[POLÍTICA EXTERIOR]

Obama y el excepcionalismo

El movimiento neoconservador y sus cajas de resonancia definen el excepcionalismo estadounidense como acto de fe incontrovertible y lo incorporan a la campaña presidencial.

Primero vino la noticia de la muerte de Muammar Gaddafi, descubierto por los rebeldes en un tubo de drenaje y anónimamente asesinado a sangre fría. Luego, el inesperado anuncio de la retirada total de las tropas estadounidenses en Irak para fines de este año, y por último, un discurso del presidente Barack Obama en el que hace suya la victoria en Libia, declara la renovación del liderazgo estadounidense en el mundo y urge al Congreso a aprobar su proyecto de ley para impulsar la creación de trabajos en el país.

La concatenación que hace Obama de los sucesos no es totalmente casual por más súbitos que hayan sido los desarrollos en Libia y en Irak. El discurso de Obama aterriza los dos temas de política exterior en un llamado a la acción política interna para inscribirlo en el ámbito del proceso electoral que culminará con la elección de 2012.

El regocijo del Presidente por el final de la dictadura en Libia es legítimo, porque la intervención tuvo una justificación moral incuestionable inclusive admitiendo que la desafortunada impaciencia de los rebeldes impidió que el sátrapa fuera juzgado ante un tribunal de justicia.

Militarmente, la operación es también un enorme triunfo para Obama porque logra su objetivo sin exponer la vida de un solo estadounidense, utilizando armas tecnológicamente avanzadas y a un costo bajísimo. Y a este nuevo triunfo en política exterior habría que añadirle la eliminación de Osama bin Laden y de otros dirigentes de Al Qaeda.

En lo referente al anuncio de la retirada de las tropas de Irak de manera tan súbita se sabe que lo que precipitó su decisión fue la negativa del gobierno iraquí a otorgarle inmunidad a los asesores militares norteamericanos que permanecerían para entrenar a las fuerzas militares y policíacas iraquíes. Sin duda, las imágenes de Abu Ghraib pesaron en la decisión.

De cualquier modo, hay que aplaudir la decisión del Presidente de terminar una guerra que nunca debió emprenderse porque partió de premisas falsas, que ocasionó la muerte de decenas de miles de civiles iraquíes y 4 mil 400 soldados estadounidenses, y que en el curso de nueve años le ha costado a los contribuyentes norteamericanos más de un millón de millones de dólares, (un trillón de dólares en inglés) y porque ya era hora que cumpliera su promesa de campaña.

Lo preocupante, en todo caso, es el tono triunfalista que el Presidente utilizó en su discurso en tanto que reconoce y refleja la rimbombante retórica que el neo conservadurismo nacionalista del Tea Party ha impuesto al discurso de los aspirantes a la candidatura presidencial del partido republicano.

La estrategia de la extrema derecha norteamericana y sus cajas de resonancia en los medios y en el proceso de selección del candidato del partido republicano es presentar a Obama como un hombre débil de carácter que viaja por el mundo ofreciendo disculpas por el comportamiento de su país. Y cuando el partido republicano revive el dogma nacional del excepcionalismo estadounidense por mandato divino no solo están arengando a los fieles. Su objetivo político es acusar a Obama de ser el primer presidente que niega su naturaleza excepcional. Considere por ejemplo lo dicho por Mitt Romney en su reciente discurso sobre política exterior. “Dios no creó a este país para ser una nación de seguidores. El deber de América es liderar al mundo”. “¿Por qué razón? ” preguntó retóricamente, “porque somos un país excepcional destinado a jugar un papel único en el mundo”.

Así las cosas, con este discurso el Presidente parece indicar que llegado el momento de la verdad bien podría olvidarse de los discursos en los que hablaba de menos protagonismo estadounidense en un nuevo mundo en el que participan nuevos actores, para treparse al carro del excepcionalismo dictado por Dios.

Estados Unidos es un país con muchas virtudes pero el excepcionalismo no es una de ellas. El día en el que China será la primera potencia económica mundial no está muy lejano y más vale que los estadounidenses se apresuren a reconocer este hecho irrefutable. Obama lo sabe, ojalá que no lo olvide en el fragor de la contienda.

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