ANTIVALORES. Degradación social.

La violencia llega a la Iglesia

En las provincias de Los Santos, Chiriquí y Panamá se ha regado la sangre de, al menos, cinco sacerdotes de la fe católica.
En junio de 1971 el cura Héctor Gallego, que servía a los campesinos de Santa Fe de Veraguas, desapareció sin que hasta el momento se tenga información de qué fue lo acontecido. LA PRENSA/Archivo. En junio de 1971 el cura Héctor Gallego, que servía a los campesinos de Santa Fe de Veraguas, desapareció sin que hasta el momento se tenga información de qué fue lo acontecido. LA PRENSA/Archivo.
En junio de 1971 el cura Héctor Gallego, que servía a los campesinos de Santa Fe de Veraguas, desapareció sin que hasta el momento se tenga información de qué fue lo acontecido. LA PRENSA/Archivo.

El 9 de septiembre de 1856 una pandilla de al menos 40 personas armadas rodeó la capilla del apacible pueblo de Macaracas, provincia de Los Santos.

Adentro, el cura español José María Franco sostenía en sus manos el cáliz en que guardaba las hostias consagradas para luego ofrecérselas a los fieles, conocida como custodia, cuando tres de los pandilleros encaminaron sus pasos hacia el altar.

¿Quién será más grande. Si lo que tienes en la mano o Pedro Goytía?, le preguntaron a Franco, y acto seguido lo sacaron del templo.

A rastras lo llevaron a la cárcel pública donde lo inmovilizaron en el cepo, un aparato rudimentario de madera utilizado para torturar a quienes infringieran la ley.

Después de castigarlo, le dieron dos tiros en el corazón, consumando de esta manera el primer homicidio documentado de un cura en tierra istmeña, según el libro Estudio de historia social campesina (las sublevaciones campesinas de Azuero en 1856), de Armando Muñoz Pinzón.

POLÍTICA

La muerte de Franco aparentemente se debió a motivos políticos, debido a las viejas rencillas entre las familias Guardia, conservadora, y Goytía, liberal.

En ese entonces se dijo que quienes lo mataron eran partidarios de la familia Goytía, según reportó el diario Panamá Star &Herald.

Además, en los Archivos Nacionales de Panamá-período colombiano, tomo 2166, un documento adjunto a la nota No. 28, de 15 agosto de 1856, informa de los resultados de las elecciones de junio de ese año, y agrega que el cura no se apartó de la militancia política.

Participó en los comicios en que resultó electo segundo suplente por la facción conservadora, con 607 votos.

No obstante, Mercedes Medina, uno de los testigos clave, dijo que el asesinato de Franco se debió a una disputa personal entre este y el supuesto homicida Celedonio Castro.

El fallo del jurado y del juez de derecho condenó a muerte a Hilario Vega, Ramón y Mercedes Medina, Celestino Cano y Ventura Solís, señala el diario en su sección de español, del 12 de mayo de 1857.

El resto de los sindicados fue sentenciado a 43 años, 10 meses y 20 días, aunque Celedonio Castro, al que se le imputó el crimen, no figuró entre los reos principales.

CAÍDOS

Desde aquel lejano 1856 no se habían reportado más casos que tuvieran como víctimas a sacerdotes católicos, hasta que en junio de 1971 desaparece en circunstancias todavía no esclarecidas Héctor Gallego.

De nacionalidad colombiana, Gallego realizaba labores pastorales en la región de Santa Fe de Veraguas, donde se había ganado el respeto y el cariño de los campesinos del lugar.

Un mes antes, pero de 1989, el padre Nicolás van Kleef conducía su auto junto al joven Isaac González, de 16 años de edad, quien por un megáfono anunciaba la eucaristía en la población de Santa Marta, Bugaba, provincia de Chiriquí.

El carro de Van Kleef, que estaba adaptado a su condición de paralítico, debido a un accidente que había sufrido, fue detenido por el soldado de las desaparecidas Fuerzas de Defensa Olmedo Espinosa, quien le indicó que el uso de megáfonos estaba prohibido, por lo que lo conminó a acompañarlo al cuartel de policía.

Ya en el camino, y luego de un intercambio de palabras por la ruta que debían tomar, Espinosa tomó su fusil, le quitó el dispositivo de seguridad y le disparó al sacerdote en el lado derecho de la cara. Van Kleef murió en el hospital al día siguiente.

Sangrientos

El 19 de mayo de 2002 en la iglesia de Guadalupe, ubicada en calle 50, Marco Majarrez asesina al sacerdote Jorge Altafulla, en una de las habitaciones de la casa cural, mientras los feligreses aguardaban a que el religioso saliera a oficiar la misa.

Más reciente, este miércoles 30 de octubre, la sangre de un siervo de Dios volvió a correr cuando en el residencial José Dominador Bazán (antiguo Davis), en Colón, desconocidos asesinaron a Aníbal Gómez, de 67 años de edad, quien celebraba la misa en la iglesia de Davis y fue regente en el colegio Academia Santamaría de Colón.

Gómez, de nacionalidad española, pero con 20 años de residir en territorio panameño, se encontraba amordazado y presentaba golpes y heridas con arma punzocortantes en diferentes partes del cuerpo.

Las autoridades indicaron que una mujer que trabaja en la residencia del cura pidió ayuda a los vecinos del área, pero cuando llegaron ya el religioso había muerto, y los atacantes, huido.

Iglesia pide arrepentimiento

Asesinar a un sacerdote era en tiempos pasados uno de los pecados más abominables que un ser humano pudiera cometer. Quien lo hacía, seguramente iría a parar directamente al infierno, donde penaría por siempre, pues para su alma no habría consuelo. Pero los tiempos han cambiado y los delincuentes ahora parecen desconocer de pecados, dijeron moradores de Macaracas, donde ocurrió el primer crimen registrado de un cura. 

“Matar a un padre ni Dios lo perdona, pues ellos son mensajeros de buena voluntad. Dios me libre”, dijo en tono reflexivo y mientras se persignaba Manuel Samaniego, morador de La Villa de Los Santos. Para la Iglesia católica, los asesinos en el último caso del padre Aníbal Gómez, en Colón, deben mostrar arrepentimiento. “Solo Dios tiene derecho a quitar la vida”, dijo el arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa.

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