Neurociencia

Cartas desde Europa: Cerebro

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Entre los rasgos más notorios de los seres humanos, si se comparan con cualquier otro primate, está el gran cerebro de nuestra especie. Tomando en cuenta su tamaño relativo, es decir, con arreglo al tamaño del cuerpo —la denominada “encefalización”— los resultados son aún más notorios: tenemos una encefalización muy superior a la de nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés y los gorilas. Tres veces más alta, al menos.

Sin embargo, al considerar especies ya extinguidas nos encontramos que la más cercana a la nuestra, la de los neandertales, comparte con Homo sapiens ese rasgo de un cerebro muy grande. La diferencia aparece ahora en la forma que tiene el cráneo: el aspecto achatado del cráneo, con protuberancias en las zonas frontal y parietal parecidas a las que tenían los humanos de hace medio millón de años, Homo erectus, separa a los neandertales de los humanos modernos, cuyo cráneo toma una forma mucho más globular. Cabe hablar grosso modo de las formas respectivas de balón de rugby y de bombilla, con todos los matices que haya que introducir.

Lo dicho hasta ahora se refiere al aspecto del cráneo, no al cerebro. Pero este se ajusta, en su superficie exterior, a la caja craneal, así que es bastante corriente entre los autores que han estudiado la evolución del cerebro seguir la hipótesis de que los cambios en la forma del cráneo se corresponden a cambios en la arquitectura neuronal. Como el cerebro no se fosiliza, y los mejores indicios que cabe sacar de los ejemplares fósiles es el de las marcas de la parte interior de la caja cerebral, el endocráneo, los modelos al uso de la evolución de nuestro cerebro aportados por autores tan renombrados como Phillip Tobias o Ralph Holloway siguen esas pautas endocraneales.

Un artículo publicado por Philipp Gunz, investigador del departamento de Evolución Humana en el Max Planck Institute for Evolutionary Anthropology de Leipzig (Alemania), y colaboradores en la revista Current Biology ha añadido una nueva metodología para el estudio de los cambios cerebrales. Como se sabe, entre los neandertales y los humanos modernos, pese a tratarse de especies distintas, se dieron varios cruces que han dejado su huella en nuestro genoma. Tras precisar mediante miles de resonancias magnéticas estructurales el fenotipo (forma) correspondiente en promedio al cráneo de los humanos actuales, identificando las zonas que corresponden a su aspecto globular, Gunz y colaboradores analizaron los efectos que tiene en dicha globularidad el DNA procedente de los neandertales —mantenido en nuestro genoma en las poblaciones no africanas, que son las afectadas por el cruce genético entre ambas especies. El resultado indica que los alelos procedentes de los neandertales de dos genes, UBR4 y PHLPP1, concuerdan con una globularidad reducida. Por primera vez se cuenta con una huella genética de la particularidad cerebral de nuestra especie.

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