Uruguay, claro, no es el paraíso. No lo era antes. No lo es ahora. Pero Pepe Mujica hizo pensar a propios y a extraños que era posible rasguñar la quimera.

José Pepe Mujica, casi llegando a los 80 años de edad, ha dejado el poder, tras una presidencia de cinco años no exenta de altibajos y retos, pero a la que aplicó su inmenso carisma. El viernes pronunció su último discurso, antes de volver a casa.

“Querido pueblo, gracias por tus abrazos, críticas, cariño y, sobre todo, gracias por tu hondo compañerismo cada una de las veces que me sentí solo en el medio de la Presidencia. No dudes que si tuviera dos vidas las gastaría enteras para ayudar a tus luchas, porque es la forma más grandiosa de querer la vida que he podido encontrar a lo largo de mis casi 80 años”, dijo Mujica.

Fue una emotiva ceremonia que tuvo lugar en la Plaza de la Independencia de Montevideo.

Un acto que ya es tradición y donde el presidente saliente le entrega la bandera del país al presidente entrante, en este caso Tabaré Vázquez, que repite luego de haber sido a su vez sucedido por Mujica.

La plaza estaba abarrotada de gente, que acompañó al Presidente hasta la municipalidad, donde este ofreció una conferencia.

Vázquez asumió el domingo formalmente el puesto de Presidente de Uruguay, pero la tarde del viernes fue toda para Mujica, pese a la presencia allí también del nuevo mandatario.

El antiguo guerrillero, miembro del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, llegó al poder en un continente inmerso en movimientos que enarbolaban la bandera de las reivindicaciones sociales, frente a la repulsa provocada por las reformas neoliberales.

Muchos de estos gobiernos, tildados de populistas, generaban (generan) controversias por sus resultados y por las fuertes tensiones que se producen en su seno, a la luz de sus respectivas y cuestionadas gestiones.

Mujica simpatizó sin ambages con los líderes de estas naciones: con el venezolano Hugo Chávez; con su vecina argentina Cristina Fernández; con su otra vecina, la brasileña Dilma Rousseff, a quien lo une también el pasado insurgente común; con Evo Morales, en Bolivia.

Pero Mujica siempre enfatizó que el proceso de cada país era diferente.

De Fidel Castro, cuya revolución admira, ha señalado igual criterio. Una receta para cada país en cada época.

Según BBC Mundo, que recogió la semana pasada sus frases más célebres, Mujica reconoce que no todo está hecho “y suele poner como ejemplo la falta de infraestructuras modernas, el deterioro de la educación o el aumento de la inseguridad en su lista de pendientes”.

Sus medidas audaces no estuvieron exentas de controversia.

Tres temas en particular lo enfrentaron a la Iglesia católica, que aunque menos determinante que en otros países latinoamericanos, aún ostenta tradición y arraigo en Uruguay. Estos fueron la legalización del aborto y del consumo de la marihuana.

En este último Mujica ha argumentado que su decisión tuvo que ver con su deseo de sacar este negocio de las garras de los narcotraficantes y, con regulaciones, cuotas y registros, mantener un control legal de la actividad.

“No es bonito legalizar la marihuana, pero es peor regalarle gente al narco”, dijo en su momento.

Igual ocurrió con la legalización del matrimonio homosexual, otra medida polémica pero saludada como muestra de apertura y modernidad.

“Me quedó cantidad de cosas por hacer y espero que el gobierno que venga sea mejor que el mío”, dijo al semanario Búsqueda.

A Mujica no le hará falta el sueldo presidencial ni las pompas del poder a las que nunca supo acomodarse. El mundo, en cambio, añora el el mandato de más personas como él.

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