[Libertad de expresión]

El valor de la prensa independiente en una democracia

Discurso leído por Catalina Botero, relatora especial para la Libertad de Expresión de la Organización de Estados Americanos, en la X Asamblea de la Asociación Nacional de Diarios de Brasil (ANJ), donde fue distinguida con el premio Libertad de Prensa 2014, en agosto pasado.

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Catalina Botero. LA PRENSA/Archivo Catalina Botero. LA PRENSA/Archivo
Catalina Botero. LA PRENSA/Archivo

Me siento muy contenta de estar acá hoy, en la X edición del congreso brasileño de periódicos, recibiendo este generoso homenaje que me honra y me compromete.

Quisiera comenzar por agradecer especialmente a la Asociación Nacional de Periódicos, a su presidente, Carlos Fernando Lindenberg Neto, a su vicepresidente, Francisco Mesquita Neto, a su director ejecutivo, Ricardo Pedreira, y a su directorio por hacer este honroso reconocimiento al trabajo de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión.

En este sentido, no creo que haga falta en este auditorio explicar por qué es importante la existencia de una Relatoría Especial de Libertad de Expresión en el sistema interamericano de protección de derechos humanos. No creo que sea necesario, como lamentablemente lo es en otros lugares, explicar la importancia de defender la libertad de expresión, para consolidar y profundizar una democracia.

Tampoco creo que para explicar la necesidad de que exista una oficina como esta, haga falta recordar los momentos magníficos que todos tenemos –o deberíamos tener en la memoria–, en los que el coraje de algunos periodistas y medios nos ha revelado complejas tramas de corrupción o graves violaciones de derechos humanos. Historias que en muchos casos han ayudado a generar indignación colectiva y a cambiar, para bien, el curso de las cosas.

Rendir un homenaje a esos periodistas y a su coraje será siempre una obligación moral no solo con ellos y con las víctimas de los actos que ellos denunciaron, sino con las futuras generaciones.

Tampoco puedo dejar de mencionar la importancia para la democracia, y para la oficina, de los periodistas que escriben a diario historias menos espectaculares pero fundamentales para ensanchar nuestro horizonte cultural. Historias que nos permiten entender y tomar mejores decisiones sobre todos los temas que nos atañen en nuestro espacio personal o como miembros de una comunidad política.

La Relatoría se justifica justamente porque defiende esa prensa abierta y libre que nos acerca lo que parece ajeno, nos descubre lo que parece oculto y nos aclara lo que parece confuso. Y muchas veces también, y para bien de la comprensión humana, nos ´complejiza´ lo que parece simple.

La Relatoría se justifica para defender esa especie particular e imprescindible de literatura diaria, que surge de la pasión, el rigor y la honestidad de periodistas que arriesgan su vida en zonas de combate o que investigan archivos y cifras para explicarnos las guerras que se libran en otras lenguas, para develar abusos de autoridad o para anunciar el nacimiento de un nuevo libro de poesía.

Defender a esa prensa es el trabajo que he intentado hacer. Pero no se me escapa que se trata de una tarea inconmensurable. Que defender la libertad de expresión hoy en la región supone enormes obstáculos y dificultades. Que tenemos recursos e instrumentos sorprendentemente limitados para hacer el trabajo que nos corresponde.

Y por todo eso tampoco se me escapa que tengo una deuda enorme con muchas personas.

Dejo sin embargo –si me permiten decirlo– una Relatoría que luego de tantas batallas ha salido fortalecida y que con seguridad podrá aumentar su impacto en toda la región; en particular, allí donde el crimen organizado o el espíritu autoritario intentan enmudecer a la prensa libre o impedir el acceso de los ciudadanos a la información y de las minorías o los opositores a la esfera de la opinión pública.

Pero antes de terminar, y en este particular auditorio, me gustaría referirme unos minutos a la especial relevancia de la prensa escrita; los diarios, los periódicos.

Hoy hay muchas formas de hacer periodismo. La televisión y la radio son extraordinariamente importantes y las redes sociales y el periodismo ciudadano en muchos lugares o momentos es lo único posible cuando la prensa ha sido capturada o silenciada por el poder. Pero hay algo que caracteriza a la prensa escrita, algo que va más allá del placer de desdoblar el diario y zambullirse en él cada mañana, con el deseo de que nadie nos interrumpa.

Los diarios, a diferencia de otros medios, pueden investigar y contar historias que requieren ardua investigación, sometida a rigurosos principios y cuya publicación no se encuentra limitada al brevísimo espacio de otros formatos.

Estas historias, por su rigor y densidad, no suelen ser arrolladas por la inmensa y a veces caótica cantidad de información que circula en internet. En este sentido, para decirlo de manera más clara, en un mundo de enormes cambios en los procesos comunicativos y de una vertiginosa circulación de información, la primera plana sigue siendo “la primera plana”.

Esa primera plana que está ahí, escrita, que no se actualiza cada tres minutos ni se consume en el breve tiempo de un titular de medios audiovisuales. Esa primera plana que está en la mesa del comedor a la hora del desayuno, en el quiosco de la esquina, en el autobús, en la casa de los amigos o en los escritorios oficiales.

En un mundo de velocidades nunca antes vistas, la primera plana tercamente sigue ahí. Escrita. Indeleble. Y pocas cosas pueden igualar su impacto sobre los funcionarios corruptos, los políticos que se asocian con el crimen, que abusan de su poder, que traicionan los valores y principios democráticos.

Pero otra característica única de la prensa escrita es que nos obliga a recorrer caminos que otros formatos nos evitan, pero que son fundamentales si queremos realmente actuar como ciudadanas o ciudadanos informados. Cualquiera que quiera llegar, por ejemplo, a la sección “deportes” o “moda” de un diario, debe recorrer, aunque sea de manera rápida y superficial, titulares sobre economía, cultura, guerra y paz; debe recorrer, aunque sea someramente, opiniones políticas similares o divergentes a las suyas. Eso no pasa en otros medios en los que la información puede ser severamente filtrada, segmentada, dirigida y seleccionada.

Por eso no estoy de acuerdo con quienes creen que la prensa escrita puede ser reemplazada por mensajes de 140 caracteres. Las redes sociales y el periodismo ciudadano han contribuido de manera única al proceso comunicativo e incluso han propiciado nuevas formas de participación, de construcción de la esfera pública, de movilización ciudadana.

Pero aún estas nuevas maneras de ejercer la ciudadanía y de ampliar la democracia requieren en mi opinión del pausado, riguroso y complejo trabajo del periodismo profesional de los diarios. En una democracia necesitamos al periodismo profesional.

En este sentido, debo confesar que hay una razón mucho más íntima, mucho más personal, para defender a la prensa libre de los ataques vociferantes de funcionarios autoritarios o corruptos, de mercados voraces, de fanáticos violentos.

Pido disculpas por esta confesión en un foro de esta importancia. La verdad más íntima es que no soporto el autoritarismo y admiro hasta el cansancio a la gente libre, al periodismo independiente, al pensamiento crítico.

Por esta razón y porque creo que tenemos derecho a vivir en democracia no estoy dispuesta tan fácilmente a dejar que nadie nos quite el placer de leer los diarios. De enfurecerme con informaciones o ideas que encuentro absurdas o injustas; de cambiar de opinión si un columnista me convence de que estaba equivocada; de conmoverme con una crónica sobre la belleza que el mundo alberga y que fue capturada en una pieza que da gusto leer despacio... y releer.

No voy a dejar tan fácilmente que me quiten ese placer y me obliguen a leer lo que los funcionarios consideran correcto. Quiero seguir leyendo los diarios que yo escoja y quiero que existan más y no menos opciones. Y quiero poder acceder a ellos en libertad y disfrutarlos en la mañana, si tengo suerte, con un buen café colombiano... o brasileño, recién molido.

Por todas estas razones, he dedicado cada día de los últimos seis años de mi vida a la defensa del periodismo libre. De ese periodismo honesto y valiente que millones de lectores, como yo, esperan a diario, como un milagro en letras de molde. De esa literatura única y necesaria, fruto de la inteligencia, la sensibilidad y la tenacidad, de personas que como todas y todos ustedes han escogido el oficio que García Márquez denominó “el mejor oficio del mundo”.

Muchas gracias a la Asociación Nacional de Periódicos por este premio y por ayudar a defender y mantener el vigor de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión.

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