tradición. estampas del panamá que se va.

El típico ya no tiene dónde dejarse escuchar

En Calidonia y Santa Ana estaban los jardines en los que se bailaba la música surgida de la campiña interiorana.

A principios de los años de 1960 atreverse a ir a un centro de diversión ubicado en la ciudad capital para bailar música típica panameña era exponerse a que lo tratarán de “cholo”, “buchí” o “ignorante”.

La crítica venía de parte de quienes acudían religiosamente a los alrededores de esos lugares, conocidos como “jardín”, solo para burlarse de “los patirrajados”, como también los llamaban.

Pese a esto, incipientes empresarios interioranos no se amilanaron y abrieron distintos sitios de baile entre los que se recuerda el Club La Pollera, el Club 24, Club Tizeño, Club Interiorano y el Club Tableño, ubicados en los barrios de Calidonia y Santa Ana.

Luego surgiría el Orgullo de Azuero, el jardín Atlas, Mi Linda Gloria y el Cosita Buena, lugares en donde los fines de semana se dejaba escuchar el acordeón, la saloma, y la gente disfrutaba de las ya casi desaparecidas tardes de cantaderas.

Allí, trovadores de la talla de Agustín Rodríguez, Bolívar Barrios, Teódulo Batista, José Mendieta, Miguel Villarreal, Benjamín Acevedo y Toñito Vargas, entre otros, deleitaban a un cada vez más numeroso y exigente público.

RITMO INTERIORANO

Si en la capital la música típica se escuchaba con mayor fuerza, en cada pueblo del interior del país los jardines de baile empezaron a duplicarse, para regocijo de los bailadores.

Ellos no se perdían las presentaciones de músicos como Teresín Jaén (q.e.p.d.), Dorindo Cárdenas, Victorio Vergara Batista (q.e.p.d.), Alfredo Escudero, Papi Brandao, Fito Espino, Pepo Barría (q.e.p.d.), Yin Carrizo, Chilo Pittí (q.e.p.d.), Lorenzo Castillo y Osvaldo Ayala, por mencionar algunos.

Para bailar en esas espaciosas pistas se pagaba una cuota, o tax, de cinco dólares.

“Los jardines no se cercaban con alambre ni se tenía que pagar por los banquillos ni por las mesas, tal y como ocurre hoy”, sostiene el locutor Mario Ulises Nieto.

A lo largo y ancho del país son recordados el jorón La Tablita, en Aguadulce; El Tigre Mono, en David; el Brisas de La Montaña, en Los Santos; el Tacita de Oro, en Parita; el Joroncito Rivera, en Chitré, y La Espiga Interiorana, en La Chorrera.

La mayoría de ellos fue derribada y los pocos que aún quedan solo son abiertos ocasionalmente para alguna festividad.

Para los entendidos, la llegada de las famosas discotecas, que se ubicaban en cualquier toldo, fue decisiva para que el sonido del acordeón en los jardines se ahogara. “Las discotecas se colocaban donde sea, sin necesidad de ir a un jardín”, dice Alberto Montenegro, que asegura haber “echado su par de pasos” en el jardín La Espiga Interiorana, situado en La Chorrera.

De este jardín, propiedad del empresario Candelario Cárdenas, solo queda hoy una pieza musical que le dedicara Dorindo Cárdenas.

También de la pluma del compositor Hernán Vergara (q.e.p.d.) surgió una pieza musical en honor al jorón La Tablita, en Aguadulce, la cual fue grabada a mediados de la década de 1970.

Otro escenario que brindó su aporte al desarrollo de la música típica fue El Brisas de La Montaña, en La Villa de Los Santos, que la semana pasada fue demolido, sepultando en sus escombros grandes momentos de los festivales bailables del 10 de noviembre con músicos como Dorindo Cárdenas.

Los jardines eran tan versátiles, que en el también desaparecido Joroncito Rivera, de Chitré, el locutor Mario Ulises Nieto recuerda que tuvo la oportunidad de presentar al cantante boricua Daniel Santos.

Pero la agonía de los jardines fue larga; al final, sucumbieron. Poco a poco pasaron a formar parte de la historia musical del país.

SIN LUGAR PARA SEGUIR BAILANDO

Otros jardines bailables que han desaparecido en el interior del país son El Nacional de Agua Buena, en Los Santos, donde por muchos años Alfredo Escudero tocó en las fiestas de Navidad; El Norma de Las Cruces y el jardín Estivaná de Macaracas.

En este jardín la última actividad tuvo lugar el 7 de enero de 1997 cuando se celebró un baile con el conjunto Los Selectos de Lucho De Sedas, y desde entonces solo funcionan una sala de billar y el bar. Igualmente, en El Corozal y Los Higos de Macaracas, han desaparecido históricos centros de diversión como el jardín San Antonio, que está convertido en una iglesia evangélica, y el jardín Elisin. Jorge Frías, que por varios años se dedicó a organizar festivales bailables y tardes de cantaderas, atribuye la desaparición de estos locales de diversión, primero al costo de mantenimiento, y luego, al incremento del valor de los permisos para hacer las actividades.

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