Arthur Miller

Panorama desde el hijo no amado

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Crecimos con las obras de Arthur Miller. Todavía conservo el recuerdo de Estudio 1, teatro grabado en Televisión Española que veía durante mi preadolescencia los viernes en la noche. Fue así como, incluso antes de las obligadas lecturas escolares, descubrí La muerte de un viajante y Panorama desde el puente, dos famosas obras teatrales del dramaturgo estadounidense más popular del siglo XX.

La vida de Arthur Miller, desde sus tropiezos por la caza de brujas que desató el macartismo hasta su tumultuoso matrimonio con Marilyn Monroe, siempre nos pareció cercana. Aunque era un autor consagrado, sus personajes, atrapados en las grietas del sueño americano nos resultaban familiares. Aquellos dramas tan netamente neoyorkinos tenían ecos universales sobre las angustias vitales del hombre y sus dilemas éticos. Willy Loman, el viajante abocado al abismo de su fracaso, bien podía habitar las calles de Madrid, donde el público se identificaba con la soledad más absoluta del personaje que en 1949 le dio el espaldarazo definitivo a Miller.

Poco quedaba por decir de un escritor tan famoso. Sin embargo, con el estreno en HBO del documental que ha dirigido su hija Rebecca Miller, sale a relucir el personaje más íntimo, producto de horas de filmación en su casa de campo en Connecticut que la tercera de sus hijos comenzó a grabar hace 30 años.

Rebecca Miller es fruto del tercer matrimonio del dramaturgo con la prestigiosa fotógrafa austriaca Inge Morath, con quien se casó poco después de separarse de Marilyn Monroe en 1961. A lo largo del documental, titulado Arthur Miller: writer, se palpa la estrecha relación entre padre e hija, unidos por el amor a la escritura y las artes. Con el paso del tiempo, Rebecca Miller llegaría a ser una notable escritora y directora cuya pareja es el actor británico Daniel Day Lewis.

El deseo de la hija de Arthur Miller ha sido rendirle homenaje a un hombre que, además de referente intelectual, sobre todo fue para ella un padre muy cariñoso, lejos de la imagen del intelectual distante. Pero tampoco ha evitado asomarse a temas complejos. Indudablemente, el aspecto más oscuro de esta figura de la que los obituarios destacaron su “compromiso moral” con causas sociales y políticas, es el del cuarto hijo que tuvo (nacido unos años después que Rebecca) y que a los pocos días de su nacimiento Miller y su esposa Inge entregaron a una institución a cargo de personas con discapacidades mentales.

Daniel, el hijo del que Arthur Miller jamás habló en público, al que no dedicó ni una línea en su autobiografía y quien no acompañó a sus hermanos en el entierro del padre, nació en 1966 con síndrome de Down. De inmediato, y a pesar de las objeciones de su esposa, el escritor decidió apartarlo de la vida familiar y pública y lo dejó bajo la tutela de extraños. En 2007 la revista Vanity Fair publicó un exposé sobre el secreto mejor guardado del aclamado autor: la existencia de un muchacho al que su madre visitaba con asiduidad y que aparentemente quedó al cuidado de un matrimonio.

En su documental Rebecca Miller le dice a su padre que le gustaría hablar de ese hermano que permaneció en las sombras. Arthur Miller parece dispuesto a hacerlo en algún otro momento, pero lo cierto es que eso nunca se filmó. La propia Rebecca admite que tampoco insistió porque para ella, criada por una madre y un padre amorosos que le dieron todo, era demasiado duro abordar un tema que contradice esa empatía con la humanidad que destilan las obras de su progenitor. A fin de cuentas, Miller había echado de su “paraíso” particular a esa criatura “imperfecta”, en parte, tal y como llegó a decir, para no someter a su hija a los rigores de tener que convivir con un niño con necesidades especiales.

Con los años, y gracias, según parece, a la intervención de Daniel Day Lewis, Rebecca estrechó lazos con ese hermano que creció como un huérfano, alejado de la existencia privilegiada del clan Miller. Al menos en lo que tocó a la herencia, Daniel, hoy un hombre de unos 50 años, recibió una parte de lo que se distribuyó entre los cuatro hijos del autor.

En su libro Intellectuals el historiador Paul Johnson, por medio de perfiles de figuras como Rousseau, Marx, Sartre o Tolstoi, entre otros, resalta las contradicciones de quienes dan lecciones morales, pero en el ámbito personal incurren en abusos, atropellos o simple negligencia. Johnson considera que “la honestidad selectiva” puede ser el aspecto más “deshonesto” de estos encumbrados intelectuales.

Sin duda, el gran Arthur Miller tenía algo de la pequeñez de ese Willy Loman que solo concibe la idea de hijos triunfadores. El novelista D. H. Lawrence dio un sabio consejo a los críticos: “Confíen en la narración, no en quien la narra”. Solo así podremos amar por siempre a los escritores de nuestra infancia y juventud.

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