[EN LA CORTA DISTANCIA]

El Huerto de las Flores

Cada vez que recuerdo el Huerto de las Flores, recuerdo la vieja imagen de mi abuelo, sentado entre sus árboles, como un dios humano en medio de su creación.

Mi abuelo paterno, Frasco de Armas Merino, fue el último de los grandes terratenientes históricos del noroeste de la isla de Gran Canaria, era nombrado como “el cacique de Agaete”, pueblo donde se asentaban sus haciendas y fincas, la mitad de las cuales tuvo que vender para hacer frente a la educación de sus 10 hijos y las malas temporadas de cosecha. Aquella fortuna se perdió en el tiempo y en las herencias, que fueron desperdigando el poder y la tenencia de aquellas tierras que mi abuelo recorría a caballo cuando era joven y fuerte.

El rincón de sus tierras que más le gustaba se llamaba el Huerto de las Flores y, en verdad, era un paraíso que él había ido levantando con mimo, planta a planta, árbol a árbol. Allí anidaban, según me decían los mayordomos, los dioses lares y antiguos de la familia, los que habían llegado con la conquista a aquella isla de aborígenes que fueron en la práctica exterminados por los conquistadores de los que procedo directamente. en fin, otro pecado original.

En el Huerto de las Flores no entraban los rayos del sol. Las altas copas de los árboles inmensos impedían que el sol se aposentara y adueñara de la tierra, salvo durante un par de horas al día. Lo demás era sombra fantástica llena de leyendas que las mujeres del servicio, gente que toda la vida trabajó con mi familia, me contaban a medias. Yo era entonces un hombrecito inquieto, hiperactivo, con ganas de conocer todo cuanto se me ponía por delante y, desde la infancia al final de la adolescencia, el Huerto de las Flores fue mi secreto lugar de la vida. Ahí aprendí a jugar yo solo, encontré el vértigo de los primeros escarceos del sexo con niñas bien que llegaban con sus padres a ver a los míos desde la ciudad, al otro lado de la isla. Ahí viví muchos despertares y epifanías, en el Huerto de las Flores, y terminé por saber de cuál árbol era cada uno de los aromas que se iban transformando en perfumes conforme pasaban las horas del día o llegaban las de la noche, llena de misterios y de miedos que poco a poco se convirtieron en mis amigos.

De mayor, porque el huerto para mí es un lugar ubicuo en mi memoria, he visitado el Huerto de las Flores, hoy patrimonio municipal de Agaete, en multitud de ocasiones. He visto cómo se han ido acabando matas raras, árboles únicos, raíces ya inencontrables en la isla. He visto morirse poco a poco el huerto, como se muere de la misma manera la memoria de la familia y todo se va quedando atrás, en unas historias que cuando se cuentan ya no son las mismas que me contaban cuando era niño. El sol entra por donde le da la real gana en la tierra del huerto y el agua falta hasta la sequía. Es la incurría del tiempo la que se ha hecho cargo de todo, mientras los hombres vivan sus urgencias lejos del cuidado de aquel pretérito que al menos mi familia debería cuidar. No sé si es así.

Cuando decidí ser escritor, y la vocación de la “solitaria” (la escritura literaria) comenzó a comerme la conciencia, siempre quise escribir una novela mágica en torno a la magia vegetal y humana de aquel lugar mítico de mi infancia y juventud: el Huerto de las Flores. Lo hice, incluso contra la voluntad de mi padre, y la titulé El árbol del bien y del mal, un homenaje que, como todos los homenajes que hacemos los díscolos a nuestra propia sangre, fue malinterpretado por mis familiares hasta el punto de retirarme la confianza y hasta el saludo durante más de una década.

Pero no hay farsa que cien años dure ni familia que no resista: todo ha vuelto a su lugar, el huerto continúa en su mismo sitio, lleno de sol y solitario. Los dioses lares están allí, escondidos bajo las piedras, en los lugares que menos pensamos. Los mirlos siguen picoteando la piel de los mangos. El viento ulula por las noches, cuando llega la oscuridad pétrea del huerto y nadie quiere estar en su interior.

Recuerdo que mi abuelo Frasco de Armas Merino me veía corretear por aquellos andurriales que él amaba tanto y se sonreía satisfecho. Cuando yo me acercaba a aquel gigante de 80 años, vestido con traje negro, elegantísimo, con botines siempre acharolados y con la corbata negra y su nudo exacto sobre el cuello, el viejo terrateniente me saludaba con el bastón, allí sentado en un banco del Huerto de las Flores, y decía para sí aunque yo lo oyera: “Tú eres distinto a los demás...”. Lo balbuceaba, como si se arrepintiera de que yo lo oyera. Pero, bueno, pasado el tiempo y cada vez que recuerdo el Huerto de las Flores, recuerdo la vieja imagen de mi abuelo, sentado entre sus árboles, como un dios humano en medio de su creación: el Huerto de las Flores.

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