[EXPERIMENTO]

Justicia simiesca

Es sabido que en la ciencia interviene el azar con un peso a veces decisivo. En la recepción de la ciencia, también sucede eso. La aparición en los Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) de un artículo acerca del sentido de la justicia en chimpancés, firmado por investigadores de la Universidad de Georgia y del Yerkes National Primate Research Center de la Emory University, Atlanta (ambas instituciones de Estados Unidos) ha tenido un eco notable en la prensa no especializada.

Aunque se habían publicado con anterioridad otros trabajos acerca de la manera como reaccionan esos simios y otros monos, como los capuchinos y los aulladores, ante situaciones de desigualdad, el que se sostenga que los chimpancés están muy cerca de nosotros rechazando las injusticias toca una clave humana muy sensible.

Pues bien, gracias a haber asistido a principios de mes a un coloquio de la National Academy en la Universidad de California en el que Sarah Brosnan –firmante sénior del artículo del PNAS– presentó los resultados de ese estudio, pude enterarme de su contenido antes de que se publicase.

El experimento de Brosnan y colaboradores (el llamado “juego del ultimátum”) consiste en dar a parejas de chimpancés la posibilidad de que se repartan algunos objetos valiosos –que pueden cambiarse por comida– de tal forma que un simio ofrece cómo se repartirán y el otro acepta o no esa oferta. Si no la acepta, ambos se quedan sin nada. Las conclusiones son contrarias a las que obtuvieron Josep Call y Michael Tomasello en experimentos equivalentes realizados en el Instituto Max Planck de Leipzig (Alemania). En los trabajos europeos, los simios se mostraron racionalistas absolutos, aceptando cualquier intercambio ya fuese justo o injusto porque, de lo contrario, se quedaban de vacío. En los americanos, los chimpancés rechazaron el trato vejatorio.

¿Qué experimento merece más confianza? Unos y otros muestran puntos débiles y carencias porque, de manera inevitable, una investigación de ese estilo supone trasgredir el sistema de vida natural de los chimpancés, en el que no existen tales intercambios con “dinero” por medio.

Es necesario afinar el procedimiento experimental y, en particular, sería bueno que se aumentase tanto el peso estadístico de los ensayos como la congruencia de los resultados, un tanto variables de momento. Pero lo más interesante es la conducta en unas condiciones en las que lo obtenido en el reparto no depende de que este sea aceptado (un juego algo diferente, el del “dictador).

En este segundo caso, tanto los chimpancés como los seres humanos se manifiestan, de acuerdo con Brosnan y colaboradores, egoístas negándose a dar parte de lo que consideran suyo. Pero no siempre es así en el caso de nuestra especie. Tampoco cabría darlo por cierto, sin estudios más precisos, cuando se trata de chimpancés.

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