Cartas desde Europa

Digitales versus letrados

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Uno de los diarios de más circulación en España ha publicado un reportaje que debería discutirse en los ministerios, consejerías de educación, juntas de gobierno de las universidades y claustros de las escuelas de educación primaria y secundaria. El reportaje en cuestión abre diciendo que los gurús de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios en los que en las aulas no hay ni tabletas ni ordenadores, y prohíben luego por contrato a las niñeras y canguros que vayan a su trabajo con teléfono móvil. No es una afirmación lanzada a tumba abierta: se citan ejemplos como los del colegio privado Waldorf of Peninsula, al que acuden hijos de directivos de los principales gigantes del mundo digital, como son Google y Apple.

Al leer la noticia me vino a la memoria de inmediato que la primera vez que estuve de profesor invitado en una universidad americana, la de California en Davis, nada más llegar vi que en el despacho de Francisco Ayala —mi anfitrión— no había computadora alguna. Como corrían los años en que la revolución digital estaba cambiando el mundo, ni se me pasó por la cabeza que a uno de los centros de mayor prestigio de todo el mundo en investigación y docencia se le hubiese escapado ese tren en marcha. No me atreví a preguntar si tenían ordenadores porque sospechaba que iba a pasar por idiota. Y menos mal que no lo hice porque, al ir al laboratorio en el que iba a trabajar, y donde estaban los que llevaban a cabo los proyectos de investigación —los machacas como yo, vamos— comprobé que sí, que hasta los becarios tenían su máquina. Pero Francisco Ayala lucía sobre su mesa papel (amarillo) y lápiz, ni bolígrafo ni pluma; un lápiz con goma en la parte de abajo para poder borrar lo escrito. En las estanterías, libros, muchos libros, y las colecciones de revistas que a mí, en España, me resultaba muy difícil que me prestasen en la biblioteca.

Está claro quién acierta y quién se equivoca ahora que hemos desterrado los manuscritos, y hasta la tinta y el papel casi. Porque, sobre todo cuando se es muy niño, la riqueza que supone el aprender a leer y a escribir, a escribir a mano con una caligrafía aceptable, ha sido uno de los motores principales de la civilización desde hace cerca de 10 mil años. La invención de la imprenta multiplicó los efectos beneficiosos de la escritura. El auge de los ordenadores se los está cargando.

Quienes confunden lenguaje con idioma, música con ruido, literatura con propaganda y sociedad con patria caen de manera fácil en la perversión de sustituir la cuartilla por una pantalla. Todos hemos visto parejas en los restaurantes en las que uno y otro, o una y otra, o como quiera que se combinen los gustos, están concentrados en su móvil e ignoran al compañero de mesa. Pero los gurús del mundo digital solo son el demonio que nos brindó la tentación de morder la manzana. No quieren para sus hijos semejante disparate.

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