[RECORTES]

Echando el cerrojo

Dos universidades griegas, con la más antigua del país, la Nacional y Capodistriana, entre ellas, han echado el cerrojo a sus puertas. El equivalente en España sería el del cierre de la universidad de Salamanca, una de las primeras que surgieron en todo Europa, por cierto, pero el tamaño de la griega –con 125 mil alumnos y cerca de 2 mil profesores– la aproximan más a la de Central de Barcelona o a la Complutense de Madrid.

La segunda universidad griega que ha dejado de impartir clases, la Politécnica de Atenas, es más pequeña pero fue allí donde se mantuvo el núcleo de la resistencia estudiantil contra la dictadura militar. Ambas han tomado la decisión de “suspender sus operaciones” dada su “objetiva incapacidad de educar e investigar”. Bajo tales eufemismos la realidad que asoma no se le escapa a nadie: los recortes económicos convierten en imposible la enseñanza universitaria.

Puede que sea el tufillo corporativista –al fin y al cabo soy profesor– el que haga que me salten las alarmas ante la noticia de que una universidad cierra. Cabría sostener que aún más grave es que cierre un hospital, o incluso las escuelas infantiles, pero se trataría de una discusión retórica. Cuando llegan tiempos en los que cualquiera de esas barbaridades aparece cabe entender que se trata de un apaga y vámonos.

Ahora que tanto se discute en Europa acerca de si el Estado del bienestar no habrá desaparecido ya para siempre convendría que nos percatásemos de que lo que anda en juego va más allá. Olvidémonos de la cultura de las subvenciones, de la picaresca de los subsidios y del derroche de las instituciones vacías, entre las que ocupa un lugar excelso el foro aquél de la alianza de civilizaciones. Poco podrá aliarse aquello que no existe y con las medidas que están recortando los pilares esenciales de la educación y la sanidad nos estamos cargando la idea misma de civilización tal y como la heredamos de nuestros bisabuelos ilustrados.

Habrá quien piense que el cierre de las universidades griegas está más cerca de la huelga que de la quiebra, que se trata de una medida de presión encaminada a que el ministro de turno conceda unos presupuestos más holgados a las facultades y escuelas. Ojalá que sea así porque es notorio que ningún Gobierno puede permitirse algo de ese estilo.

En España sería inimaginable que la Central de Barcelona o la Complutense cerrasen sus puertas. Pero incluso en ese caso lo ocurrido pone de relieve el deterioro absoluto al que nos ha llevado la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas unida al despilfarro brutal en los Estados en situación crítica –como España– de los recursos empleados para mantener administraciones inútiles y cargos desmedidos. La utopía consiste, hoy, en imaginar que no es la universidad más grande la que cierra sino el colectivo de los asesores políticos o, ya que estamos, el Senado español.

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