[PROGRAMA SOCIAL]

Almuerzos escolares, una de las mejores inversiones en tiempos de crisis

Para muchos padres, la comida es un gran incentivo para enviar a los niños a clase. Ese pequeño refrigerio además ayuda al niño a concentrarse en los estudios y no en su estómago vacío.

A pesar de que en América Latina el porcentaje de matriculación en enseñanza primaria es superior al 90% de los niños en edad escolar, aproximadamente 2.9 millones de ellos siguen sin asistir a la escuela. Especialmente en tiempos de crisis, los cabeza de familia en los hogares más pobres de nuestra región, a menudo tienen que escoger entre enviar a sus hijos a la escuela, o hacerlos contribuir a la economía familiar trabajando en el campo o realizando otras tareas que proporcionen los tan necesarios ingresos.

No obstante, cuando esos mismos padres descubren que se proporciona una comida diaria en la escuela local, el paradigma cambia y la comida se convierte un gran incentivo para enviar a los niños a clase y para que estos prosigan su escolarización. Ese pequeño refrigerio además ayuda al niño a concentrarse en los estudios y no en su estómago vacío.

En muchos pueblos y comunidades de América Latina y el Caribe, la escuela es además mucho más que un centro de enseñanza: la escuela es el corazón de la comunidad y las comidas escolares crean una conexión entre profesores, padres, cocineros, niños, campesinos y mercados locales.

Un ejemplo de cómo funciona este tipo de sinergias virtuosas lo podemos ver cada día a orillas del lago Titicaca –a más de 3 mil 800 metros de altura– donde familias productoras de leche han encontrado la fórmula para mejorar sus ingresos, su calidad de vida y la nutrición de niños en edad escolar. Con el apoyo del proyecto Facilidad Alimentaria que el Programa Mundial de Alimentos implementa con la financiación de la Unión Europea, estas familias campesinas instalaron una planta de transformación de lácteos y están produciendo yogur, helados y queso para la alimentación escolar en 16 centros educativos del municipio de Taraco, cercano a la ciudad de La Paz.

La historia de Esperanza Kantuta –una de las productoras de leche de vaca en la comunidad de Chambi en Taraco– nos puede enseñar el camino a seguir. Antes de empezar el proyecto, Esperanza ordeñaba tres vacas diariamente que daban entre seis y ocho litros de leche que ella convertía en queso. Cada día esperanza caminaba varios kilómetros para vender sus productos a los motoristas que transitaban la carretera que une a La Paz con el centro turístico de Tiwanaku. La enorme distancia recorrida bajo el inclemente sol y frío del altiplano boliviano no compensaba el poco dinero obtenido.

Hoy, Esperanza y la asociación de productores, en su mayoría mujeres, entregan a la planta de Facilidad Alimentaria la leche para producir yogur que vende al gobierno municipal algo más de 850 raciones diarias de productos lácteos para el desayuno escolar. Los padres ganan, los niños ganan y la comunidad gana con una idea simple pero sostenible.

Ejemplos como estos nos muestran que los programas de alimentación escolar pueden ser además de una ventaja para los niños y sus familias, una de las más fuertes redes de protección social en tiempos difíciles. Los gobiernos de la región lo saben y es por ello que todavía continúan implementado este tipo de proyectos que cada día llegan a cerca de 80 millones de estudiantes, a un costo de 4 mil millones de dólares al año en toda la región.

Sin embargo, los proyectos de la región adolecen de falta de equidad en las coberturas ofrecidas: las zonas rurales y de difícil acceso son muchas veces excluidas o reciben servicios deficitarios. Asimismo tiene problemas de calidad en la entrega del servicio, no siempre las raciones son adaptadas a las preferencias étnicas y culturales y necesidades locales.

Conscientes de lo anterior, los responsables de los programas de alimentación escolar en 15 países de la región decidieron solicitar al PMA liderar una iniciativa regional de colaboración Sur-Sur y asistencia técnica con el fin de apoyar y fortalecer las capacidades nacionales y la calidad y sostenibilidad de estos programas.

¿Cómo? promoviendo la adopción de estándares de calidad mientras coordinamos esfuerzos, conocimientos y experiencias adquiridas y poniendo al servicio de los gobiernos los 46 años de experiencia adquirida por el PMA en el diseño e implementación de este tipo de programas para conseguir que efectivamente ningún niño tenga hambre en la escuela.

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