Radiografía

Colombia, partida en dos

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Regresa de su gira triunfal por Europa el presidente Duque, para encontrar el país partido en dos mitades, ninguna de ellas posible sin la otra.

Por los afanes de la vía a Villavicencio, se nos olvida que, al norte, la carretera que llaman de la Soberanía, o del Sarare, es una trocha impracticable. Para ir de Cúcuta a Arauca, lo único sensato es dar la vuelta por San Cristóbal, Venezuela. La ruta de tan pomposo nombre, toma ocho horas y en invierno es solo superable entre peripecias inverosímiles.

Por el sur, los llanos están casi igualmente separados de Colombia. La carretera de Florencia a Neiva es tan mala como cabe imaginar. En este invierno ha cobrado vidas y agotado la paciencia y los bolsillos de los que se atreven a desafiarla.

Queda la del centro y esa es la que se cayó y nadie sabe cómo y cuándo se podrá reparar. La Sociedad Colombiana de Ingenieros, asesora del Gobierno en materia de vías, estima que los estudios se preparen en seis meses y el diagnóstico, las licitaciones y las obras empezarán entonces. Antes de dos años no se habrá restablecido el camino, estabilizado la montaña, retirado el derrumbe, recuperado el puente que se partió en dos y los túneles que quedaron sepultos. El puente de Chirajara, por supuesto, tendrá que esperar que haya vía para que le lleguen materiales de construcción.

Quedan las vías alternas. La de Sogamoso, que supuestamente soporta el tráfico pesado, es una mala carretera de penetración y la ciudad, cuyas calles estarán muy pronto literalmente despedazadas, ya tuvo que parar el tránsito en las horas del día. El costo y el tiempo para transportar en doble dirección petróleo crudo, combustible refinado, aceite de palma para uso doméstico y carburante, cerdos, ganado, comida, no tiene cálculo posible, al menos por ahora. Luego se verá lo que pase con este mal camino.

Y la ruta alterna más próxima a Bogotá, no resiste vehículos de más de 17 toneladas, está en pésimas condiciones y no habrá más remedio que trabajar en ella al tiempo que nos servimos de ella. Adiós turismo, vida normal de los llaneros, subsistencia de sus negocios.

En pocos días empieza la recolección de una cosecha de arroz de 900 mil toneladas. Lo que se haga con ella, nadie lo sabe. Por ahora nos limitamos a lo de siempre: declaraciones tranquilizadoras, líneas de crédito blandas, prórrogas para las deudas existentes, pasajes de avión sin tasa aeroportuaria, unos $5.60 que en nada cuentan, y otras sanas medidas, nadie las discute, que son como aspirinas y vendajes para un cáncer terminal.

Lo que está pasando en el llano es como una radiografía del país que Santos nos dejó. Incompetencia, abandono, corrupción. Y muchas, muchas manifestaciones de lo bien que estaba todo.

Cuando estas líneas apenas empiecen a circular entre los generosos y pacientes lectores, ya habrá sesionado el Consejo de Ministros en Villavicencio, con su presidente a la cabeza. Pensamos la reunión un poco tardía, pero la visita al Festival de Cannes era inaplazable.

Lo que salga de ahí no será mucho más de lo que pueda salir. El presidente Duque tendrá que usar todo su encanto para devolvernos la esperanza. ¡Si las montañas fueran manejables con palabras!

Sea la ocasión propicia para pensar en serio en aquel medio país abandonado. Para invertir en la ruta de la Soberanía, al norte; para mejorar sustancialmente la que sale de Florencia, al sur; para cambiar el lamentable destino de las vías alternas y para saber de verdad si el camino principal hacia la mitad de Colombia es recuperable, cuándo y a qué precio.

Los hechos son tozudos y la realidad, insobornable. Durante ocho años nos engolosinaron con el vicepresidente de casco y botas y lo que tenemos frente a nosotros es la imagen del desastre. Las vías terciarias en buen estado no superan el 6%; las secundarias acaso existen y las principales son un caos. Y sin infraestructura jamás seremos competitivos o dicho mejor, viables. Colombia está gravemente enferma y no se cura con demagogia barata. Hay que poner manos a la obra para corregir desatinos y poner rumbo al porvenir.

Nuestros compatriotas pueden tener mil defectos, pero no son tontos. Cuando los jóvenes condenan la imagen del presidente, el problema no es con él, sino con un estado de cosas insoportable. Esos jóvenes sienten que no tienen porvenir y que su patria los expulsa a una cruel aventura en el extranjero. Y por eso se explica que el 81% de ellos no crea en el presidente. Lo que es muy grave. Pero peor es que no crean en nada. Como les empieza a pasar a sus padres. Las encuestas no son la voz de Dios. Pero en algo se parecen a sus veredictos inexorables.

El autor es abogado y exministro de Estado 

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