[PÉRDIDAS]

Actores

En un mundo como el del cine de gran presupuesto, capaz de ofrecernos imágenes de dinosaurios corriendo al lado de los actores en medio del bosque o de la pradera, de enseñar lo que sería Nueva York bajo la capa de hielo de una nueva era glacial o de llevarnos hasta un asteroide al que es necesario perforar para meterle dentro una bomba atómica, resulta en verdad sorprendente que sea un problema el sustituir a uno de los intérpretes de cualquier película por el detalle, sin duda enojoso, de que se ha muerto.

El último episodio de ese inconveniente ha llegado de la mano de la desaparición reciente de Phillip Seymour Hoffman, el actor de talento inmenso que supo dar un soporte interpretativo creíble nada menos que a alguien tan lleno de matices –y de enigmas– como Truman Capote.

El papel de Hoffman en una serie de las de moda lleva a los artífices de los episodios aún por terminar a la necesidad de tener que enfrentarse con el hecho de que el actor no volverá a ponerse ante la cámara, con el dilema, pues, de cambiar el guión para que al actor que hoy lloramos le sustituya otro personaje o decantarse por recrear su figura con la ayuda de medios virtuales. Igual que sucede con el tigre de La vida de Pi que, aun sin existir en el mundo real, comparte balsa salvavidas con el protagonista.

La primera solución no es nada nueva. Desde que el cine es cine ha habido directores obligados a enfrentarse con el problema de que su estrella desaparece. Todo es cuestión de cómo cabe explicar a los espectadores el que así ha sido, recurriendo a cualquier pirueta en la narración de la historia.

Es la segunda de las alternativas disponibles, la que me parece grandiosa porque abre todo un universo de interpretaciones acerca del sentido del arte de la interpretación y el alcance que pueden tener dentro de él los actores de carne y hueso. Imaginemos uno de los gestos más identificables de Hoffman, esa mirada que esconde una sonrisa entre cruel y sardónica. ¿Sería capaz un programa informático de recrearla? Y ya que estamos, ¿daría con otros recursos interpretativos que el actor recién muerto nunca nos brindó?

En realidad el cine de dibujos animados –que ya no se lleva a cabo, por supuesto, con dibujos animados– ha conseguido subirse hasta pináculos espléndidos en cuanto a guion, dirección de actores, clima dramático y realización.

Películas como Up demuestran que con las técnicas disponibles hoy cabe crear de manera virtual un drama inolvidable. Pero el verdadero reto está en ver qué cosas podría ofrecernos un cine así más allá de lo que supone remedar gestos, actitudes y ademanes de los actores de carne y hueso. ¿Podrían los programadores dar paso a una nueva manera de interpretación o deberán siempre ajustarse a lo que ha creado el talento de un actor de los de veras? Igual hay que esperar a que Hoffman, desde el otro mundo, nos lo aclare.

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