[EN LA CORTA DISTANCIA]

García Márquez en Lisboa

Cuando yo lo conocí, García Márquez tenía encima la leyenda de escritor disciplinado y en acertada frase del editor Carlos Barral ´trabajaba con horario de un obrero y vivía como un burgués´.

Ayer regresé de Lisboa, de un congreso literario sobre García Márquez, noticia la semana pasada porque su hermano Jaime hizo oficialmente público lo que muchos ya sabíamos: que la demencia senil le borra los recuerdos y le roba la memoria. Aquel tratamiento de hace unos años en Los Ángeles, para ganarle la batalla al cáncer linfático que padecía, también le quemó la cabeza. Cuando conocí a García Márquez en la casa barcelonesa de Vargas Llosa, en el barrio de Sarriá, en octubre de 1972, hace casi 40 años, García Márquez vestía un mono –un overol– de mecánico de color azul, que se había convertido en su legendario y cotidiano uniforme de trabajo. Su trabajo, desde hacía muchos años, era escribir, escribir cuentos, escribir novelas, escribir reportajes. En fin, escribir literatura. Esa escritura literaria, ya entonces de excelencia, tenía su origen, como se sabe de sobra, en tres pilares: los cuentos que verbalmente le contaba su abuelo, las lecturas incluso desordenadas que lo convirtieron desde muy joven en un lector cuya curiosidad intelectual y literaria no tenía dimensión y finalmente el gusto por la filigrana verbal, por la magia de la palabra que ya lo había llevado, gracias sobre todo a la escritura y publicación en 1967 de Cien años de soledad, en la ciudad de Buenos Aires, a la cúspide de lo que ya se conocería por los años de los años y en todos los ámbitos culturales del mundo como el boom de la novela latinoamericana de los años 60.

El impacto intelectual, editorial, literario, cultural y social del boom fue, en efecto, una bomba que estalló, título a título, a lo largo de los años 60: La ciudad y los perros, Rayuela, La casa verde, La muerte de Artemio Cruz, Tres tristes tigres, Cambio de piel y, sobre todo, Cien años de soledad marcaron el insólito ascenso de unas novelas y unos escritores que habían roto con la añeja costumbre del localismo novelesco latinoamericano y se habían convertido en un grupo de cabeza de la literatura universal; un grupo que también despertaba envidias y sospechas; un grupo al que el escritor Luis Guillermo Piazza llegaría a llamar “La mafia” en un borrascoso texto del mismo título publicado en México por Joaquín Mortiz en la Serie del Volador. Y era para envidiarlos: tenían una revista Mundo Nuevo, dirigida por el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, amigo de todos ellos, que marcaba la línea y alumbraba con antelación la publicación de cada uno de sus libros.

Cuando yo lo conocí, en la fecha y lugar indicados al principio, García Márquez tenía encima la leyenda de escritor disciplinado, tanto como Vargas Llosa, una leyenda de escritor que –como el propio Vargas Llosa y en acertada frase del editor Carlos Barral– “trabajaba con horario de un obrero y vivía como un burgués”. Pero, en aquel entonces, a mí García Márquez me pareció un hombre que gustaba de la bohemia, de la conversación larga y reposada, de la noche, la madrugada y el alcohol, sobre todo el ron. Había en todo el aliento de su personalidad una evidente aura Caribe, y el propio García Márquez se perdía por una buena frase, hablaba como escribía, con la misma magia verbal, y con el mismo talento misterioso, escribía como hablaba. Lo frecuenté durante mucho tiempo y me di cuenta de que, prima facie, no me había equivocado, que era tal cual se mostraba, un tipo que se había refinado después de vivir su iniciación y aprendizaje en barrios de putas, tabernas baratas y redacciones periodísticas que se caían a pedazos por lo ruinoso del estado, mientras el escritor levantaba su mundo, palabra sobre palabra, con una fe y una voluntad inquebrantables. Digo que se mataba por una buena frase llena de humor, lo que se llama popularmente en la Colombia Caribe “mamadera de gallo”, porque ejercía su instinto de humorista serio de manera natural, cada vez que abría la boca, cada vez que respiraba. Una de las últimas veces que lo vi, hace algunos años, fue cuando le otorgaron a su amigo Álvaro Mutis el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, galardón del que tengo el honor de ser miembro del jurado desde hace 14 años. Estábamos en el lobby del hotel Reconquista en Oviedo, en plena celebración. Me llamó aparte, como con mucha preocupación. Como si me fuera a preguntar algo muy trascendente. “¿Quién va a ganar el próximo Premio Cervantes?”, me preguntó con una sonrisa malévola. “Tal vez el poeta José Hierro”, le contesté, dubitativo. “Bueno, al fin y al cabo, eso es lo de menos. Lo que yo te quería preguntar de verdad, que es lo verdaderamente importante, es si sigues siendo un buen bebedor de ron”. Eso me lo dijo con una cara muy seria, como si de mi contestación dependiera algo muy relevante. “Sí, claro”, le dije. Suspiró con alivio y me dijo: “Menos mal, creí que te habías vuelto un desertor”.

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