Un pasado simiesco

El hombre cada vez más cerca del mono

En la revista Science , la más prestigiosa revista científica mundial, ejemplar del 11 de diciembre de 2003, los investigadores Michele Cargill, Andrew Clark y colaboradores publicaron su primer análisis sobre las características preliminares de ciertos genes que marcan la diferencia entre ambas especies -los que codifican los sentidos de la audición, el habla, el olfato, el pensamiento y la estructura ósea-. Este proyecto había sido estimulado hace dos años, cuando a 14 de los 29 miembros de una familia británica, con lenguaje desarticulado e ininteligible, pero normales en otras cualidades humanas, se les encontró mutaciones en el gen llamado FOXP2, el cual confiere habilidad para el lenguaje coherente y comprensible a través de la adquisición de un fino control de movimiento entre los músculos de la faringe y la boca. Se sabe que este gen y su correspondiente representación muscular están pobremente desarrollados en los monos.

Otras diferencias genéticas investigadas residen en los genes de la audición que codifican la proteína denominada alfa-tectorina, componente primordial de la membrana externa del oído interno; en los genes del desarrollo cerebral -por ejemplo, el SEMA3B- que repercuten en la formación de axones en el sistema nervioso; en los genes involucrados en el reciclaje de aminoácidos que tradujeron cambios en la preferencia dietética de primates devoradores de frutas a humanos predominantemente carnívoros y en los genes implicados en la detección de olores, algunos que se han inactivado y otros que se han agudizado en el tiempo.

Ciertos genes encontrados en el ser humano y rudimentarios o inexistentes en el simio han experimentado una aceleración evolutiva durante los últimos 100 mil años, debido a la presión ejercida por la fuerza de la selección natural o a través de modificaciones mendelianas de herencia.

A través de una milenaria evolución, nuestro genoma ha estado constantemente expuesto a mutaciones aleatorias puntuales que nos han ayudado a afrontar y adaptarnos al hostil derredor. Numerosas secuencias de ADN (ácido desoxirribonucleico) pertenecientes a microbios forman ahora parte de nuestra impronta genética. Aunque cada vez nos distanciamos más de nuestro pariente animal más cercano, no debemos nunca renegar del pasado simiesco. Es más, a juzgar por la violencia actual de la humanidad, es evidente que todavía no nos hemos despojado del pelambre, el rabo y la bestialidad de nuestro antecesor.

Aunque nuestra especie es la única sobre La Tierra con capacidad para razonar, sentir emociones y exhibir conciencia ética, quedan todavía remanentes de esa animalidad primitiva con la que agredimos, herimos y aniquilamos al prójimo con la excusa de una ley de supervivencia mal entendida. Los humanos solo nos diferenciamos en el 0.01% de nuestros genes, independientemente del color, la textura de piel o la etnia en que nos hayamos arbitrariamente incluido. Resulta irónico que nos queramos exterminar unos a otros.

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