Philip Roth

Comunión entre cuerpo y mente

Escuchaba recientemente en el programa radiofónico que presenta el periodista David Remnick en NPR a tres escritoras que conocieron bien a Philip Roth y estudiaron su obra. Del recientemente desaparecido novelista se ha escrito mucho, pero en esta ocasión hablaron, entre otras cosas, del esfuerzo que hizo hasta el final para mantenerse en forma con el propósito de poder continuar su pasión, que era la escritura.

El ejemplo de Roth, quien murió en el mes de mayo a los 85 años, simboliza la importancia de cuidar el cuerpo como un templo que forma parte del engranaje que conecta el bienestar físico con el mental. Pasó por el quirófano aquejado de graves dolencias de espalda y se sometió a una operación a corazón abierto cuando estaba en la cincuentena para aliviar un padecimiento cardiovascular que empeoró con los años.

Roth, enfrentado a su mortalidad para completar el ciclo creativo, se concentró en fortalecerse físicamente y en blindarse de los embates que podían desmoronarlo. En su casa de campo en los Berkshires, donde escribió gran parte de su monumental obra antes de anunciar su retiro a los 79 años, llevaba una vida casi monacal, concentrado en la escritura y haciendo largos en la piscina. El autor había visto a su padre morir de un infarto masivo y en uno de sus libros, Patrimonio, además de evocar a la figura paterna traza paralelismos con un destino fatalista que lo acechaba.

Cuando Roth ingresó hace unos meses en un hospital de Nueva York, sabía que su carrera contra la muerte había concluido, pero en la huida había conseguido su objetivo: escribir novelas que definieron y reflejaron la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos.

Roth comprendió pronto que debía apoyarse en el cuerpo, cuya belleza y vigor son efímeros, para dar la batalla de una existencia fructífera. Ya instalado en la vejez, los largos al amanecer en la soledad de su granja marcaban distancia con la muerte. Su cuerpo era el arma más poderosa para ahuyentar el derrumbe gradual. Él mismo confesaba que abrir los ojos cada día era de por sí un milagro.

El cuerpo es potente y glorioso en la juventud, cuando la mente nos engaña bajo la falsa impresión de que la lozanía es sinónimo de inmortalidad. Pero este organismo palpitante tiene fecha de caducidad -hace poco leía la reflexión de la escritora alemana Andrea Köhler, para quien la vida es una mera espera entre el principio y el fin- y con el paso del tiempo el armazón que nos sostiene, nos desplaza y alberga el cableado de la mente, cede como un edificio con grietas que tarde o temprano ha de ser clausurado.

Si la vida es un paréntesis entre el nacimiento y el estertor, en el intervalo (para unos prolongado y, para otros, breve) el cuerpo es el motor que proporciona oxígeno al intelecto y la muralla que contiene la inevitable oxidación. Consciente de que las arterias obstruidas le jugaban una mala pasada, cuando Roth nadaba abría surcos para bombear su sangre y guarecer su corazón de un estallido fulminante.

El cuerpo. Con él amamos. Lo entregamos como un regalo. De él salen hijos. Lo maltratamos. Lo abandonamos por momentos. Lo condenamos a la inercia o lo trajinamos frenéticamente. A veces lo alquilamos o incluso lo donamos. Lo llevamos a todas partes porque no se puede separar de quienes somos. O se queda quieto haciéndole compañía a un ánimo adormecido.

En la espera entre la vida y la muerte Philip Roth escribió febrilmente y nadó a diario dos horas con la abnegación de un samurai. Al recordarlo, la novelista británica Zadie Smith evocó una conversación en la que Roth le contó lo que pasaba por su cabeza cuando nadaba: elegía un año de su vida y repasaba lo que había hecho a lo largo de ese año, incluyendo lo que había ocurrido en ese periodo en Nueva York, en América y en el mundo. Con cada brazada armaba el universo de su escritura en la comunión entre cuerpo y mente.

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