[INJUSTICIA SOCIAL]

¿Revolución o reforma?

¿Qué hacer para mitigar el creciente descontento mundial por la desigualdad y la falta de oportunidades económicas para los pobres, las minorías, los jóvenes y los desplazados?

Uno tras otro, los mensajes en los informes publicados la semana pasada en Washington D.C., Nueva York, Gütersloh, Alemania y Santiago de Chile, han documentado el profundo descontento de la gente común y corriente y los graves problemas de justicia social que agobian a la mayoría de los países.

El informe de la Oficina Presupuestal del Congreso estadounidense en Washington DC, confirmó la veracidad de lo que tanto predican quienes hoy ocupan las calles: El ingreso del 1% de la población más rica en Estados Unidos se ha incrementado en un 275% en las tres últimas décadas mientras que el del 20% más pobre solo ha registrado un aumento del 18%. Y según una encuesta de The New York Times/CBS, siete de cada 10 estadounidenses están convencidos de que las políticas que los republicanos promueven en el Congreso favorecen a los ricos. Una certidumbre basada en los reportes periodísticos que documentan el apoyo económico de un puñado de millonarios conservadores que canalizan decenas de millones de dólares a las campañas políticas de los candidatos que defienden sus intereses en el Congreso.

Paralelamente, en un reporte comparativo sobre “justicia social”, la conservadora Fundación Bertelsmann, con sede en Gütersloh, Alemania, descubrió que las discrepancias entre los 31 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, en lo referente a “acceso a la educación”, “cohesión social”, “pobreza infantil” y “justicia intergeneracional” son significativas. Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia son los países con los mejores promedios en los índices de “justicia social”. Mientras que en España (26), Estados Unidos (27), Chile, (29) México (30) y Turquía (31) la pobreza, sobre todo infantil y de ancianos, la desigualdad económica y el cuidado de la salud tienen los peores índices.

Por último, el Latinobarómetro que Martha Lagos publica en Santiago de Chile encontró que en la región latinoamericana el apoyo a la democracia bajó en promedio 4 puntos después de cuatro años de aumento sostenido; que la imagen de progreso ha disminuido en 14 de los 18 países; que el problema más importante sigue siendo el económico; que en 9 de ellos aumenta la percepción de que la distribución del ingreso no es justa y que la gente ve con creciente alarma el aumento de la criminalidad. Es decir, el descontento de la ciudadanía se extiende de Madrid a Nueva York, a Los Ángeles, a México, a Santiago, a Londres, a El Cairo, a Damasco, a Estambul, a Tel Aviv.

En Estados Unidos la derecha dice que la causa de todos los males es la intromisión del gobierno en la vida de los ciudadanos, el gasto excesivo y la carga fiscal. Para los liberales, los problemas son el poder corruptor de los poderosos sobre los políticos, la falta de oportunidades económicas para los pobres y las minorías étnicas y raciales, la falta de calidad de la educación pública, la creciente desigualdad y la persistente discriminación.

Así las cosas, lo que habría que preguntarse es si existe una ruta viable para llegar a un régimen mundial en el que se compaginen el sistema democrático, las libertades individuales y la justicia social.

Pienso que para llegar a un justo y verdadero estado de derecho lo primero que habría qué hacer es desechar la idea de que la solución es hacer una revolución en Chile, México, Estados Unidos o en cualquier otro país. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que el socialismo tipo soviético/cubano arruina la economía de los países y la libertad individual.

Tampoco creo que aunque el ejemplar sistema capitalista que rige en los países escandinavos no sería aplicable súbitamente urbi et orbi, bien podría servir de inspiración a todos. Y a Estados Unidos debería obligarle a emprender una serie de reformas fundamentales estilo nórdico a su sistema capitalista para evitar el crecimiento de la desigualdad, mejorar la calidad de la educación pública y la igualdad de oportunidades a sus ciudadanos, mitigar la pobreza y erradicar la pobreza infantil. Es decir, habría que ver hacia el norte europeo para aprender a reformar el deficiente sistema actual.

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