[CRISIS POLÍTICA EN SIRIA]

Elevan presión contra Assad

Obama y Erdogan se mostraron confiados en los resultados de la conferencia sobre Siria, que se celebrará el mes próximo en Ginebra con la participación de Rusia.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, acordaron esta semana una estrategia conjunta para poner fin a la guerra en Siria que incluye la salida del poder del actual líder de ese país, Bachar el Assad. Obama y Erdogan anunciaron también que sus gobiernos y otros están intercambiando datos sobre el uso de armas químicas en Siria que serán presentados en su momento ante la comunidad internacional para reforzar los argumentos contra el régimen de Damasco.

En una conferencia de prensa conjunta, Obama sostuvo que, actualmente, su prioridad es la de trabajar con Turquía y otros aliados con el fin de “preparar una transición hacia un gobierno representativo”, pero recordó que siguen sobre la mesa “otras alternativas diplomáticas y militares”.

Obama y Erdogan expresaron confianza en los resultados de la conferencia sobre Siria que se celebrará el mes próximo en Ginebra y en la que participará Rusia, que todavía defiende la legitimidad de El Assad. Ambos coincidieron en que el objetivo de esa conferencia y de su actividad diplomática actual es el de, como dijo el primer ministro turco, “sustituir el actual gobierno totalitario por un gobierno democrático”.

El Presidente norteamericano admitió que no existe una fecha límite para conseguirlo, aunque manifestó que “cuanto antes mejor”. En cuanto al modo, Obama dijo que “no existe una receta mágica para conseguirlo”. Tanto él como Erdogan insistieron en que lo más importante en este momento es “fortalecer políticamente a los grupos de oposición” para evitar un caos tras la caída de El Assad, y los dos se comprometieron a crear presión internacional suficiente como para que el dictador sirio se vea forzado a abandonar. En ese sentido, Erdogan valoró como “muy importante” la posición de Rusia y de China.

Turquía se ha convertido en una aliado imprescindible para Estados Unidos, el segundo más importante, después de Israel, de cara a su política en Oriente Próximo. Siempre lo ha sido desde que Obama llegó a la Casa Blanca. Hay que recordar que fue ante el Parlamento turco en Ankara, antes aún de su célebre discurso de El Cairo, donde el Presidente norteamericano habló por primera vez de una nueva era de entendimiento con los musulmanes.

El papel de Turquía creció aún más tras el estallido de la primavera árabe y, sobre todo, después de la caída de Hosni Mubarak y de la llegada al poder en Egipto –el tradicional principal aliado de Washington en el mundo árabe– de un gobierno de ideología islamista.

Obama siempre ha enseñado al modelo turco, con un gobierno también islamista, como un espejo en el que debe mirarse el presidente egipcio, Mohamed Morsi, y otros gobernantes árabes que tratan de reconciliar la democratización que exigen los ciudadanos y los tiempos con la influencia que la religión sigue teniendo en los países musulmanes.

Turquía es, por tanto, ahora una pieza fundamental en el nuevo orden que EU trata de construir en esa parte del mundo. Erdogan recibió en Washington el tratamiento que se reserva para los visitantes más ilustres, incluidas cena y rueda de prensa en el Rose Garden de la Casa Blanca. Obama menciona frecuentemente al primer ministro turco en la lista de sus más próximos amigos en el mundo, y es raro el mes que pasa en que ambos no conversan por teléfono. La intervención de Obama fue decisiva el mes pasado para conseguir la reconciliación entre Turquía e Israel, cuyas relaciones quedaron congeladas como consecuencia del episodio de la flotilla de Gaza, en 2010.

El Presidente norteamericano peleó intensamente por esa normalización, que resulta vital de cara a su estrategia internacional. Además de su función estratégica como miembro de la OTAN, entre los intereses que Turquía comparte con EU en estos momentos, están prácticamente todos los que afectan a la seguridad de Oriente Próximo, los Balcanes y Asia Central y la estabilidad en el mundo árabe e islámico, incluidos el futuro de Afganistán y la solución al problema de la nuclearización de Irán.

Turquía, con vocación de gran potencia y una historia de presencia imperial en el área, cree que este es el momento adecuado de recuperar una influencia que desapareció durante muchas décadas.

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