[CAPITAL ALEMANA]

Pobre, pero ´sexy´

Lo paradójico de Berlín, donde no hay tiempo suficiente para visitar su infinidad de museos, es que tanta belleza pueda encerrar a la vez tanto vestigio de catástrofes recientes.

“La capital alemana es pobre pero sexy”. Así define Berlín su popular alcalde. Una definición que repite nuestra guía en una excursión en bicicleta por la monumental ciudad. Son cuatro horas de paseo en el que queda patente que en cada rincón de la metrópoli hay un trozo de historia casi siempre desgarradora, o bien por las huellas del nazismo o el comunismo que la dividió en dos.

Las estrecheces del Estado federado de Berlín se deben a la cuantiosa deuda que arrastra la ciudad por el alto índice de desempleo, las ayudas sociales que recibe la quinta parte de su población, o las obras de restauración que continúan después de la caída del Muro como parte de la reunificación de las dos Alemanias. Aún así lo de “sexy” se lo ha ganado por la elegante belleza de una reconstrucción que coloca a esta capital entre las más vanguardistas de Europa. Los jóvenes y los artistas hallan en sus diversos barrios un ambiente tolerante que invita a los impulsores de start-ups y a los precursores de los movimientos underground en las artes plásticas y en la música.

Berlín será pobre, pero su alcalde socialdemócrata y abiertamente gay se ha esforzado en atraer a los turistas y a quienes buscan establecerse en un sitio con alquileres asequibles y con un ambiente plural. Pasear o pedalear en verano por sus anchas y despejadas avenidas seducen al viajero más exigente.

Lo paradójico de esta urbe donde no hay tiempo suficiente para visitar su infinidad de museos, es que tanta belleza pueda encerrar a la vez tanto vestigio de catástrofes recientes. Durante mi estancia los berlineses celebran en los alrededores de la Puerta de Brandenburgo los triunfos de la selección alemana en Brasil. Legiones de fanáticos pasean livianos y ajenos a las exposiciones que asaltan al visitante: en la zona de Mitte la Topografía del Terror es un recorrido fotográfico del ascenso de Hitler y los años tenebrosos del nazismo. A pocas calles otra exhibición explica la historia de la Stasi, con los métodos represivos que el régimen comunista de Berlín Oriental imponía al pueblo. Y en sectores de la ciudad perviven restos del Muro que en la madrugada del 13 de agosto de 1961 se erigió en cuestión de horas, separando durante décadas a familias enteras.

Se mezclan en Berlín la grandeza de la Isla de los Museos con el triste recuerdo, en el exterior de una de las facultades de la Universidad de Humboldt, de la quema de más de 10 mil libros que llevaron a cabo fanáticos nazis a modo de anticipo del Holocausto. La misma ciudad en la que uno puede deleitarse en Gendarmenmarkt escuchando ópera al aire libre, o estremecerse en la sala Void Void del Museo Judío al pisar miles de chapas de acero con forma de rostro que representan el exterminio de una minoría perseguida.

Precisamente en estos días la opinión pública debate si el Mein Kampf de Hitler, libro que escribió en prisión y en el que ya adelantaba la “solución final”, debería publicarse al caducar en 2015 la potestad que tiene el Estado de Bavaria de prohibir su divulgación. Lo cierto es que en estos tiempos, en lo que todo circula en internet y el propio Berlín es, a cada paso, un repaso palpable de los cataclismos del siglo XX, no tiene demasiado sentido impedir que llegue a las librerías el texto delirante de un personaje mesiánico y lamentable como Hitler. No van con Berlín y los berlineses las prohibiciones de ningún tipo. En sus numerosos parques se respira libertad. Uno de sus barrios más de moda, Shönenber, es centro de la vida gay. Los amantes de la música electrónica no se pierden los Raves. Y es que Berlín es la capital mundial de los ritmos más experimentales. Sally Bowles, la heroína del musical Cabaret, hoy pasearía feliz en esta ciudad vibrante donde todavía hay un Kit Kat Klub no apto para puritanos.

Antes de partir contemplo las nubes que pasan sobre el impresionante domo de cristal con el que el arquitecto británico Norman Foster coronó la remodelación del Reichstag. Pura luminosidad en un parlamento que permaneció clausurado durante la oscuridad del Tercer Reich. Así es Berlín hoy. Abierta y diáfana. Definitivamente sexy.

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