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¿Amanecer birmano?

El país del sureste asiático es un ejemplo de represión inmisericorde y sangrienta. Los acontecimientos recientes, sin embargo, alumbran la esperanza de una transformación.

Nadie en Birmania, aherrojada por una dictadura militar de medio siglo, habría apostado un céntimo por un cambio, ni siquiera cosmético, tras la farsa electoral de noviembre pasado, en la que los militares se sucedieron a sí mismos designando un gobierno supuestamente civil a cuyo frente figura el antiguo general Thein Sein.

El empobrecido y hermético país del sureste asiático ha venido siendo un dramático ejemplo de represión continuada, inmisericorde y sangrienta. Los acontecimientos recientes, sin embargo, alumbran la esperanza de una transformación. El gobierno instalado en marzo está cortejando a la emblemática jefa de la oposición, Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz, en libertad tras media vida en arresto domiciliario. Thein Sein ha excarcelado este mes de octubre a más de 200 prisioneros políticos, de los alrededor de 2 mil existentes. Se anuncia una virtual desaparición de la censura, en un país donde la prensa la escribe el poder; y se ha autorizado la formación de sindicatos con estándares casi occidentales.

Para los castigados birmanos es imposible no acoger con escepticismo tan insólitas medidas, que el encargado regional estadounidense considera muy relevantes. En el pasado –en 1995 y de nuevo en 2002– los espadones hicieron algún gesto de apertura que rápidamente reveló su falsedad y dio lugar a una nueva vuelta de tuerca.

La Constitución aprobada en un amañado referéndum en 2008, que la oposición no reconoce, sigue otorgando a los militares la última palabra sobre todo lo que importa.

El ritmo del cambio, empero, excede cualquier expectativa sobre un régimen petrificado. La propia Suu Kyi, que en agosto se entrevistó con el presidente Sein, no descarta la incorporación al proceso político de su partido –Liga Nacional para la Democracia, ahora técnicamente ilegal– si se avanza en la decisiva liberación de presos políticos y se modifican las leyes electorales.

Si existe una posibilidad de liberalización en Birmania, Estados Unidos y Europa deben impulsarla con las cautelas necesarias. La progresiva suavización de las sanciones económicas que pesan desde mediados de los 90 sobre el país asiático sería una manera de comenzar. Que un Gobierno birmano quiera ser popular entre los suyos es, en sí mismo, un cambio ante el que las potencias democráticas no pueden permanecer impasibles.

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