[VISIONES CONTRAPUESTAS]

García Márquez ´vs.´ Kissinger

En la visión del mundo que Kissinger propone en su nuevo libro y con la que García Márquez jamás estaría de acuerdo, es que en el nuevo orden mundial América Latina sería prescindible.
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“Yo decido con quién me siento a la mesa, vámonos a otro lado”, me dijo Gabriel García Márquez una mañana durante la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa en Los Ángeles, en 1996, al enterarse de que compartiría la mesa con Henry Kissinger. “No puedo saludarle de mano”.

Nos fuimos a buscar un CD con 20 diferentes versiones de Guantanamera que nunca encontramos y que yo siempre pensé que era una invención de Gabo, y luego a comer. Cuando regresé a dejarlo en el hotel, ya Kissinger se había ido de la Asamblea, y pensé que la rebelión de Gabo era un capricho del novelista. Luego pensé que como periodista que definía su profesión como “el mejor oficio del mundo”, Gabo se equivocaba evitando oír a Kissinger. Si solo habláramos con almas gemelas los reportajes serían aburridísimos.

Hoy que Kissinger ha publicado lo que bien podría ser su último libro, entiendo un poco más el rencor que Gabo le guardaba a este hombre por su participación en el derrocamiento de Salvador Allende. Aunque debo admitir que a muchos nos resulta difícil diferenciar entre Pinochet y Fidel Castro, el dictador cubano que fue amigo fraternal de Gabo.

El nuevo libro de Kissinger, World Order, es un recuento del desorden mundial actual y una serie de reflexiones sobre cómo podría ser el futuro. A los 91 años Kissinger no parece haber perdido la lucidez para contarnos su versión de cómo fue que el mundo perdió el rumbo y recomendarnos qué se puede hacer para recuperarlo.

El nuevo desorden mundial, dice Kissinger, obedece al creciente vacío de poder creado por el desmantelamiento del Estado moderno en Europa. Con el concepto de la soberanía compartida, los países han perdido su protagonismo internacional. En el Medio Oriente, el Estado ha sido devorado por la negligencia, dando pie a conflictos sectarios y étnicos a menudo exacerbados por las potencias extranjeras. China e India avanzan a ocupar un liderazgo más prominente en el mundo, pero todavía no están ahí. La Rusia de Vladimir Putin mantiene las mismas aspiraciones imperiales que tuvo con Pedro el Grande, y todo el mundo percibe, correctamente, que en Estados Unidos hay menos voluntad y menos poder para dictar el nuevo orden mundial.

Kissinger es benévolo con George W. Bush, y aunque su apoyo a la invasión de Irak fue público y notorio, en este libro admite que se cometió un grave error de cálculo, pues la invasión carecía de suficiente apoyo en Estados Unidos y en Irak. De ahí que esta aventura, al igual que la de Vietnam, tuviera que terminar en una salida apresurada de las tropas estadounidenses.

También señala que la cautela de Barack Obama no llena el vacío de liderazgo, aunque no critica directamente al Presidente. En este mundo dividido en esferas regionales de influencia, escribe Kissinger, Estados Unidos tendrá que escoger con quién se asocia para defender sus intereses, buscando siempre equilibrios de poder para lograr estabilidad. Kissinger aborrece la revolución por su poder desestabilizador.

Pero la desestabilización no la propician solamente los revolucionarios. ¿No fue desestabilizadora la guerra sucia en América del Sur que Kissinger alentó? ¿No perturbó el orden constitucional colaborar en el golpe de Estado que derribó el gobierno de Salvador Allende? ¿No altera el orden planear un ataque a Cuba para “darle una paliza” a los cubanos, como Kissinger planeó en 1976 y recién reveló a The New York Times?

El problema de fondo no es solo la doble personalidad del vocero del orden estabilizador. El gran inconveniente con la visión del mundo que Kissinger propone y con el que García Márquez jamás estaría de acuerdo, es que en este esquema de cosas, América Latina, incluyendo a Brasil, no existe, es decir, es totalmente prescindible.

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