[ALIMENTACIÓN]

Dulce cabildeo

Cada año se producen unos 160 millones de toneladas de azúcar por un valor de 64 mil millones de dólares, según la FAO. La producción aumentará hasta las 207 millones de toneladas a pesar de los estudios que asocian su consumo con distintas enfermedades relacionadas con el sobrepeso.

En Amarga Dulzura, las periodistas Laura Villadiego y Nazaret Castro atribuyen este aumento al llamado lobby del azúcar. Los representantes políticos tanto en el plano nacional como en el internacional han cedido a la presión política de los productores de azúcar y de la industria alimenticia.

Hace 10 años, la OMS publicaba un informe preliminar que recomendaba limitar la ingesta total de azúcares al 10% de las calorías diarias. Pero la industria del azúcar encabezó una campaña, apoyada por el secretario de Salud, para difamar a la OMS y cuestionar la veracidad de los datos arrojados. La presión consiguió que Estados Unidos redujera sus aportaciones a Naciones Unidas. The Sugar Association aportó otros estudios que elevaban la ingesta de azúcar recomendada al 25% del total de las calorías.

Hace un año, la OMS volvía a la carga con unos nuevos Principios rectores para el consumo de azúcar, además de definir la obesidad como pandemia global. Una vez más, recomendaba que la ingesta no superara el 10% del total de energía consumida a diario, aunque incluso recomienda mantenerla debajo del 5%. La industria del azúcar no se da por vencida y contraataca. En su página web, The Sugar Association acusa a la OMS de falta de objetividad y transparencia.

Ceñirse a las recomendaciones de la OMS resulta cada vez más difícil con modelos alimenticios que se basan en el consumo de azúcares. No se trata solo de los refrescos, bollería, chocolates y alimentos azucarados. También abundan los llamados azúcares invisibles que se añaden a productos salados como las pastas congeladas, salsas como el ketchup y la mayonesa, hojaldres y otros productos que, juntos, alcanzan hasta el 80% de nuestra ingesta calórica total.

El ajetreo de la vida en la ciudad fomenta la comida rápida, tanto en locales baratos con pocos controles sanitarios como en la compra de productos que sólo hace falta colocar un par de minutos en el microondas.

Por otro lado, la etiquetación ininteligible de los productos del supermercado provoca que hasta personas con algo de conocimientos pasen por alto que sustancias como la dextrosa, el dextrano o el jugo de caña evaporado son azúcares. En 2010, el Parlamento Europeo rechazó una propuesta que buscaba simplificar las etiquetas con un código tricolor, de forma que cualquiera pudiera detectar con una simple ojeada el nivel de azúcares de los alimentos de la cesta. Varios eurodiputados reconocieron haber recibido fuertes presiones de la industria alimentaria e incluso instrucciones para votar de determinada manera, como denuncian en La Marea Laura Villadiego y Nazaret Castro.

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