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Contra viento y agua

De pronto, el cielo se oscureció. Lo siguiente que se escuchó fue que el techo era golpeado por una lluvia que no parecía normal. En la entrada de un centro comercial, la gente se agolpaba, mientras veía cómo el agua y el viento barrían la avenida.

“Dicen que hay una tormenta”, comentaba un hombre de unos 70 años, canoso, con un suéter deportivo, que minutos antes había estado con sus nietos haciéndose fotos frente al enorme árbol de Navidad. La gente seguía por twitter las alertas y los reportes que, como avalancha, empezaron a aparecer en las pantallas de los celulares.

“Cerraron el aeropuerto”, dijo con expresión de angustia una mujer que acarreaba maletas y acompañaba a un grupo de personas que no hablaba español.

El reporte del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) informaba de afectaciones bastante serias en varios puntos de la ciudad: desprendimiento de techos en Calidonia; en calle 78, calle 35 y calle 68 de San Francisco, y de caída de árboles en esos puntos.

En Parque Lefevre, Río Abajo y Las Mañanitas, la situación no fue mejor. La televisión mostró las caras angustiadas de las familias que tuvieron que pasar la noche, casi a la intemperie, viendo cómo su vida se les mojaba sin remedio.

Algunas zonas de la ciudad se quedaron sin luz y las autoridades del Tránsito alertaron de cruces de vías en los que los semáforos habían dejado de funcionar.

Todo ello sucedió el domingo 11 de noviembre en horas de la tarde, cuando una inusual borrasca afectó la ciudad.

El aeropuerto de Tocumen tuvo que suspender operaciones por algunas horas hasta que el temporal pasó. Fue una situación de angustia, inusual para la temporada lluviosa característica de final del año.

Unas 40 casas sufrieron esta furia de la naturaleza. Por fortuna no hubo muertos que lamentar esta vez.

La ciudad está expuesta a las inclemencias de la naturaleza. Pero, ¿cuántas de estas pueden ser prevenibles? y sabiéndolo, ¿qué se ha hecho para contrarrestarlas?

Además, las evidencias del cambio climático hacen que estas emergencias se vuelvan cada vez más impredecibles y potencialmente fatales si no se está preparado para afrontarlas.

El 21 de diciembre de 2011, hace poco menos de un año, a raíz de las graves inundaciones la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos (SPIA) mostró, a través de un documento, su preocupación por la situación de vulnerabilidad de la capital ante las inclemencias del tiempo, en especial, de las precipitaciones.

“La ciudad de Panamá no ha sido planificada, sino que ha crecido de manera irregular y descontrolada, por lo que está muy expuesta a sufrir daños sustantivos, inclusive catástrofes por la falta de previsiones para evitar las consecuencias de los eventos climáticos extremos”, planteaba entonces el organismo.

El documento, firmado por Julio Rovi, a la sazón presidente de dicho gremio, pedía “con urgencia notoria se orienten recursos presupuestarios que permitan hacer evaluaciones hidrológicas integrales de los sectores urbanos más propensos a inundaciones y deslizamientos de tierra, particularmente el sector sur del corregimiento de Juan Díaz y el área de influencia del río Cabra”.

También recomendaba revisar “todos los rellenos que se han hecho y las urbanizaciones que se han construido entre Panamá Viejo y Tocumen, incluyendo el corredor Sur, para medir con certeza los riesgos a que están sometidas todas las comunidades, industrias e infraestructuras en las cuencas de los ríos Juan Díaz, Tapia y Tocumen”.

Además, pedía la reconsideración de todas las solicitudes de rellenos y estudios de impacto ambiental - (EIA) presentados o aprobados en los humedales que aún hay entre Costa del Este y la desembocadura del río Cabra, poniendo especial consideración y énfasis en la seguridad de las comunidades aledañas y la del propio aeropuerto de Tocumen.

Pero es poco lo que se ha adelantado desde entonces. Algunos dragados de ríos y planes de contingencia por parte de instituciones como el Ministerio de Obras Públicas y el Municipio de Panamá. Durante noviembre, la ciudad no ha padecido inundaciones tan graves como las del año pasado, al menos.

HUMEDALES

El jueves 16 de agosto de 2012, durante la instalación de la nueva comisión de urbanismo de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas (Apede), para el período 2012-2013, Valentín Monforte, presidente de esa comisión, habló de la preocupación por la desprotección de los humedales, sobre todo en la vecindad de las áreas urbanas.

Ya el arquitecto había sido reiterativo en este tema desde que, en mayo, la Corte Suprema había dejado sin efecto una norma que protegía los humedales de la bahía de Panamá, a favor de desarrolladores con intereses en esa zona del distrito de Panamá, y que generó una amplia polémica que concitó la atención tanto de ambientalistas como de urbanistas y autoridades. Incluso, la propia alcaldesa Roxana Méndez había ordenado paralizar las obras en la zona sensible de manglares al sur de Juan Díaz hasta que se aclarara el alcance legal de esta decisión.

Un tema al que la propia SPIA ha dado seguimiento, en consonancia con su llamado de diciembre de 2012.

La evolución del cambio climático

Justin Touchon, un especialista del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, con sede en Panamá, explicó en un artículo de la revista American Naturalist que el cambio climático podría estar modificando el curso de la evolución en anfibios, llevando a estos animales a cambiar sus comportamientos para adaptarse a la escasez de precipitaciones.

Según un reporte de BBC Mundo, que cita el informe de la revista científica, Touchon analizó los registros de lluvias recogidos por la Autoridad del Canal de Panamá y constató que los patrones de precipitaciones han sufrido alteraciones que concuerdan con las predicciones de modelos para el estudio del cambio climático. “Encontré que desde 1972 ha habido cambios significativos en los patrones de precipitaciones en la región central de Panamá”, dijo el investigador. “Durante las últimas cuatro décadas, las precipitaciones se volvieron más esporádicas. El número de días de lluvia disminuyó, con mayores períodos secos entre las fases de precipitaciones”. Para que no haya sorpresas, Panamá, con la ayuda de organismos como el Programa de Naciones Unidas para el Ambiente (Pnuma), monitorea estos cambios para poder establecer patrones que permitan tomar acciones para contrarrestar sus efectos y disminuir su ocurrencia en la medida de lo posible.

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