[SOCIEDAD INFORMADA]

Estratos

La diferencia entre una persona que fundamenta sus conocimientos en años de estudio y en bases científicas y la que simplemente se informa, está bien definida

Es evidente que una persona que se informa cuenta con recursos que le permiten ver con objetividad el mundo que tiene a su alrededor. Como es imposible, sin embargo, estar informado de todo, cada uno elige el nivel y la dosis que le sugieren sus intereses, sus gustos y sus inclinaciones. Que nos gusta el bochincheo de la vida de los famosos, pues ahí está a mano la prensa del corazón; que nos gusta el arte, el cine o la literatura, pues para eso hay secciones especializadas; y si necesitamos como se requiere respirar enterarnos, porque somos un poco masoquistas, de las barbaridades que los políticos hacen con nosotros y nuestros países, basten los noticieros y los programas de análisis, que no solo nos ponen los cabellos de punta sino que en ocasiones nos saturan.

En vista de que hoy estoy saturada de política y sus derivados, prescindo de esos temas para ir a otros más cotidianos.

La facilidad que nos brinda internet para tener acceso a la información es infinita, y desde que usamos esa herramienta, han surgido entre nosotros gente informada en los más distintos campos de la sapiencia, entre ellos el campo de la medicina.

En la era a.i (antes de internet), no nos quedaba otro remedio que confiar ciegamente en la palabra de los doctores y seguir sus consejos y recetas. No obstante, siempre había algunos privilegiados que por diversos motivos (el más común era que un miembro de la familia hubiera estudiado medicina), tenían en la biblioteca manuales de urgencia o libros especializados con los que poder torturarse a placer sobre las características de sus males. Ahora que internet nos pone al alcance de una tecla el sufrimiento, la tortura es más refinada.

Por regla general, los que buscan información médica en internet ocupan dos niveles distintos: los que necesitan estar bien empapados de la enfermedad que les aqueja para combatirla mejor y recurren a fuentes recomendadas por su médico, y los que dan palos de ciego entre montañas de información sobre sus síntomas, el tratamiento, la esperanza de vida y las posibles complicaciones. Entre estos suelen estar los hipocondriacos, de los que existen a su vez dos tipos: el que nunca va a la consulta, porque está seguro de que si va, le encuentran algo; y el que aterrado por la dolencia, que supone siempre que es terminal (esa es precisamente su tragedia), sufre en silencio el trastorno de la hipocondría que mueve a la burla a los que no lo padecen. Pero eso es otro asunto.

A veces, el enfermo, hipocondriaco o no, pero cargado de información, se atreve a compartir con su médico de cabecera o su especialista lo que ha aprendido. Grave error. Acaba de introducirse en coto vedado. Si quiere ver a su médico indignado, ese enfermo no tiene más que contarle, haciéndose el listillo a ser posible, que dado que sus pulsaciones son bajas, ha buscado en internet y ahora sabe que lo que tiene se llama bradicardia y que probablemente se lo produce uno de los medicamentos que toma y que por supuesto le ha prescrito ese mismo galeno.

La indignación del médico no solo es justa sino necesaria. Partimos de la base de que este debe explicar a su paciente lo que tiene de modo sencillo, sobre todo si se le requiere, pero ocurre que las informaciones de internet son un cúmulo de generalidades, mientras que la persona que el doctor tiene delante es un enfermo con características propias de las que dan fe las pruebas que reposan en la hoja clínica y que solo la ciencia sabe interpretar, discernir y medir.

La diferencia entre una persona que fundamenta sus conocimientos, en la materia que sea, en años de estudio y en bases científicas y la que simplemente se informa, está bien definida. La primera ha ido formando su sabiduría con estratos solidificados; la segunda adquiere una pátina brillante y válida, pero que no le confiere el derecho a creer que sabe de todo en profundidad.

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