[LIBRO]

Clinton & Clinton, sociedad limitada

Nadie, absolutamente nadie, que no forme parte del tándem puede entender qué mueve o deja de mover una relación de pareja. Pero todos, prácticamente todos, tienen una opinión sobre el matrimonio Clinton. Dice William Chafe en su libro Bill y Hillary: la política de lo personal, que a pesar de que ningún extraño sabe cuál es la dinámica de su relación, sin duda se basa en una mezcla de “genuina devoción” y “notable cálculo”. “Se aman, pero también entendieron en su momento que cada uno podía ayudar al otro políticamente”, añade.

Bill y Hillary. Hillary y Bill. Y una Chelsea que ya está muy lejos de la niña pecosa y con aparato en los dientes de mediados de los 90 pueden ser una de las familias más atípicas de Washington. Pero están llamados a convertirse en una saga política si Hillary decide apostar en 2016 por la Casa Blanca y, después, ¿por qué no?, lo intenta Chelsea.

Los Clinton hace años que no viven juntos –él tiene su residencia oficial en Chapaaqua (Nueva York); ella, en Washington, a menos de 10 minutos del Departamento de Estado que dirige–. La última puesta en escena de la deuda que Bill contrajo con Hillary tuvo lugar hace pocas semanas, durante la nada inocente aparición del expresidente en la convención demócrata de Charlotte. Desde que se conocieron en Yale en los 70 –él, barbudo con greñas que luchaba por librarse de la guerra de Vietnam; ella, melena lacia, gafas poco favorecedoras y escasez de maquillaje–, los Clinton han fraguado una marca que ya tiene casi 40 años.

El primer gran momento de los Clinton en horario de máxima audiencia televisiva fue en 1992, cuando la pareja fue entrevistada en 60 Minutes después de que en plena campaña por la Presidencia de EU Jennifer Flowers asegurara haber mantenido una larga relación extramatrimonial con el gobernador de Arkansas. Cuando el entrevistador describió el matrimonio de los Clinton como “un acuerdo”, el primero en desenfundar fue Bill. “Está usted viendo a dos personas que se aman”, dijo. “Esto no es un acuerdo o un entendimiento. Esto es un matrimonio”. No había acabado de hablar él cuando ya lo hacía ella. “No estoy aquí sentada como una pobrecita mujer que apoya a su hombre como Tammy Wynette [cantante country que en Stand by your man, perdona todo a su hombre]. Estoy aquí porque le amo, le respeto y entiendo todo por lo que ha pasado y por lo que hemos pasado juntos”, declaró. “Y... ¿sabe qué? Si eso no es suficiente para la gente, ¡qué diablos! Que no le voten”. Pero votaron. Clinton se convirtió en el presidente 42 de Estados Unidos.

Estaba por llegar el impeachment por el caso Lewinsky, del que también le rescató Hillary, aunque en esta ocasión con más heridas. A partir de entonces Bill sería su eterno deudor. La decisión de Hillary de apostar por el Senado fue liberadora, le convirtió en “una figura independiente”, según Chafe. “La relación quedaba definitivamente reestructurada”, relata el escritor. Él sería de ahora en adelante “una figura de apoyo”, lejos de “una figura dominante”. Ella comenzaba a tener el mundo a sus pies. Pero siguió –y sigue– siendo la señora de Bill Clinton.

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