[GUERRILLA COLOMBIANA]

Escepticismo y suspicacia

El presidente, Juan Manuel Santos, dice que el anuncio no es suficiente. Después de cinco décadas de sangre, lo que él y los colombianos exigen a las FARC es que entreguen las armas.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se descolgaron el domingo con un anuncio, en teoría, importante: además de liberar a los 10 miembros de las fuerzas de seguridad que les quedan en su poder, se comprometen a poner fin a los secuestros extorsivos de civiles (“retenciones de personas con fines financieros”, dicen ellos sin pudor). Todo ello como gesto inequívoco de su grandeza y su disposición al diálogo.

Pasado el primer impacto del titular, conviene sin embargo armarse de escepticismo y suspicacia. Estos repentinos propósitos de reconciliación de las FARC chocan con el incremento de atentados con explosivos desde comienzos de año. El comunicado, además, coincide con una ofensiva del Ejército en la frontera con Venezuela, en la zona donde se mueve Rodrigo Londoño, Timochenko, el jefe de la guerrilla.

No nos engañemos: los secuestros ya no eran un buen negocio para las FARC. El grupo armado clasificaba a sus cautivos en dos categorías: los “civiles”, con los que se financiaba, y los “canjeables” –políticos y miembros de las fuerzas de seguridad–, con los que pretendía negociar la excarcelación de guerrilleros.

Los sucesivos golpes del Ejército colombiano, como el rescate de Ingrid Betancourt en el verano de 2008, habían dejado a las FARC sin rehenes emblemáticos. Y la captura de civiles tampoco les aportaba demasiado a sus arcas, frente a otras vías de financiación mucho más rentables, como el tráfico de cocaína.

Hay otras razones para la desconfianza: el cumplimiento de la palabra dada nunca ha sido la marca de las FARC. Los cuantiosos documentos incautados en los últimos años han sacado a la luz las patrañas que la guerrilla inventaba para disfrazar sus actos, desde el asesinato de secuestrados a los atentados más salvajes, como la bomba que causó 36 muertos en Bogotá en 2003.

Tampoco se olvida cómo las FARC aprovecharon la tregua abierta con las negociaciones de paz en el Caguán (1998-2002) para hacer acopio de armas y cautivos.

Las FARC ya han intentado antes utilizar las liberaciones de rehenes como instrumento de propaganda. Que en el nuevo comunicado expresen su “admiración” a las familias de los soldados y policías retenidos (encadenados y en condiciones infames) es otra muestra de un cinismo estremecedor.

El presidente, Juan Manuel Santos, dice que el anuncio no es suficiente. Después de cinco décadas de sangre, lo que él y los colombianos exigen a las FARC es que entreguen las armas y dejen de someter al país al chantaje permanente e inútil del terrorismo.

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