[SOCIEDAD]

Cenizas al viento

El Vaticano ha publicado un documento en el que expresamente prohíbe que se esparzan las cenizas de los difuntos, que estas se dividan entre familiares o que se conserven en la casa.

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Papa Francisco. Papa Francisco.
Papa Francisco. AP/Sergei Grits

Son muchos los amigos o conocidos que siguen los preceptos del Vaticano o al menos los tienen en cuenta. Por ello siempre me estremece la importancia que dan a la doctrina católica, y no deja de sorprenderme el genuino desasosiego que sienten si consideran que están al límite de no cumplir con dichos cánones.

Nunca olvidaré el pesar que le produjo a mi abuela paterna no contar con la anulación de su matrimonio eclesiástico para contraer segundas nupcias por la Iglesia y poder tomar la comunión, dos sacramentos que le fueron negados hasta el final de sus días. Eso sí, de sus ahorros apartó una porción para que le dieran cristiana sepultura. Ella, una mujer de otro tiempo, no habría elegido la cremación, aunque la Iglesia la aprobó en 1963. Desde entonces, incinerar a los difuntos se ha convertido en una práctica cada vez más frecuente porque, entre otras cosas, resulta mucho más económica que los gastos que genera un entierro. Tan extendida es hoy la cremación, que el Vaticano ha publicado con cierto apremio un documento en el que expresamente prohíbe que se esparzan las cenizas de los difuntos, que estas se dividan entre familiares o que se conserven en la casa.

Periódicamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe –la antigua Inquisición que condenaba a infieles y herejes y negaba que la mujer tuviera alma– marca pautas a los católicos practicantes. Pero el anuncio del pasado martes, que incluye la posibilidad de que se niegue el funeral al fallecido, si se incumplen estas medidas que hoy se pretenden reforzar, ha provocado un verdadero cisma entre muchos creyentes que anhelaban ver sus cenizas esparcidas en lugares remotos, o tenían pensado repartir las cenizas de un ser querido, o sencillamente atesoraban una urna en la casa para tener más cercano el recuerdo de una persona amada. A partir de ahora, la Iglesia condena y sanciona estas extendidas costumbres.

Para alguien descreído y apegado al ámbito secular, las razones que da el ex Santo Oficio resultan tan supersticiosas como las propias inclinaciones “paganas” que pretenden ahuyentar con este decreto: no se debe ni se pueden esparcir las cenizas al viento o al mar porque, según el credo católico, invitan al panteísmo. Es decir, a la “religión de la naturaleza”, que da pie a la idea de la reencarnación o de la fusión del ser con el entorno, impidiendo “la resurrección del cuerpo”, algo que, según la Santa Sede, se vulnera aún más cuando las cenizas se dividen.

Respecto a conservar la urna en el hogar, según el Vaticano esto impide que al muerto se le venere en un “lugar sagrado” que solo puede ser un cementerio o un sitio designado por la Iglesia. De acuerdo con esta ordenanza religiosa, no tener una tumba o un nicho donde acudir a rezar propicia el olvido de los muertos y las “prácticas supersticiosas”. Por decreto, la Iglesia nos impone cómo hemos de mantener viva la memoria de los que ya no están con nosotros.

Leyendo este mandato que ha sido validado por el papa Francisco es inevitable (al menos para un agnóstico) llegar a la conclusión de que la propia Iglesia católica, con sus temores pueriles contra los “peligros” del “neopaganismo”, se rige por unos principios mágicos tan arbitrarios como las creencias que pretende combatir, obligando al entierro de las cenizas como única alternativa para alcanzar el descanso eterno.

Si algo me impresionó de un viaje que hice hace unos años a la India fue la imagen en Mumbai de las Torres del Silencio, un edificio funerario de la religión zoroástrica. En él, los cadáveres son depositados en las torres, donde su carne es consumida por los buitres. Para esta religión de origen persa son impuros la sepultura, la incineración y arrojarlos al mar porque contaminan la tierra, el fuego y el agua, elementos sagrados de la creación. En la hora de la muerte, los zoroástricos se rinden al sol, el viento y las aves de carroña. Es evidente que cada culto es un mundo particular de reglas y dogmas.

Después del anuncio del Vaticano muchos se debaten entre el anhelo de que un día sus restos incinerados descansen en el remanso de una montaña o seguir al pie de la letra este reciente enunciado. Me siento afortunada de no añadir otra angustia vital a todas las que se acumulan a lo largo del tiempo. Sé que mis cenizas reposarán en el verdor de un sitio ligado a los mejores años de mi vida. Nada ni nadie evitarán que se las lleve el viento.

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