[SOCIEDAD]

Referencias

Cuando somos jóvenes necesitamos referencias que nos ayuden a crecer. Luego, el tiempo coloca las cosas en su sitio, y los ídolos toman un cariz más humano.

Pensándolo bien, no tienen ellos toda la culpa. Cuando se pone a la gente en un pedestal, hay que bajarla luego a mazazos o se caen solitos, sin que nadie los empuje. Y duele ver caer a los ídolos. Serán culpables de sus errores, no digo yo que no, pero gran parte de nuestras decepciones se debe a que esperamos de alguien lo que no puede dar. El idealismo tiene esos peligros: sin que nadie nos lo pida, juntamos un puñado de virtudes, se las atribuimos al que nos parece más adecuado y pensamos que tiene la obligación de cumplir para siempre con nuestras expectativas.

Por eso, cuando es uno el que se convierte en referencia no deja de ser una responsabilidad. Ser conscientes de que los hijos, los alumnos, los fans o los subalternos esperan que no falles, sirve incluso de incentivo para no salirse del camino, aunque otra cosa es que nos pongan entre la espalda y la pared: yo suelo intercambiar lecturas con los amigos más cercanos, pero cuando algún conocido se me acerca y me dice: oye, tú que lees mucho, recomiéndame algo para leer, inevitablemente un escalofrío me recorre la columna vertebral. Primero, porque yo leo, pero no todo lo que debiera, segundo, porque si me hacen esa pregunta, es porque el que la formula está totalmente perdido en materia de lecturas, de otro modo no preguntaría, e iniciar a alguien así, de buenas a primeras, es difícil, y tercero, porque la solicitud lleva implícita una exigencia: recomiéndame algo que leer que me guste, lo que supone, y solo es un suponer, que conoces no solo los gustos sino el nivel intelectual del que pide el consejo. Y eso es mucho pedir. Cuando he caído en la trampa, jamás he acertado. De vuelta me dicen que no, que no ha sido de su agrado, pero sería cruel comentar que con una novelita intranscendente bastaba. Quizá la próxima vez haya más suerte. No hay que perder la esperanza.

Pero volvamos a los ídolos. Cuando somos jóvenes necesitamos referencias que nos ayuden a crecer. No me refiero, claro está, al muchachito de moda en la pantalla o a la cantante que se “coloca” antes de salir al escenario y que cuanto más colocada está, más entusiasmo despierta en el público. Me refiero a personajes, reales o de ficción, que despiertan en nosotros lo que de mejor tenemos. Luego, el tiempo va colocando las cosas en su sitio, y los ídolos, a los que le van asomando los defectos, toman un cariz más humano sin perder por ello un ápice de lo que nos hizo imaginarlos sobre una peana. A otros no volvemos a verlos, pero su impronta queda congelada en el recuerdo sin que la realidad dañe su imagen. Y otros se nos derrumban. Esperábamos de ellos lo que no podían dar, luego no son del todo culpables.

Las generaciones idealistas, como la mía, demasiado idealistas, en verdad, solíamos endilgar a nuestros ídolos virtudes que quizá no tenían. Los poetas debían tener un alma tan pura como el amor que cantaban en sus versos, los actores ser tan heroicos como sus personajes y los políticos, tan rectos como se supone deben ser los guías del pueblo. Exagerábamos, es cierto, pero al menos representaban un ideal al que aspirar. Ahora que nos hemos quedado sin ídolos públicos (los privados están a buen recaudo) me pregunto de qué referencias echará mano el mundo.

Pero uno no escarmienta con la edad. Mi último ídolo ha sido Leo Messi. No por los goles que mete, que de fútbol entiendo más bien poco, sino por su sencillez, por su aspecto de buena gente y su tesón. Su juventud y su humildad. Y resulta que ha defraudado al fisco. ¿Se dará cuenta Leo de lo que representa para miles de jóvenes? ¿Se dio cuenta de lo que hacía Dani Pedrosa cuando falsificó un examen para conseguir la licencia de manejar barcos? Está visto que lo de la responsabilidad de ser un referente para otros ni se lo han planteado. ¿Y quien nos mandó a los idealistas subirlos a un pedestal?

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