Huellas híbridas

‘Denisova 11’, hija de dos especies ancestrales

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Cualquiera que no esté familiarizado con la evolución humana, pero que lea las noticias de ciencia de los periódicos, sacará la conclusión de que cada vez que se recupera el genoma de un ancestro de Homo sapiens el resultado da muestras de que se ha producido una hibridación entre diferentes especies. Algo que está siendo recurrente a la hora de narrar cómo fueron y qué hicieron las distintas formas de homininos en los tiempos inmediatamente anteriores al surgimiento de los humanos modernos, es decir, de nosotros mismos. Sucede que nuestra especie está tan próxima a la de los neandertales, y también a la identificada hace poco de los denisovanos —unos misteriosos parientes asiáticos de los que apenas se conoce otra cosa que su código genético— que las barreras que mantienen la separación entre los linajes de distintas especies fallaron a menudo. Se han detectado, como se sabe, hibridaciones entre humanos modernos y neandertales, entre neandertales y denisovanos, entre denisovanos y humanos modernos y entre distintas poblaciones de nuestros primeros antepasados directos, todos ellos africanos, que se mezclaron para dar lugar a Homo sapiens.

Dentro de la proliferación de tales huellas híbridas es en especial importante el caso de una hembra de la cueva de Denisova (montañas Altai, Siberia) cuyo genoma acaba de ser recuperado de un fragmento de hueso largo roto en más de 2 mil fragmentos, el ejemplar llamado “Denisova 11”.

Un artículo publicado en la revista Nature por Viviane Slon, investigadora del Departamento de Genética del Instituto Max Planck de Leipzig —el dirigido por Svante Pääbo, vamos—, y sus colaboradores, entre los que se encuentra el propio Pääbo, pone de manifiesto que Denisova 11 era hija de una madre neandertal y un padre denisovano. Con el añadido de que la madre se encontraba más cerca en términos genéticos de los neandertales europeos que de los ejemplares de esa especie hallados con anterioridad en la misma cueva de Denisova.

Son varias las conclusiones que sacan los autores. La primera que, como resulta lógico, se tuvieron que dar diferentes migraciones de los neandertales hacia Asia, habida cuenta de las características de la madre de Denisova 11. Pero lo más interesante es que se haya podido identificar —aunque solo sea por medio de un fragmento de hueso de imposible identificación— a un híbrido directo. Si resulta común identificar huellas de hibridación antigua en casi cualquier humano de los últimos 100 o 150 mil años, al tener en cuenta lo escasos que son esos restos, resulta sorprendente haber dado con alguien de una primera generación de híbridos. Cabe atribuirlo a la suerte, por supuesto, pero es más lógico pensar, como hacen Slon y colaboradores, que el cruce entre denisovanos y neandertales no fue nada excepcional.

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