[EN LA CORTA DISTANCIA]

Almejas chocolates

Siempre que veo a Echenique, le meto la tentación en el alma y le hablo de las chocolates de Baja California Sur. Inmediatamente nos ponemos a hacer planes para volver a aquel paraíso.

En mi vida había oído hablar de las almejas chocolates, un manjar exquisito que da el Mar de Cortés, un brazo marino –interior– que baña el estado mexicano de Baja California Sur. Fuimos allí una tropa de escritores dizque todos demócratas, contentísimos de habernos conocido tras la muerte de Franco, en España, y dueños de un tiempo nuevo. Nos invitaron a un programa de televisión para hablar de la nueva democracia en España. Estábamos en los primeros años de la década de los 80. Eufóricos, jóvenes, felices e indocumentados. Nos presentamos en La Paz, la capital del estado. Parecíamos mariachis recién llegados al amanecer desde la Plaza Garibaldi, con ganas de jarana, tequila, guitarra y mujeres. Como agregado cultural de aquella jauría de escritores españoles venía, nada más y nada menos que, el novelista peruano Bryce Echenique.

Y entonces nos invitaron a probar, en la playa de Pichilingüe (que aparece también en la novela Cristóbal Nonato, del escritor mexicano Carlos Fuentes, nacido en Panamá en 1928), las almejas chocolates, unos bichos como estrellas de mar que venían dentro de una concha circular muy dura. Las órdenes de chocolates volaron por encima del aire de aquella playa inolvidable. Hasta que se acabó el alcohol en aquel chiringuito de la orilla, tan inolvidable como la playa y sus alrededores. Yo no fui a buscar más alcohol, porque estaba jugando a seducir a una joven escultora, sin contarle todas esas tonterías que los hombres contamos cuando queremos engañar a una mujer que no es la nuestra, que si yo hago mi vida, que si mi mujer hace la suya y todos esos cuentos que no se cree nunca ninguna mujer inteligente. Pero José Esteban, Carlos Barral y Bryce fueron por alcohol al pueblo más cercano y no encontraron otra cosa en que traerlo que en un cubo (un balde, en mi tierra) donde mezclaron Coca-cola y ron hasta los mismos bordes. En el camino, Bryce metió un pie en el cubo. Un pie (el suyo) lleno de arena. La bebida quedó contaminada por la arena del pie del peruano, aunque solo lo sabían José Esteban y Carlos Barral, que había asistido al espectáculo. Mientras tanto, el resto de la jauría, seguíamos en la playa, arrastrándonos por la arena y engullendo sin parar almejas chocolates, con un poco de chile picante y el resto del tequila que nos habían dejado para que resistiéramos, hasta que llegaran los expedicionarios.

Y sí, finalmente llegaron a Pichilingüe, exhibiendo el cubo lleno de cuba libre (lo que los cubanos del interior llaman “mentirillas” por obvias razones) y con cara de circunstancias. Deduje que algo pasaba. Y pasaba que aquel cuba libre estaba lleno de arena del pie de Bryce Echenique, el autor de la inolvidable Un mundo para Julius. Salvo algún avisado, como era mi caso y el de otros pocos, nadie notó la aspereza extraña de aquel líquido que Bryce y José Esteban servían a toda prisa en los vasos de los elegidos. Estábamos todos tan contentos y borrachos que apenas notamos la arena y todos nos bebimos aquella porquería creyendo que era manjar de dioses. Pero nada hubiera sido posible sin la carne marina de aquellas apetitosa almejas chocolates.

En alguna otra ocasión, de visita en México, he probado esa maravilla que me parece inolvidable. Las almejas chocolates saben a ostras y a avalón, lo que los chilenos llaman loco, un marisco excepcional que en Pichilingüe cultivaban a la orilla del mar. De modo que el cliente pedía y las veía sacar desde la orilla, frescas y vivas. Solo les faltaba hablar. Cuando leí Cristóbal Nonato, una novela exagerada en páginas y en anecdotario (hay la aventura de un espermatozoide que repta por no se cuántas cientos de páginas de ese relato), y vi escrito el nombre de Pichilingüe, supe que la playa existía, junto a La Paz, Baja California Sur, y que era la misma que habíamos visitado solo unos años antes aquella jauría de escritores españoles sedientos de libertad, tequila y almejas chocolates.

Ahora, cuando comento en alguna tertulia literaria ese episodio de las almejas chocolates, le añado un par de elementos literarios, lo que hace mucho más inverosímil todo cuanto cuento. Entonces, algunos de mis amigos comienzan a tomarme el pelo, a hacerme bromas y a recordarme mi manía para inventarme animales marinos que no existen ni en las más raras mitologías. Pero, que conste, queridos lectores, que yo las he probado, que me hartado de comarcas y degustarlas. Y que me congratulo de haberlo hecho en el pasado con la esperanza de volverlo a repetir varias veces en el futuro. Por eso, siempre que veo a Bryce Echenique, le meto la tentación en el alma y le hablo de las chocolates de Baja California Sur. Inmediatamente nos ponemos a hacer planes para volver a aquel paraíso, a la playa de Pichilingüe. A comer chocolates y tomar cuba libre con arena del pie de Bryce Echenique.

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