Cartas desde Europa

Cerebro, el órgano de la mente

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Entre las preguntas pintorescas que se le pueden hacer a cualquier conferenciante que se refiera a la manera como actúa el cerebro, se lleva la palma la que se interesa por la razón que conduce a que empleemos solo una parte de él, digamos que el 25%. La respuesta está cantada: si usted utiliza solo una cuarta parte de su cerebro es porque le quedan pocos segundos de vida por delante. Sin tener a toda marcha el órgano de la mente, también encargado del control del cuerpo, se detienen las funciones vitales.

Pero hay más: el cerebro es clave hasta cuando se equivoca. Venía hace poco en el diario español El Mundo una referencia al neurólogo Henning Beck, que ha ganado notoriedad popular al sostener la tesis de que la inteligencia artificial nunca superará a la humana. Beck justifica su predicción hipotética considerando lo que son en teoría las imperfecciones de nuestra máquina de pensar y centrándose, sobre todo, en la memoria. Nuestro almacenamiento de los recuerdos es muy limitado —el teléfono que llevamos en los bolsillos nos gana por goleada en capacidad—; es engañoso —creemos haber visto cosas inexistentes e incluso fallamos al percibir como presentes partes de nuestro cuerpo que han sido amputadas, los “miembros fantasmas”— y es hasta vago —¿cuántas veces nos desentendemos de lo que sucede, dejando que la mente vuele?

Esos defectos existen, claro es, pero lo que sucede es que hacemos mal en considerar un error lo que no lo es. Detengámonos en el último caso. En el año 1995 Richard Mayer, psicólogo de la Universidad de California en Santa Bárbara (Estados Unidos), llamó la atención sobre cómo las intuiciones nos permiten ganar un conocimiento ni buscado ni sistemático. Una década después autores como John Kounios habían encontrado los correlatos cerebrales de lo que se conoce como momento ¡Ajá!, también llamado “fenómeno eureka”. Se trata de encontrar la solución de un problema que se resiste sin más que dejar de pensar en él de manera consciente: la mente sigue actuando y da de forma súbita con la respuesta.

Pues bien, ese fenómeno tiene lugar durante el estado de reposo del cerebro, que Marcus Raichle analizó en el año 2001 identificando las redes activas cuando se supone que la máquina de pensar no hace nada. Vaya si hace. La llamada “red por defecto” mantiene el cerebro en marcha cuando nos encontramos tumbados, en la penumbra, y sin ninguna tarea que hacer ni señal externa que nos llame la atención. Gracias a esa red por defecto estamos listos para actuar en cuanto aparece la mínima necesidad de hacerlo. Y mientras el cerebro, en apariencia, descansa y la mente divaga somos capaces de generar pensamientos en cascada. Ninguna máquina hace eso, de momento. No cuentan con tales defectos. No se aprovechan de ellos como hace nuestro cerebro.

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