[ECONOMÍA]

Crecimiento

Cada vez que un entendido en macroeconomía abre la boca, y no digamos ya si se trata del presidente de un banco, lo hace para recordarnos que sin crecimiento continuo los españoles no saldremos de la crisis. Las cifras inferiores a un 1%, que son las que tenemos, se califican de atonía, cuando no de marcha atrás, y se suspira por llegar al menos a un 3% de subida. En el buen entendido de que, si no se mantiene ese ritmo, volveremos al drama.

En el último medio siglo, el crecimiento continuo se mantuvo gracias al comercio desigual con los países del tercer mundo, comprándoles a un coste bajo las materias primas y los alimentos para venderles luego maquinarias y abalorios a precio de canario joven. España, que exporta poco, creció transformando solares en edificios mientras hubo quien se los quedase. Pero está claro que ninguna de esas dos vías es sostenible, por decirlo usando el mantra de la posmodernidad. La capacidad de los países en vías de desarrollo –otro eufemismo– para comprar nuestros juguetitos tiene un límite, y el chantaje de limitar la economía de mercado libre a nuestras exportaciones, también. Lo del ladrillazo se ha caído por sí solo, pero al resto le queda poco para seguir el desplome, si no se ha presentado ya. Pero los gurús de lo económico siguen insistiendo en que hay que crecer sea como fuere. ¿Qué podemos hacer para lograrlo? La nueva fórmula consiste, ya que no cabe seguir explotando como antes a los de fuera, en intentarlo con los de dentro.

Tal panorama está al alcance de los ojos de quien quiera abrirlos: salarios de miseria, empleos tan precarios que el trabajador se da por contento con un contrato-basura y desaparición de las claves principales que componían el Estado del bienestar.

Esa tendencia a la baja de empleo, salario y prestaciones que nos venden como efecto secundario de la crisis aunque es, ya digo, un componente estructural, queda implícita siempre que se habla de la necesidad del crecimiento continuo. Pero tiene también sus días contados porque llegará el momento en que hayamos perdido ya todos los beneficios sociales y los sueldos no pueden bajar más. ¿Qué sucederá a partir de entonces, cuando no podamos crecer? La respuesta es fácil: una quiebra de nuestro sistema económico. Tal vez no esté tan lejos. Y comienzan a aparecer alternativas. Los llamados –porque lo son– fundamentalistas musulmanes de los países que se han liberado de los sátrapas están ganando las elecciones libres por doquier. La principal razón de su triunfo no es religiosa: ejercen tareas asistenciales respecto de los más menesterosos, que son casi todos, así que se ganan la voluntad del votante. Y no siguen ningún modelo de crecimiento sostenido como pauta. ¿Qué pasará cuando su ejemplo se exporte a los países de Occidente? ¿Estamos condenados a volver a la Edad Media por la vía de las urnas? Pues va a ser que sí, a menos que nuestros talentos económicos den con una alternativa para la modernidad. Una que no pase por ese crecimiento obligatorio y cada vez más improbable.

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